La parada técnica de la locomotora santista | El Nuevo Siglo
Domingo, 26 de Agosto de 2012

Por Redacción Política

La posibilidad de que el Gobierno abocará un reajuste a la nómina ministerial sonó con fuerza hasta comienzos de este mes, pues se pensaba que cuando el 7 de agosto el presidente Santos diera su discurso sobre el balance de cuentas en los primeros dos años de su mandato, iba a anunciar algunos cambios en el gabinete.

Pero ello no ocurrió, todo lo contrario en algunas de las entrevistas que dio no dudó en afirmar que tras los cuatro relevos hechos recientemente (Interior, Vivienda y Transporte –todos en mayo- y Justicia -julio-) no veía en el corto plazo la eventualidad de más relevos.

Esa postura del Jefe de Estado dejó sin piso todos los vaticinios que los “gabinetólogos” habían venido haciendo en las últimas semanas, arriesgando una gran cantidad de nombres y cábalas sobre quiénes se iban y quiénes se quedaban.

Es más, aunque en las reuniones de Santos con las distintas bancadas partidistas de la Unidad Nacional hubo un alud de quejas de senadores y Representantes contra varios ministros, el Jefe de Estado no dio la impresión de que estuviera dispuesto a acceder a esos reclamos aplicando relevos en el gabinete.

“… Hubo muchas quejas sobre ministros que no atendían citaciones a comisiones ni plenarias, otros que no recibían a los parlamentarios para escucharlos sobre problemáticas regionales e incluso no faltó quien hablara indirectamente de cuotas burocráticas o se quejara porque tal o cual ministerio estaba colonizado por equis partido… Santos escuchó, anotó, pero pasaba rápidamente a otros temas, dando la impresión de que no habría cambios en el gabinete…”, precisó un Representante a la Cámara de un partido de la coalición, que, por obvias razones, pidió la reserva de su nombre y de la colectividad a la cual pertenece.

Es más, un asesor de uno de los ministros dijo que su jefe le había dicho que Santos estuvo muy “intenso” en el último consejo en pleno del gabinete y que había pedido a todos que le hundieran el acelerador a los programas, gestiones y proyectos porque era el momento de presentar más y mejores resultados. “… Nuestra impresión y la del Ministro fue que lo que se nos venía era más trabajo, nunca que estuviera siquiera cerca un descabece”, precisó el asesor consultado porEL NUEVO SIGLO.

Sin embargo, el miércoles al cierre de la tarde todo cambió de forma drástica. Según trascendió, pasado el mediodía todos los integrantes del gabinete fueron contactados por la Casa de Nariño y el ministro del Interior, Federico Renjifo, para informarles que la orden presidencial era que todos firmaran una carta suscribiendo la renuncia protocolaria,

Según una alta fuente gubernamental, si bien algunos de los titulares de cartera trataron de indagar sobre si sus nombres estaban entre los que se quedaban o los que partían, no hubo respuesta clara alguna y sus interlocutores apenas se limitaron a decir que el único que sabía lo que iba a pasar era el Jefe de Estado.

 

De la forma al fondo

 

Los motivos que llevaron a Santos a propiciar este imprevisto ajuste son múltiples. Es claro que, según se dice en los corrillos palaciegos, hay algunos ministros que ya acusaban “fatiga de material”, otros -como el de Transporte- venían con un escándalo a bordo que les hacía imposible la permanencia.

Otro de los hechos evidentes es que el Presidente suele estar solo en la defensa de su gobierno frente a las críticas y ataques de la oposición.

Igual, como se detalló en EL NUEVO SIGLO, al final de la semana, es claro que desde hace varios meses está pendiente de resolverse lo relativo a si el Partido Verde entra o no al Gobierno, pues si bien hace parte de la coalición de Unidad Nacional hace un año no ha querido aceptar ofrecimientos de cargos ministeriales ni otras posiciones en el Ejecutivo…

Se sabe también que las fisuras en la Unidad Nacional cada día son más visibles y que se agrandaron a raíz de la forma en que el Congreso terminó cargando el peso y desprestigio generado por el escándalo de la reforma a la justicia, mientras que el Ejecutivo pagó su parte con la caída del ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra, y la descolgada en las encuestas, en donde pasó de un promedio de 58-62 por ciento de favorabilidad de la imagen presidencial, a un 48 por ciento e incluso menos.

