Camino a Shakespeare, un libro hecho de sueños | El Nuevo Siglo
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Domingo, 22 de Agosto de 2021
Emilio Sanmiguel

Algo debía tener de bueno esto de la pandemia. Como haber asistido al lanzamiento del nuevo libro Camino a Shakespeare de Juan Antonio Muñoz, poeta, periodista, crítico de música y teatro -uno de los más lúcidos de Latinoamérica- y editor cultural del Diario El Mercurio en Santiago de Chile: un par de comandos en el computador y, como por arte de magia estaba, virtualmente, pero estaba, en Santiago de Chile.

Su libro recopila una faena a todas luces excepcional, es su testimonio de devoción por William Shakespeare. Supone uno que el sólo nombre del Cisne de Avon lo dice todo. El dramaturgo más grande de habla inglesa, uno de los más grandes de todos los tiempos, murió en su ciudad, Stratford-upon-Avon, el 23 de abril de 1616, justo el día de su 51º cumpleaños. Para la conmemoración, Juan Antonio se le midió a la titánica faena de publicar a lo largo de 36 ediciones, una por día, 36 aproximaciones diferentes al universo del autor Hamlet, El rey Lear y Romeo y Julieta.

Asistir, virtualmente, al lanzamiento de semejante faena, me permitió entender un fenómeno que seguramente sería impensable en un medio como el nuestro, donde definitivamente se borró por completo la línea que en el pasado establecía los linderos entre Cultura y Entretenimiento, misma que separaba a los Artistas de la Farándula.

Los chilenos de Shakespeare

Por un descuido con las diferencias horarias entre Chile y Colombia, entré al evento con minutos de desfase, una rubia, muy efusiva y cálida había entrado en materia y hablaba con deliciosa propiedad. Tras ella otra mujer, parecía más autorizada aún de lo literario, bordó una deslumbrante faena que remató con un par de textos del bardo, en impecable inglés, desde luego. Luego me enteré, la primera era Ana Josefa Silva Villalón, es una celebridad y se la considera la primera crítica y comentarista de cine en el país austral. La segunda, Francisca Folch Couyoumdjian, gran personalidad, doctora en literatura inglesa, académica de la Universidad Católica de Chile, crítica de danza y, desde luego, experta en Shakespeare, por eso ese final tan lírico.

Siguiente, otra estrella del firmamento cultural chileno, el actor, director y académico Ramón Núñez Villarroel, que habló desde la perspectiva de quien ha vivido a Shakespeare desde las tablas de la escena. A partir de ese momento se multiplicaron las intervenciones, la del actor Pedro Vicuña, también un saludo, cómo no, desde los Estados Unidos, de Mario Hamlet-Metz, otra gran autoridad en la materia, especialmente en lo relativo a los nexos de Shakespeare con la con la ópera. Sólo ausente Cristina Gallardo-Domâs, la soprano, seguramente por diferencia horaria entre Chile y la España insular. Todo en un clima de asombrosa generosidad, autoridad en lo dicho y mucha altura intelectual. Todo revela que en Chile la cultura ocupa un lugar de respeto.

El Shakespeare “nuestro”

Entrando en el fastidioso mundo de las comparaciones, odiosas pero necesarias, claro que aquí hay grandes conocedores de Shakespeare: Carlos José Reyes, Sandro Romero, Amalia Iriarte, Ricardo Camacho, Germán Moure, en las nuevas generaciones Pedro Salazar. Pero, me temo, son personalidades que pasan inadvertidas en el medio, el establecimiento las ignora, por no decir que abiertamente las irrespeta.

Pero, bueno, qué se puede esperar. No creo que entre todos los han desfilado por el ministerio de cultura, desde su creación, logren sumar más de tres Shakespeares a lo largo de toda su vida: sí, Ramiro Osorio queda por fuera de la estadística.



