ALBERTO MEDINA MÉNDEZ | El Nuevo Siglo
Viernes, 4 de Julio de 2014

No involucrarse

Es demasiada la gente que se queja. La paradoja es que son los mismosque hacen bastante poco por cambiar el curso de los acontecimientos.

Muchos prefieren ser solo espectadores de lo que sucede y de ningún modo tomar la responsabilidad de asumir el protagonismo necesario que les permita modificar la realidad. A Edmund Burke se le atribuye aquella frase que dice que "lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada". Una descripción casi perfecta de la actualidad.
Una sensación generalizada invade a la sociedad y es que la política no ofrece a los mejores. Se dice que son mediocres, que no tienen ideas y que abundan los deshonestos en esa labor. No menos cierto es que esas características son más que frecuentes también en otras áreas del quehacer cívico.
Es evidente que los mejores no ocupan los lugares claves de conducción y queda claro que no es casualidad. Existe una deliberada decisión individual de no ser parte.

Muchos afirman que no quieren ensuciarse, que la política implica embarrarse y que entonces la determinación pasa por no entrar a ese mundo ingrato.

Cualquiera sea la razón que lleve a estas personas a no sumarse al necesario proceso de cambio, lo que es indudable, es que el sendero seleccionado no resulta gratuito. Esta decisión tiene un enorme costo directo en la vida de cada ciudadano y en el de la comunidad toda.
Ser gobernado por mediocres, o inclusive por los peores, tiene consecuencias. Solo así se puede explicar que naciones con abundantes riquezas naturales, con tantas posibilidades de desarrollo, hayan sido pésimamente administradas y convivan con la pobreza.
Los más sobresalientes suelen ser excelentes en lo suyo, pero tal vez no sean tan inteligentes como parecen. Ellos creen estar a salvo de todo haciendo lo suyo, lo que saben, siempre en el ámbito de lo privado. Después de todo, para eso se han preparado a lo largo de sus vidas.

Los partidos configuran una variante, la más habitual, pero no la única. Tampoco se puede pretender que individuos con un colosal talento, abandonen sus profesiones y oficios. Pero si al menos pudieran integrarse a la sociedad civil en cualquiera de las diversas oportunidades existentes, si le dedicaran solo parte de su tiempo, dinero y sacrificio a ser protagonistas en serio y comprometerse, tal vez se podría escribir el futuro de otro modo y soñar con una sociedad mejor.
Siguen sin percibir el elevado costo que pagan por no participar. Se trata del precio de no involucrarse.
albertomedinamendez@gmail.com