GLORIA ARIAS NIETO | El Nuevo Siglo
Viernes, 6 de Diciembre de 2013

Rasguñar, por justicia retroactiva

 

Es  casi deprimente saber que la judicialización de muchos criminales es posible gracias a los testimonios de otros delincuentes, iguales o peores que ellos. Pero a ver: es muy poco probable que personas pulcras, íntegras y bondadosas, tengan información de primera mano, sobre autores y planes de atentados y asesinatos, magnicidios o asaltos a mano armada. ¿En virtud de qué principio el párroco del barrio, el profesor de literatura o un abnegado neurólogo, podrían tener datos fidedignos, desconocidos y oportunos sobre algún tipo de delito cometido o por cometer?

Así es que a la pregunta sobre si vale la pena rasguñar por curiosidad y justicia retroactivas las declaraciones de Rasguño, pues yo diría que sí. De Rasguño, Pellizco y Trompada. De todos los que nos ayuden a esclarecer crímenes insolutos y atracos a la democracia.

Creo que las instancias llamadas a dilucidar transgresiones a la ley y a la vida, mantienen grandes  deudas con muchos de nuestros muertos y sus familias, y con una sociedad que no tiene por qué acostumbrarse a deshojarse gratis, sin que nadie pague un céntimo de castigo.

Morirsees un verbo que da para todo; luto, dolor, despedida, y quizá, hasta para resurrección. Morirse admite todas las conjugaciones: Yo me muero, él se muere, alguien te muere… Y en nuestro país, morirse de manera violenta da para algo muy horrible, llamado impunidad. Impunidad: vergüenza para las personas y las sociedades. Réquiem de la justicia y fracaso de las leyes. Plato fuerte de la inseguridad, de los abusos y las violaciones. Contamina, ensucia y marchita y, como mineros desprotegidos en una convexa tumba de carbón, conmorimos  asfixiados bajo su densa capa de toxicidad.

Así es que sí. Hay que oír a Rasguño y a los otros delincuentes de poca o  mucha monta, a ver si algo constructivo se deriva de su lealtad de lagartija, y su prontuario de ignominia.

Esclarecer la verdad en medio del fango sería un efecto colateral que en algo ayudaría a reparar la infamia. Que los oigan, y que los sabios juzguen si lo que dicen es un sartal de mentiras, o la mecha de un polvorín.

Que nos digan quién mató a Álvaro Gómez, a Luis Carlos Galán y a tantos valientes que han muerto por defender un ideal. Y no me refiero a quién disparó el gatillo, sino a quién  concibió el disparo.

Y si gente de nuestra high society económica, política, militar o gubernamental se ve involucrada, pues de malas. De malas todos, incluidos quienes en algún momento los elegimos, les creímos, y les tuvimos apego o admiración. Peor sería seguir sumidos en la ignorancia o en la hipocresía, adorando ídolos de masa (perdón, ¡me traicionó el subconsciente!) o creyendo las ocho mil patrañas (otra vez abrió la boca el pequeño Freud interior) que las versiones aliñadas por las mafias y por los instintos de conservación, nos quieran contar.

La verdad es un lujo que vale caro. Pero ni la quinta parte, de lo que al final del día, cuesta la mentira.

ariasgloria@hotmail.com