Visto hoy el tema es indudable que Santos, pese a gastar  capital político y generar un roce con la coalición, salvó al país de haber visto a los implicados en la parapolítica y otros grandes casos de corrupción desfilando y saliendo de las cárceles en las últimas semanas, pues esa era una de las consecuencias más inmediatas de la viciada reforma judicial si hubiera cobrado vigencia.

Finalmente el Gobierno no se dejó meter el gol, lo cual puede verse mejor desde la perspectiva actual, no obstante el Ejecutivo sí quedó herido en un ala por el hecho de que   participó en los debates previos a la insólita y escandalosa conciliación de la iniciativa en las plenarias de Senado y Cámara, y luego la invitación a que se votara el proyecto. Por eso fue que terminó cayendo Esguerra.

Es claro que la Casa de Nariño resintió todo el escándalo y en determinado momento pareció acusar algo de desestabilización frente a crisis coyunturales como los problemas de seguridad y orden público y el conato de ‘rebelión’ de los indígenas en el Cauca.

 

La estrategia

 

Sin embargo, hay hechos muchos más de fondo en lo que pasó esta semana y la decisión de Santos de ajustar su nómina ministerial. Y para ver la anatomía de lo que viene ocurriendo es necesario situarse en lo que pasó después de la crisis de la reforma a la justicia.

Visto un escenario, que no crítico, pero sí preocupante, es claro que el Presidente decidió apretar las riendas y poner en marcha una estrategia para ir recuperando la iniciativa, analizando a fondo todo aquello que le significó no tanto el desplome en las encuestas, que termina siendo una situación temporal, sino el que en la opinión pública empezara a asomar una sensación de desestabilización e incertidumbre en el mando, una percepción fatal para una Administración cuya principal característica en sus primeros 20 meses fue la recuperación de la tranquilidad en el tracto diario de la institucionalidad y la gobernabilidad.

En desarrollo de esa estrategia de recuperar la iniciativa, sobre todo la política, el Jefe de Estado abocó como primera etapa un acercamiento más directo con la coalición. Y para ello se decidió porque en adelante ya no sólo se reuniría con los directorios de las colectividades, sino que tendría contacto directo con las bancadas parlamentarias de cada partido.

De esta forma, en menos de un mes se ha sentado a analizar con senadores y representantes de las distintas caudas liberales, conservadoras, de La U, verdes y Cambio Radical asuntos propios de la agenda legislativa y política. Y en el marco de ese ejercicio se sinceraron las posturas de lado y lado, logrando una relación más directa entre la Casa de Nariño y lo que pasa en comisiones y plenarias.

Resulta evidente que de ese análisis le surgió la idea al Presidente del cambio de gabinete, no solo como un mecanismo para afianzar la coalición, sino para designar unos ministros que tengan, además de raigambre tecnocrática, margen de maniobra y peso específico político, de forma tal  que se conecten con las diversas bancadas y regiones.

En opinión de algunos analistas, esto da pie para que la coalición y Santos empiecen a actuar como en una especie de régimen semiparlamentarista en el que no hay cartas por debajo de la mesa, como ocurrió como la polémica conciliación de reforma judicial, sino que todo sea por encima y bajo el escrutinio público.

 

Afianza el rumbo

 

En ese orden de ideas, la decisión de Santos de remozar el gabinete no debe entenderse como una salida a una crisis política e institucional, puesto que esta no existe. Tampoco puede hablarse de una recomposición del escenario político, ya que la coalición sigue apoyando a la Casa de Nariño en las políticas fundamentales.

