Eduardo Vargas Montenegro, PhD | El Nuevo Siglo
Jueves, 29 de Enero de 2015

Los demonios

 

SI  los demonios llegasen a existir, creo que serían lo que se nos sale cuando nos descentramos de la experiencia del amor. Todos tenemos diablos adentro, no como manifestación del mal sino como una desconexión con la esencia, que hace que los egos se alboroten y nos sumerjamos en situaciones de dolor, miedo y rabia. Es en la cotidianidad, en cada interrupción, cuando construimos nuestros propios infiernos, aunque a lo que estamos llamados es a hacer de la vida un espacio de cielos brillantes. La diferencia entre los unos y los otros es la consciencia, darnos cuenta de nuestras elecciones en cada momento y en cada lugar. Mientras la vamos adquiriendo, los demonios son parte del proceso, no para conformarnos con ellos, sino para atestiguarlos.

Es la observación de esas desconexiones lo que marca la diferencia. Sí, hay situaciones en las que explotamos de ira, que nos podemos sentir indignados por la actuación de otros, desde el personaje corrupto hasta quien se cuela en una fila, y literalmente nos podemos salir de la ropa. Pero cuando la calentura pasa y nos damos cuenta de que nosotros no somos la ira, sino que ella está de visita, nos desidentificamos de la emoción. Ocurre cosa similar con el miedo: nos puede provocar pánico dar el siguiente paso para alcanzar nuestro objetivo, pero una vez lo damos, el temor se desvanece y nos damos cuenta de que no somos el miedo, que era otro visitante que nos invitaba a la parálisis. También sucede con el dolor: mientras lo atravesamos, parece que fuésemos él. El dolor de la muerte de alguien cercano, del fin de una relación, del aparente fracaso. Y a medida que vamos aceptando la nueva realidad y nos percatamos de que pese a todo seguimos completos, el dolor va cediendo.  No somos él, era otro visitante.

Ser testigos de los demonios internos, hacerlos objetivos y verlos fuera de nosotros, nos permite reconocer que somos otra cosa, que estamos hechos no de rabia, miedo ni dolor, sino de amor. De nuevo, no escribo aquí desde el romanticismo rosado, sino desde lo esencial a todas las cosas, el amor como la fuerza que subyace a todo lo que existe. Atestiguar el caos nos permite también reconocer ese orden, pues coexisten de la misma manera que no hay luz sin su sombra. Los demonios son las alarmas que nos anuncian la desconexión y que nos dan oportunidad de transformar la existencia. Por ello es importante verles, agradecerles, soltarles y aprender de ellos. Se irán y contemplaremos cielos despejados, mientras llega el siguiente nubarrón, que también pasará.

@edoxvargas