HORACIO GÓMEZ ARISTIZÁBAL | El Nuevo Siglo
Domingo, 23 de Marzo de 2014

Tolerancia y convivencia

 

Nada  más edificante que la convivencia. Es grato compartir éxitos, experiencias, proyectos e ideas con amigos, compañeros, colegas y conciudadanos. Cicerón anota que si alguien sube al cielo y claramente observa el prodigio de su belleza, el brillo y misterio de las estrellas, no tendría intenso gozo, si no tuviera a quien contarle su emoción, para compartir su felicidad y su alegría.

“Nadie es una isla en el mundo”, comenta Hemingway. “Las personas nos necesitamos las unas a las otras. Si un huracán se lleva una porción de tierra y de vida la humanidad queda disminuida y gravemente lesionada”.

Existe una maravillosa alegría en la convivencia, pues esta última es contagiosa. Para la tolerancia es mejor dar abrazos que propinar bofetones. El puente une, el muro aísla. La solidaridad fortalece, la división debilita.

A veces, con profunda amargura, se comenta el espíritu hostil de multitud de políticos, intelectuales y religiosos. Seguramente estas personas, así calificadas por nosotros, piensan lo mismo de nuestros conceptos y de nuestras ideas. Y si nadie cede, si nos alejamos de la convivencia, la vida se torna imposible. Una norma fundamental de la democracia es respetar lo diferente. Se repite hasta el cansancio la famosa sentencia de Voltaire: “No estoy de acuerdo con las creencias de mi adversario, pero daría mi vida por defender su derecho a exponerlas”.

Los mejores momentos de la humanidad son aquellos en que nos unimos para llevar a cabo un programa excepcional, es prestarnos ayuda en las grandes tragedias o acordar perdón, olvido y solidaridad para superar confrontaciones odiosas y destructoras. Es mejor edificar que incinerar, sembrar que destruir, sumar que restar.

El hombre ha sido creado esencialmente para ser feliz, para perfeccionarse, para ser útil, para contribuir, para amar. El amor da, el odio quita.

Aunque el egoísmo, el amor propio y el exceso de “yoísmo”, nos aleje del ciudadano y de la tolerancia, tenemos que autodisciplinarnos y controlarnos. Es indispensable para un discurrir armonioso de la vida en comunidad, que evite desencuentros mortificantes. 

La sociedad es un intercambio de ideas, servicios, beneficios, favores y cortesías. El rico necesita del pobre, el ignorante del sabio, el jefe del súbdito.

La conciliación civilizada de intereses, aparentemente antagónicos, explica el avance exitoso de los pueblos. La intolerancia hay que reservarla para los intolerantes. Si contestamos al odio con el odio, ¿cuándo se acabará el odio?