Y menos puede catalogarse como un “timonazo” en el rumbo de la Administración, puesto que la lógica indica que al Gobierno en sus primeros veinte meses le fue muy bien, al punto que al cierre del primer trimestre de este año una gran parte del país político daba como un hecho la posibilidad de reelección presidencial, ya que la favorabilidad en las encuestas del Jefe de Estado superaba el 60 por ciento y el índice de aprobación de su gestión también se ubicaba por los mismos rubros.

En realidad los cambios a la nómina ministerial lo que buscan son afianzar el proyecto político del Gobierno y fijar énfasis más profundos en materia de la superación de la pobreza, la creación de más empleo, la búsqueda de la paz final y definitiva, la inserción internacional así como la lucha contra la corrupción.

En cada uno de esos énfasis hay metas de corto, mediano y largo plazos que deben ser ajustadas e incluso aceleradas. Está claro, según lo admite el propio Gobierno, que su mayor falencia en estos momentos no radica en la ausencia de resultados sino en la dificultad para comunicarlos a la opinión pública.

De allí que Santos no tema afirmar, como lo hizo el pasado viernes, que los colombianos “me van a ver en este segundo tiempo del gobierno inaugurando muchas obras”.

Los relevos en el equipo económico son claves y de allí que el sorpresivo cambio en la cartera de Hacienda no hace más que revalidar la tesis de que no habrá variación del rumbo, sino refuerzo a la estrategia que se ha venido implementando. La salida, por igual, del titular de Transporte le sirve mucho para desamarrarse de un escándalo que le estaba generando lastre y poniendo un lunar en su estrategia anticorrupción. (ver recuadro)

El programa de las 100 mil casas gratis unido a la fase de ejecución de los programas de reparación a víctimas de la violencia y restitución de tierras deberán tener un impacto importante en materia de disminución de la pobreza y los índices de exclusión social.

También es claro que tiene que apretarse en materia de seguridad y orden público, pues sólo dando resultados más efectivos en la lucha contra la criminalidad se podrá ir borrando la percepción de que se está retrocediendo en este campo. El problema no es de cifras y estadísticas, pues éstas favorecen los reportes de optimismo oficial, sino de impactar más a la opinión pública, con mayor eficacia contra guerrilla, bandas criminales, narcotráfico, delincuencia común y otros factores de inseguridad rural y urbana.

 

¿Y la paz?

 

Este es un tema que incursionó esta semana de forma significativa en el escenario. Y lo hizo por iniciativa del ex presidente Álvaro Uribe quien, en medio del escándalo por la confesión de nexos con paramilitares de su ex jefe de seguridad, general (r) Mauricio Santoyo, quiso redirigir la atención pública hacia otro lado.

Según el ex mandatario, Santos estaría realizando contactos secretos de paz con las Farc en Cuba y para ello tendría no sólo el apoyo venezolano sino que, incluso, habría involucrado en esas gestiones a un alto militar activo.

Contrario a lo que se pensaba, el país reaccionó positivamente a la posibilidad de esta clase de gestiones. Los partidos Liberal, Conservador, Verdes y hasta el Polo de inmediato cerraron filas sobre la capacidad que tiene el Ejecutivo para evaluar si en determinado momento están dadas las condiciones para avanzar en una posible salida negociada al conflicto. El tono de los comunicados firmados por el senador Efraín Cepeda (presidente del directorio conservador) y el representante Simón Gaviria (jefe único liberal) no podían ser más contundentes en respaldo al Jefe de Estado, lo que tiene mayor significación porque, oficialmente, la Casa de Nariño no negó ni desmintió si hay alguna gestión en marcha frente a las Farc. La U, por el contrario, se mostro duditativa.

De esta forma el país pareció alinderarse de nuevo frente a la expectativa de buscar la paz por parte de un Gobierno que siempre ha dicho que tiene la llave para abrir un proceso de esta naturaleza cuando vea las condiciones. De otro lado, Uribe quedó por fuera de este escenario, se marginó, dejándole así a Santos todo el campo de acción para maniobrar en caso de cumplirse los requisitos que exige a las Farc.

