Gloria Arias Nieto | El Nuevo Siglo
Viernes, 13 de Noviembre de 2015

PUERTO LIBERTAD

La cama de Gregorio

Vivimos   en familia propia las amenazas del M-19. La angustia cuando alguno de nosotros se demoraba en llegar a casa;  las llamadas de los amigos cuando oyeron por radio que alguien, en un auto semejante al nuestro, había sido secuestrado.

Me acuerdo como una pesadilla que aún respira, el día en que nos citaron a un edificio en la calle 6º, a presentarnos un manual con las recomendaciones de la Policía sobre lo que debíamos hacer si nos capturabalaguerrilla. El lugar tenía  paredes de cristanac; mugre de oficina, telarañas y sensación de amoniaco. Subiendo la escalera, un insondable olor a polillas muertas, me atravesó para siempre el eje olfato-memoria.

No fueron días fáciles para los colombianos, y muchas veces el pequeño vengador que llevamos dentro, le suplicó al Cielo y al Infierno que dejara a los insurgentes tras las rejas, con sentencias de 200 años; otros, presos del aforismo del ojo por ojo, habrían preferido echarlos al caldero de la bruja Zascandil.

Pero llegó la fecha casi dulce y bendecida, en la que nos saturamos de conjugar la muerte en todos sus tiempos y pronombres; un sector del país le apostó a pactar la paz con aquel movimiento armado que había hecho cosas tan dementes como la masacre del Palacio de Justicia; y otras tan idiotas, irreverentes y sarcásticas, como robar la espada de Bolívar.

En el M había rebeldes con y sin causa, desubicados y convencidos, universitarios y analfabetos. Llegado el momento entregaron las armas, y -entre el Pacto Político por la Paz y la Democracia suscrito el 2 de noviembre del 89, y el Acuerdo Político entre Gobierno, partidos y el M-19, firmado con la tutoría moral de la Iglesia el 9 de marzo de 1990- se levantaron los cimientos para el perdón y la integración de los excombatientes al ejercicio democrático.

El M-19 causó mucho dolor en mi generación y en la infancia de nuestros hijos. Pero considero un exabrupto que 25 años después, pretendan reversar el indulto de entonces.

Muchas de nuestras instituciones están amobladas con sillas de Ionesco y  camas de Gregorio Samsa, pero ¡no abusen!: Ad portas del  acuerdo en La Habana, sería tan inoportuno como contradictorio  quitarles el indulto a quienes se les concedió hace un cuarto de siglo. ¿Quién querría entregarse hoy, pensando que  la sombra burlesca de la incoherencia, lo podría encarcelar dentro de 2 o 20 años?

No entiendo a Montealegre: en mayo del 2012, por televisión, le pidió al Congreso que “aprobara el marco para la paz, con la posibilidad de otorgar indultos o amnistías”; tiene pelea casada con Uribe y con el Opus Procuratur. Defiende (con vehemencia y con Springer) el proceso de paz, pero ahora cubre con un manto de duda, la palabra del Estado.

¿Estaremos presenciando la versión remasterizada de una Metamorfosis, ya no literaria sino política? No sería muy insólito, en alguien que pasó de  abogado/amigo de Palacino, a Fiscal General.

Control de bichos detecta que un escarabajo logró meterse en el bunker, y de noche se le oye gritar ¿Dónde está? ¿Dónde está la cama de Gregorio?

ariasgloria@hotmail.com