Carlos Holmes Trujillo G. | El Nuevo Siglo
Domingo, 1 de Marzo de 2015

“Episodios que dan lugar a esperanzas, interrogantes y preocupaciones”

 

Apoyo Internacional

 

¡Eso no lo vamos a permitir!

 

Con  ocasión de la visita a nuestro país de los premios Nobel, Kofi Annan y Óscar Arias, y de la designación, por parte de los Estados Unidos, de Bernard Aronson como enviado especial a Colombia, tuvieron lugar varios episodios que dan lugar a esperanzas, interrogantes y preocupaciones.

En primer lugar, la decisión del Gobierno americano generó muchas reacciones favorables.

Las interpretaciones acerca de la razón de ser del nombramiento de Aronson fueron fuente de interpretaciones de todo tipo, pero, en general, la sensación fue la de que se trató de un paso positivo.

Unos la aplaudieron como una evidente muestra de respaldo al proceso de conversaciones en Cuba gracias a la madurez que éste tiene.

Otros la vieron como un acto de injerencia inaceptable y el Centro Democrático la recibió bien por cuanto estima que servirá para que se conozca mejor lo que pasa en La Habana y la realidad colombiana, así como la verdadera posición de la oposición democrática.

Por otra parte, la presencia de Annan y Arias, y sus manifestaciones de respaldo a los diálogos entre el Gobierno y las Farc, evidenciaron el alto nivel del apoyo internacional con que cuenta el proceso que se adelanta.

Pero también sirvió para que la oposición pudiera dar a conocer directamente cuales son las preocupaciones que tiene sobre lo que está sucediendo.

Y al final, las cosas no se quedaron solamente en palabras. El expresidente Álvaro Uribe, al agradecer la disposición de Kofi Annan de actuar como mediador, anunció que le entregaría un documento contentivo de las inquietudes de CD para que el exsecretario general de la ONU le dé el trámite “según su leal saber y entender con el Gobierno”.

Cualquiera que sea la mirada que se tenga sobre estos tres hechos, lo que no puede ni debe ocultarse es que tienen trascendencia e importancia para nuestro país.

Infortunadamente, al mismo tiempo las Farc le echaron una nueva jarra de agua fría a los colombianos.

Con su tradicional arrogancia salieron otra vez a proclamar que no pagarán un solo día de cárcel porque aquí todos tienen la culpa de lo que ha ocurrido y el Estado no puede ser juez y parte.

Como era de esperarse, esas declaraciones levantaron una oleada de indignación. Hay que recordar que uno de los asuntos que recibe, siempre, un gran respaldo de la opinión es que los culpables de los más graves delitos cumplan penas privativas de la libertad.

Y dicho respaldo es muy alto, el 80%, además de consistente.

La verdad es que el discurso de las Farc, para no hablar de sus acciones terroristas, agrede el sentimiento nacional.

Eso de que en la mesa son iguales al Gobierno, que no son victimarios sino víctimas, que no entregarán las armas, que hay que redefinir el delito político y ampliar los delitos conexos para que por esa vía se laven todas sus culpas, que hay que escribir un nuevo derecho que les garantice la impunidad, y otras perlas, dejan incólume la esperanza de la nación pero aumentan la incredulidad.

La conclusión, por el momento, es la de que se está navegando en aguas particularmente tormentosas.

Aquí puede pasar todo o nada.

Y lo que resulta evidente es que las Farc pretenden, bajo la sombrilla de las conversaciones, someternos a vivir en el tipo de país que siempre han buscado imponer mediante el terrorismo.

Frente a ese panorama no hay que tener mucha imaginación para afirmar, sin vacilación alguna, que eso no lo vamos a permitir.