Como se ve, más allá del ajuste ministerial en marcha, lo cierto es que éste es apenas una pieza dentro de una estrategia de mayor alcance en la que el Ejecutivo se jugará a fondo. No hay pues timonazo ni cambio de rumbo, sólo una parada técnica en la locomotora santista para revisar motores y continuar la marcha a los objetivos fijados de antemano.

 

 

Los primeros cambios

 

Sin duda alguna el primer anuncio del relevo ministerial sorprendió, pues en las cábalas de ningún analista ni observador estaba la previsión de que el ajuste empezaría por la cartera de Hacienda, ya que la gestión de Juan Carlos Echeverry en estos dos años ha sido muy ponderada, al punto que fue elegido en dos ocasiones como el mejor zar de las finanzas de Suramérica.

Es más, no deja de llamar la atención que en los balances de mitaca gubernamental, no sólo en los oficiales sino en los de la prensa y otros sectores políticos y económicos, se coincidiera en que el manejo económico y las relaciones internacionales eran los flancos de mejor rendimiento.

Sin embargo, ya el propio Echeverry explicó el viernes pasado que desde comienzos de año le había pedido a Santos que le nombrara reemplazo, pues tenía ganas de volver al sector privado y la cátedra. En ese orden de ideas, el del Ministerio de Hacienda más que un cambio discrecional del Jefe de Estado se puede interpretar como la respuesta lógica a un titular de cartera que pide su salida.

Y prueba de que aquí no se está ante ningún timonazo en el manejo económico es que el reemplazo salió del propio gabinete y con la misma divisa política: Mauricio Cárdenas Santamaría, quien viene desempeñándose como ministro de Minas y Energía. No pocos observadores y analistas han calificado este relevo como una apuesta por la continuidad de la agenda y, al tenor de las primeras declaraciones del entrante zar de las finanzas, ello parece confirmarse.

En lo que tiene que ver con la aceptación de la renuncia de Miguel Peñaloza a la cartera del Transporte, no existe allí mayor novedad. Era claro desde hace casi un mes que la posibilidad de que este alto funcionario siguiera en el cargo era muy difícil, y esa previsión se hizo más certera desde el momento en que la Fiscalía y la Procuraduría decidieron abrirle sendas investigaciones para establecer si incurrió en algún tipo de delito o infracción disciplinaria por cuanto una empresa de su familia ha sido contratista del Estado desde hace varios años, incluso desde el gobierno Uribe, en el cual trabajó como alto consejero presidencial.

En ese mismo estatus fue confirmado por Santos y llevado al gabinete apenas el pasado 28 de mayo, en reemplazo de Germán Cardona, cuya gestión fue muy criticada, aunque, en honor a la verdad, lo cierto es que a él le tocó la difícil tarea de recibir un Ministerio lleno de problemas y con varios escándalos de corrupción y chicharrones en obras concesionadas muy graves. En arreglar la casa y delinear el nuevo plan de infraestructura, con todo el nuevo y billonario plan de licitaciones a bordo, se le fueron casi año y medio, y de allí las críticas a su gestión por una baja ejecución. Aunque la Casa de Nariño muchas veces explicó esta situación, lo cierto es que Cardona, como los fusibles, se quemó y fue necesario, entonces, producir un recambio de titular pero no de agenda, pues ésta fue la ya delineada.

¿Qué viene? Nadie lo sabe qué pase en cuanto a nombres. La gabinetología está que arde y muchos nombres están sobre la palestra para ingresar a la nómina ministerial. Pero, como se dijo, más allá de los relevos, es claro que lo que quiere Santos es retomar la iniciativa, volver a templar las riendas de la gestión. Necesita para ello, no sólo un renovado equipo de colaboradores, una mejor estrategia comunicativa y una relación más cercana con las problemáticas regionales, sino un nuevo empujón para retomar el rumbo original.