ALEJANDRA FIERRO VALBUENA, PhD | El Nuevo Siglo
Sábado, 9 de Agosto de 2014

Filosofía práctica y práctica filosófica

 

La filosofía suele estar asociada con un tipo de saber teórico que poco o nada tiene que ver con el mundo real. Esta idea del ejercicio filosófico se deriva sobre todo del desplazamiento que poco a poco ha tenido la academia en las sociedades modernas. Si echamos un vistazo a la filosofía en los primeros siglos de su existencia, podremos constatar que el lugar en el cual acontecía el ejercicio filosófico no estaba aislado de la cotidianidad, sino que al contrario, se desarrollaba al ritmo de las conversaciones que en la polis tenían lugar o a partir de la observación de la naturaleza y las relaciones sociales. El diálogo, como método filosófico, surge en entornos de amistad y socialización muy alejados de lo que hoy se considera como el espacio “propicio” para la investigación filosófica. Para los helenistas, el objetivo del quehacer filosófico era precisamente incidir en la sociedad al dar orientación  concreta y directa sobre cómo se debe vivir y cuáles son los posibles caminos que el hombre puede seguir para alcanzar la felicidad. El carácter terapéutico de la filosofía era en estos tiempos tan necesario y buscado como el de la medicina misma. Así como existían curas para el cuerpo las había también para el alma y se recurría a ellas con la misma urgencia y, sobre todo, con la misma confianza.

Este retorno a los orígenes nos obliga a replantear lo que quiere decir hacer filosofía hoy. Si bien, el desarrollo científico y tecnológico ha representado un avance inigualable en el campo médico, no se puede decir lo mismo con respecto a la evolución y aplicación de las curas del alma. Al contrario, el papel que antaño la filosofía desempeñó con reconocimiento, está casi del todo desdibujado en la sociedad actual. Este deterioro no responde a un ausencia de necesidad. Infortunadamente, no podemos decir que los problemas del alma (psique) han desaparecido. Al contrario, el incremento de nuestras perplejidades ha sido directamente proporcional a la innovación tecnológica y los acelerados ritmos de vida.

Es evidente la necesidad de respuestas frente a la confusión que reina en los campos éticos, culturales, espirituales e incluso económicos y empresariales y ¿qué más adecuado para resolver dichas dudas que el saber filosófico? 

Sí. Aunque suene en principio extraño, la filosofía está dotada de un poder práctico inigualable, pues no podemos olvidar que nuestra acción responde a lo que nuestra razón indique. Por lo tanto, muchos de nuestros errores provienen de una errada comprensión de la realidad. El esclarecimiento que surge a partir de la reflexión filosófica posibilita una mejor acción y por lo tanto, una mejor vida.

Si la filosofía cura enfermedades producidas por creencias falsas, el poder terapéutico de ésta en nuestros tiempos es casi que una urgencia. La práctica filosófica está llamada a una orientación de los individuos y las instituciones para que tanto sus acciones como sus estados emocionales respondan a una comprensión aguda de lo que significa estar vivos y pertenecer a una sociedad. La filosofía, como saber, está llamada a una práctica cada vez mayor que incida de manera profunda en los problemas y necesidades de los individuos y las sociedades.