“Le dedico mi silencio”: el aporte peruano a la cultura universal | El Nuevo Siglo
LOS MÚSICOS de Fernando Botero son la portada de “Le dedico mi silencio”, la última novela del peruano Mario Vargas Llosa. Foto AFP
Sábado, 20 de Enero de 2024
Volmar Pérez Ortiz

La última novela de Mario Vargas Llosa, “Le dedico mi silencio”, que acaba de publicarse, constituye un bello homenaje del laureado escritor a la cultura popular peruana, a sus tradiciones, a lo que él llama la peruanidad, en particular al vals insignia de este país -en cuya música encuentra la expresión de lo que configura el alma nacional del Perú- y los elementos aglutinantes que determinan o singularizan el ser peruano ante el mundo.

Con esta novela el célebre narrador peruano se despide del mundo de la novelística, y de la escritura -según anuncia- cuando concluya un ensayo que está escribiendo sobre Jean Paul Sartre, quien ejerció grande influencia sobre el escritor en ciernes cuando adelantaba estudios de Derecho y Literatura en la Universidad de San Marcos y era militante activo del Partido Comunista Peruano.

Le dedico mi silencio” es una mezcla de ensayo y crónica con la técnica novelística. Hay fragmentos en que el texto parece una historia novelada. La novela produce la impresión de que Vargas Llosa, en algún momento, comenzó a escribir un ensayo sobre el origen y la historia del vals peruano que, al parecer, siempre fue un tema que lo apasionaba, que era objeto de su curiosidad intelectual, y luego decidió convertirlo en novela. Por ello, creo que la novela tiene mucho de sus vivencias personales y de su aproximación sociológica a la naturaleza de la más notable manifestación de la cultura popular de su país que se recoge en el vals que, al expandirse, logró penetrar las distintas capas sociales de la nación andina, hasta convertirse en factor de cohesión social que borraba todas las diferencias sociales y raciales.

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Considero que la novela se nutre del ensayo porque el Nobel de Literatura cita los diferentes estudios publicados sobre los orígenes y el significado del vals, como “Lima, el vals y la canción criolla” de Gérard Borras, en el que, inclusive, se narra el triste episodio de la guerra con Colombia en la selva amazónica. También cita a historiadores muy reconocidos sobre los aconteceres peruanos como Raúl Porras Barrenechea, el maestro con quien Vargas Llosa trabajó en su juventud -según cuenta en “El pez en el agua”-, como que le ayudó a organizar su biblioteca, y Luis E. Valcárcel, del indigenismo, e hispanistas como José de la Riva Agüero. También a José Uriel García Ochoa.

Al mismo tiempo, destaca el papel relevante que cumplió Felipe Pinglo Alva en la difusión del vals en los años treinta del siglo pasado, lo mismo que la voz de Jesús Vásquez y otros cantantes que llevaron el vals peruano por el mundo con mucho éxito, pero -según manifiesta- fue la célebre cantante y compositora Chabuca Granda quien llevó la música de su país natal más allá de sus fronteras, dándole audiencia universal.

“El vals en particular y la música criolla en general cumplen la función de crear el país unificado de los cholos, donde todos se mezclaban con todos y surgirá esa nación mestiza en la que los peruanos se confundirán,” proclama Vargas Llosa.

Agrega que en el vals peruano hay una línea filosófica y se apoya en el emblemático “Ódiame” para sostener que “se trata de una música en la que hay tristeza y dolor, amargura y pensamientos medulares, lo mismo en el poema El guardián, del poeta colombiano Julio Flórez, que es tan popular en el Perú como desconocido en Colombia”.

Por boca del personaje central de su novela, Toño Azpilcueta, sostiene que el gran aporte del Perú a la cultura universal ha sido la huachafería, que “es una visión del mundo, a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.” Vargas Llosa dice que la huachafería es más profunda que la cursilería y está en el ánimo de todos los peruanos, sin excepción. La palabra huachafería parece provenir de la expresión colombiana “guachafita” que significa gresca, y de la venezolana donde significa fiesta bulliciosa y alegre.

Por otro lado, la novela enuncia tesis, que es más propio de los ensayos, como aquella de que “lo mejor que pudo haberle pasado a América Latina fue la unificación de la lengua gracias al español si se tiene en cuenta el volumen de lenguas, jergas y vocabularios que existían y que hacía que los americanos no se entendieran y por eso se mataban en guerras locales o continentales hasta que comenzamos a convivir más o menos pacíficamente, y esto integró al continente en su manera de hablar y de pensar”.

Es la primera vez que Vargas Llosa menciona a un jugador de fútbol: Héctor Chumpitaz, gran jugador de la selección peruana; otra de las confesiones que el narrador omnisciente pone en boca de un personaje es que “no guarda ninguna simpatía por el Tahuantinsuyo, el imperio de los incas”.

Aunque se siente orgulloso del dominio que ejercían por cerca de cien años sobre Ecuador y Bolivia, y parcialmente sobre Chile y Colombia, llegando hasta los alrededores de Argentina y Brasil, declara que le molesta “el sistema que idearon los emperadores del Cusco para tratar a su gente díscola, a los que murmuraban contra las instituciones del Imperio podrían ser, más tarde, seguidores de los líderes disidentes. Este sistema se conoció como los mitimaes, que probablemente se podría traducir del quechua como expatriados o desarraigados.”

Del mismo modo -sostiene- que “los tres siglos coloniales no le despiertan simpatía. Aunque el país se llenó de iglesias y conventos, y procesiones y misas, donde los mayores esfuerzos de los españoles consistían en difundir la religión católica, obsesionando y fanatizando a las masas y así mismos, no era tan admirable”.

Luego se pregunta, “¿Podrá la música hacer del Perú, de nuevo, como en el pasado, un país importante, productor de riqueza e ideas de historias y de música que llegaran a todo el resto del continente, que traspasaban los mares, que leyeran, cantaran y bailaban hombres y mujeres de todo el mundo? ¿El tango lo había conseguido con Gardel? Yo le agregaría que el bolero, el son cubano y la música ranchera se han convertido en la expresión o la síntesis del alma de Latinoamérica sin producir la revolución social que proclama el libro que Toño Azpilcueta buscaba promover.

El tango unificó a Argentina en una época al punto de convertirlo en el símbolo de su identidad, pero hoy la juventud de Argentina no oye tango y lo ven más como una música para el turista, tal como ocurre en Colombia con la música de cuerda o de guitarra. Aquí cabe recordar que García Márquez decía que Cien años de soledad no era más que un vallenato de 350 páginas.

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Vargas Llosa, a través del personaje central de su novela, Toño Azpilcueta, quien escribía un libro sobre la peruanidad, encontró que había otros temas sobre las tradiciones nacionales que creía hacía falta incorporar al libro, como las corridas de toros y como integrar a los brujos en la gran revolución cultural que encarnaba el libro dedicado a Lalo Molfino.

Además de Chabuca Granda por su gran talento artístico, le tributa un homenaje a la cantante de música criolla, que aún vive, Cecilia Barraza, personaje central de su novela, a quien ya había mencionado en “Travesuras de la niña mala” (2006) y en “El héroe discreto” (2013). Lo propio hizo García Márquez con su amigo el compositor de música vallenata Rafael Escalona y con la canción “La diosa coronada” de Leandro Díaz en “El amor en los tiempos del cólera”.

Por lo demás, la portada esta bellamente ilustrada con el cuadro Los músicos de Fernando Botero.