La novela es opuesta a las redes sociales: Vásquez

Foto Anadolu

EL COLOMBIANO Juan Gabriel Vásquez es uno de los novelistas latinoamericanos más importantes y desde que decidió escribir, hace más de dos décadas, caló en un público ávido de buenas narrativas e historias.

De su obra literaria se desprenden títulos como ‘El ruido de las cosas al caer’, por el que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2011, ‘Los informantes’, ‘Historia secreta de Costaguana’, ‘Las reputaciones’ y ‘La forma de las ruinas’, entre otros. También escribió los ensayos ‘El arte de la distorsión’ y ‘Viajes con un mapa en blanco’. Fue redactor de columnas de opinión para diferentes medios de su país.

Vásquez evoca su juventud, su experiencia de vivir en un campo belga, las rutinas pastorales que fueron claves para definir su vocación como escritor, el legado de los padres literarios del “boom latinoamericano”, y porque considera nocivas las redes sociales.

Como muchos, viajó a París pero también hubo un tránsito por el campo belga. ¿Qué importancia tuvieron estos meses en su oficio como escritor?

JUAN GABRIEL VÀSQUEZ. Mirándolo con la distancia de los años, creo que fueron los nueve meses más importantes de lo que uno podría llamar: el comienzo de mi carrera literaria. Lo que me pasó en Bélgica es que yo había escrito una novela en Colombia que se publicó durante el primer año que viví en Francia y hubo una segunda que redacté en París.  Tan pronto como se publicó la segunda, entré en una especie de crisis con el oficio de ser escritor -de descontento con las dos novelas- y tuve una necesidad de volver a empezar.

Unos meses antes había conocido a una pareja de señores mayores. Ella había nacido en el año de Gabriel García Márquez (1927) y nos hicimos muy amigos. Fui a visitarlos un fin de semana y les dije que me quería ir de París, pero no para regresar a Colombia.  Ellos me invitaron a pasar una semana en su casa para que se me aclararan las ideas. Esos ocho días se volvieron nueve meses muy significativos.

¿Por qué fueron importantes?

JGV.- Porque tomé las decisiones cruciales de mi vida. Tomé la decisión de casarme con mi novia,  de escribir un libro de cuentos y  definí el tipo de escritor quería ser.

Descubrí la obra de Javier Marías, leí y estudié a Joseph Conrad, a V.S. Naipaul, conocí los cuentos de Alice Munro. Con todo eso tuve un perfil claro de a dónde quería aspirar y qué tipo de libros pretendía escribir. Eran libros sobre Colombia, sobre su pasado y ciertos episodios concretos de su historia. Sobre las preguntas y demonios que me habían acompañado siempre desde que era niño. Con esas ideas claras empecé a escribir mis novelas.

En esos meses bucólicos, entre otras cosas, debía ayudar en la caza de jabalíes para alimentarnos... Eso lo tomé muy conscientemente como una escuela. Cuando me encontré metido en este mundo en el que efectivamente podía cazar en la mañana lo que la señora cocinaba por las tardes; o podía acompañar al señor a recoger el heno con un tridente o con un tractor; o cuando debía ayudar en el criadero de caballos lusitanos que ellos tenían; todo eso, tan exótico, lo abordé como una escuela para aprender a mirar.

Algo que me parece distingue a los escritores buenos de los que no lo son tanto. Esa capacidad de mirar y transformar lo que se ve en una página emocionante, vívida, que le transmite al lector la misma experiencia que uno observó en determinado instante, ahí está la diferencia.

Una de sus grandes obsesiones es la historia, la misma que es contada por el periodismo y la historiografía. ¿Qué aporte puede hacer la novela?

JGV.- Para mí la justificación de escribir es que hay cosas que la novela solo puede decir. Eso lo decía Milan Kundera en un ensayo. Es decir, yo no escribo novelas sobre la historia para narrar lo que ya cuentan los historiadores o un periodista. Entre otras cosas, porque las cosas que hacen el buen periodismo y la buena historia son mucho mejores que la novela.

Pero la novela logra algo que ninguno de esos dos oficios puede hacer. Es capaz de contar el lado invisible de los hechos visibles. Novalis, un poeta alemán, decía que la novela nace de la carencia de la historia.  Por eso la novela puede ir más allá, puede hablar de las consecuencias íntimas, emocionales y morales que contienen los hechos. Eso nos permite poseer un juicio del pasado más amplio.

Hablando de 'Cien años de soledad', algunos escritores ven al ‘Boom’ como un fenómeno del que hay que desmarcarse. ¿Le pasa lo mismo?

JGV.- No. Yo soy muy consciente de que sería una torpeza y un desperdicio artístico seguir en los mismos caminos abiertos del ‘Boom’, pero nunca se me ocurrió renegar de esa corriente, ni empezar a cometer parricidios de ningún tipo. Para mí es una fortuna trabajar en una tradición por donde pasaron ellos. Que mi lengua literaria sea la misma que produjo 'Conversación en la catedral', 'Cien años de soledad’ y los cuentos de Borges me parece un privilegio y no desconoceré ese legado.  Más bien me apoyo en ellos, trato de leerlos creativamente.

En un mundo donde la realidad está distorsionada por las redes sociales y las noticias falsas ayudan en la elección de presidentes, ¿qué papel juega la novela?

JGV.- La novela representa una manera de estar en el mundo que es radicalmente opuesta a la de las redes sociales. Casi que están peleadas.  Las redes sociales son el reino del picoteo, de la dispersión. La novela exige lo opuesto. Obliga a pensar durante lo mismo en un tiempo sostenido, mientras que las redes sociales te matan si piensas en lo mismo más de treinta segundos.

La novela es un lugar de preocupación por el otro. Las redes sociales son para mí todo lo contrario, son un espacio de narcisismo donde estamos mirándonos el ombligo constantemente, creyéndonos el centro del universo, creyendo que cualquier nimiedad que nos pasó en la calle es lo más importante de Latinoamérica en la última hora.

Las novelas manejan un tipo de lenguaje que intenta devolverle a las palabras su capacidad para explicarnos como ser humano. Algo que se opone a la ética de las redes de la simplificación, la del mundo maniqueo vivido entre buenos y malos.

*El texto fue editado del original realizado por Santiago Serna Duque, periodista de Anadolu