GLORIA ARIAS NIETO | El Nuevo Siglo
Viernes, 27 de Junio de 2014

Nuestros Drogbas

 

A estas alturas del Mundial, muchos de los lectores saben a qué me refiero con este título; pero permítanme unrecorderis: Didier Drogba es el jugador de futbol de Costa de Marfil, quien junto con su selección Los Elefantes, de rodillas frente a las cámaras de televisión, pidió a su país perdonar, deponer las armas, organizar elecciones y terminar con la guerra interna que llevaba años desangrando a 20 millones de habitantes, por temas religiosos, raciales, y de inequidad en la distribución de los recursos.

Como pasa con casi todas las guerras de casi todos los países en vías de desarrollo, la destinación de dineros y prioridades hacia temas más relacionados con la hostilidad que vinculados con la vida, hizo que un país con el 10% de la población VIH positiva, no tuviera acceso a tratamientos para el Sida, meningitis y malaria.

Cinco años después de iniciada la guerra civil, en un partido celebrado en Bouake -la más pobre, rebelde y desértica tierra del norte, habitada por inmigrantes, malinkes y musulmanes- se dieron dos logros inolvidables, para un pueblo fraternalmente herido: Costa de Marfil derrotó a la selección de Madagascar, y en este encuentro por la Copa Africana, compartieron tribuna dos históricos enemigos: el líder de los rebeldes, y el presidente del país, radicado al sur, en Abidjan, cristiano, y de la etnia Beté.

Poco menos de dos meses después de ese partido, los líderes del sur y del norte regresaron al mismo estadio de futbol, donde lo principal no es que Costa de Marfil hubiera ganado 5-0; sino la presencia simultánea de los dos dirigentes, y el aplauso que -de pie y emocionados- les dieron los 35.000 espectadores.

Allí acordaron el cese de hostilidades y la unión de Costa de Marfil; celebraron la Llama de la Paz, y desde entonces el estadio -otrora de miseria y  rencor- pasó a llamarse el Estadio de la Paz.

Claro. Como al mundo no lo escribió Walt Disney y el planeta no es un cuento de hadas y príncipes azules, los enfrentamientos volvieron años después al país africano; pero fue tal vez la memoria de elefante la que les ayudó a recordar lo dura, lo inhumana y estúpida que es la guerra, y pudieron -esta vez rápidamente- recomponer su unión.

Costa de Marfil sigue siendo un país pobre; siguen faltando vacunas y a pesar del hospital de 200 camas donado por Drogba, sigue muriendo la gente por enfermedades prevenibles y curables. Pero dieron un paso adelante: Un paso de elefante, que significa según el libro de los Símbolos de Udo Becker, fuerza y sabiduría, felicidad y nobleza, longevidad y perdón.

Nuestros 22 héroes que han puesto el corazón en las canchas de Brasil, han demostrado que una meta común puede más que las diferencias, y que la unión no solo hace la fuerza: hace la vida. Ellos, y quienes por lesiones físicas no pudieron jugar, pero tienen íntegro su valor y bondad, saben que a todos los (nos) necesita Colombia, para ganar el partido principal.

ariasgloria@hotmail.com