Estonia: país que da valor a la educación pública

Foto archivo

ESTONIA es una pequeña nación europea ubicada en el mar Báltico. Durante gran parte de su historia ha hecho parte de otro territorio. Perteneció al reino sueco más de seis siglos, hasta que en el siglo XVIII quedó bajo el control del imperio ruso. Obtuvo su breve independencia en 1917 pero en 1920 después de la revolución Bolchevique de nuevo fue anexada a Rusia y fue una de las 15 repúblicas socialistas que conformó la Unión Soviética hasta 1991.

Es decir, la Estonia independiente solo tiene 28 años. Su idioma y su cultura son más cercanas a Finlandia y puede ser ese uno de los factores que hacen que Estonia tenga la mejor educación escolar pública de Europa y a partir de los resultados en lenguaje, ciencias y matemáticas de la Prueba Pisa, la mejor educación pública del mundo occidental.

La razones del éxito

Son varios los aspectos que pueden incidir, pero hay tres que son fundamentales: la valoración de la profesión docente por parte de la sociedad, la distribución de materiales educativos en la escuela y un currículo nacional con amplia autonomía de las escuelas.

La educación en Estonia es pública y gratuita, una herencia del sistema soviético que se ha mantenido cobrando altos impuestos a los ciudadanos y a las empresas de tecnología que existen en el país. Eso hace que las contribuciones económicas pensadas en la educación sean efectivas. El país es uno de los que más invierte de su PIB en educación, el 6%. Así, el acceso no es sólo gratuito, sino de calidad. Por eso, hay una valoración de la formación docente, no ocurre como en América Latina, donde los estudiantes con más bajos resultados en pruebas estandarizadas son los que ingresan a la formación docente.

Estonia también involucra  a los mejores estudiantes a las facultades de educación, y todos los que enseñan en colegios deben tener una maestría en el área de conocimiento que enseña. Eso refuerza el argumento del concepto de maestros efectivos, que ha concluido que los mejores profesores son los que se vuelven expertos en su área de conocimiento.

En el segundo punto, hay dotación de materiales didácticos y libros de texto a las escuelas. Son de uso obligatorio. El argumento es que sólo con lectura constante y orientada se puede mejorar la comprensión y desarrollar capacidades de análisis y reflexión. El trabajar con libros de texto fortalece habilidades numéricas, ciudadanas y científicas.

Por último, existe un currículo educativo nacional que se mide en pruebas nacionales, sin embargo, las instituciones educativas y los docentes tienen una amplia autonomía para su implementación. Eso quiere decir que hay unas directrices y unas metas, pero cada institución decide el camino, los contenidos y las apuestas pedagógicas para llegar a ellas.

La efectividad también está relacionada al tamaño del país y su poca población que no supera los dos millones de habitantes. Por eso, pensar que en un corto tiempo países como Colombia logren esos resultados no es fácil. Sin embargo, las acciones no requieren infinidad de recursos, tampoco se basan en desarrollos tecnológicos complejos. Colombia está en la capacidad de desarrollar esas prácticas y sin duda se lograrían mejoras notorias en el mediano plazo.

El gobierno actual pierde una oportunidad de oro, al tener un Ministerio de Educación que no muestra avances, y que en las políticas mencionadas no tiene una apuesta clara, como la dotación de materiales educativos a las escuelas públicas, como la construcción de un currículo nacional y el fortalecer las facultades de educación para tener profesionales más competentes, una tarea que debe ir de la mano con el compromiso de las universidades, gremio docente y la comunidad educativa.

En administraciones anteriores se han hecho esfuerzos por mejorar la calidad de la educación en ese sentido, pero cuando la lógica es la de tierra arrasada con todo lo hecho, es imposible lograr mejorar educativas y un cambio de la sociedad frente a la educación pública.