En Colombia, cuando un Shakespeare logra llegar a la escena, por mucho es una cada veinte años, es un milagro. Eso que evocaban en el lanzamiento del libro en Santiago, haber visto montajes en la infancia, explica muchas cosas. No temo en asegurar que, con suerte, los colombianos llegan al mundo con las Shakespeares contados, si bien les va. Una producción, como el Lear del Teatro Libre, dirección de Ricardo Camacho y Germán Moure, escenografía y vestuario de Enrique Grau, de los años 80, tendría que ser Patrimonio nacional

Camino a Shakespeare

Regreso a la razón de ser de este artículo, el libro de Juan Antonio Muñoz que, más que un libro sobre el gran dramaturgo es un testimonio de vida, es el Shakespeare que el autor ha podido vivir. Que es mucho.

No se trata de un tratado de erudición académica. Muñoz sabe bien que en los anaqueles de las bibliotecas inglesas reposan toneladas de esos trabajos. Que son auténticas maravillas.

Ha preferido aventurarse, a partir de la que fue su primera experiencia, apenas saliendo de la infancia, un Macbeth que disfrutó profundamente y lo explica: es un drama breve, con un único relato, cualquier duda se encarga de aclararla el protagonista. Además, con una personalidad de la talla de Lady Macbeth, hay que ser de piedra, para no asombrarse o hasta conocer el miedo.

Un tema recorre el libro a lo largo de muchos de sus capítulos, como si de un Leitmotiv se tratara: intentar explicar la vigencia de las obras. Unas veces argumenta que, si se lee con cuidado, Shakespeare parece cuidarse de no atar demasiado sus propuestas a la temporalidad, así Hamlet puede instalarse lejos de Dinamarca, Macbeth no necesita de Escocia, tampoco Antonio y Cleopatra necesitan vivir su tragedia ni en Egipto ni en la antigüedad. Sabe que muy pocos dramaturgos han conseguido ir con tanta perspicacia a las insondables oscuridades del alma humana. También, que si se lo lee con cuidado, a la mujer suele irle bien en sus obras y algunas de ellas hasta dejan mal paradas a sus parejas. Nos dice que la amistad es más que un simple artilugio para entretejer diálogos. Que si un personaje arrolla con su verbosidad y se apodera de la historia, toca matarlo, como le tocó con Mercucio en Romeo y Julieta.

Hasta deja flotando en el aire que el último acto no es, necesariamente el final del drama, porque tragedias como la de Hamlet no pueden terminar con la muerte.

Así va desgranando ese camino ­-esa debe ser la razón del título- que ha recorrido de la mano del dramaturgo, desde el Macbeth de su infancia, pasando por las adaptaciones que ha visto en el cine, incluido el peregrinaje a Stratford-upon-Avon, lo llama tierra santa, para caminar desde la casa de natal hasta la de Anne, su esposa. Quien ha tenido esa suerte de estar allá, para luego refugiarse en la oscuridad del teatro para ver alguna de sus obras, sabe de qué se trata esa experiencia.

Nos toma por sorpresa cuando va a terrenos insospechados, como Elsinore, el videojuego alrededor de Ofelia de Hamlet que manipula con la tragedia en el tiempo. Hasta las canciones isabelinas de Sting. La música isabelina, la del tiempo de Shakespeare, la del reinado de Isabel I, le merece un capítulo y muchas menciones; no es gratuito porque hablamos del dramaturgo más sinceramente ligado a la música, en todas sus obras esta aparece, de una u otra manera y nuestro autor está casado con soprano, especialista justamente en esa música: todo tiene una explicación.

Con rara agilidad consigue instalar la vida teatral de su país casi en todos los capítulos de su libro. Se ha cuidado de no caer en la tentación de extralimitarse, aunque no lo ha dejado pasar inadvertido, en las relaciones de Shakespeare con la música, especialmente la ópera. Sin embargo, cuando hace referencia a San Crispín, no lo menciona, pero uno sabe que por su cabeza pasa el acto III Los maestros cantores de Wagner. Logra mirar sin apasionamiento cuánto hay de acierto y cuánto de equivocación en el Macbeth de Verdi.

Su Camino a Shakespeare es apasionante. Esta como el evento del lanzamiento, a un click: CAMINO A SHAKESPEARE - Libros - Ensayos - Club de Lectores (tiendaclubdelectores.cl)