SERGIO VESGA DÁVILA | El Nuevo Siglo
Sábado, 19 de Abril de 2014

Hasta siempre Gabo

 

Cuando escribió a sus 16 años: …“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarías con el dedo”; intento que abandonó, porque era un paquete demasiado grande, según cuenta Mario Vargas Llosa su antiguo amigo; lo que debió ser por 1944, en el calor de su natal Aracataca, o en el frío de Zipaquirá donde llegó al Liceo de la Salle, a terminar su secundaria. La idea no quedó inconclusa, terminó publicándose en Argentina en 1967, en el que relató de las cuatro generaciones de la familia Buendía, la estirpe que estuvo condenada a vivir cien años de soledad, los que solo pudieron descansar en paz cuando nació la primera criatura procreada en el amor verdadero. José Arcadio Buendía, Úrsula su esposa, padres de José Arcadio Buendía, hijo mayor, y Aureliano, quien más adelante sería coronel y Amaranta, la menor; los tres hijos de Arcadio de los que nacerán cuatro generaciones que, de manera cíclica como la historia, se irán relacionando y procreando entre ellos mismos. Ellos acompañados de otros esposos, mujeres y niños, cruzan la sierra y en un lugar desierto encallado en el Caribe fundan el pueblo de Macondo; lugar que se convirtiera en testigo de la felicidad, tristeza, fortuna y desdicha en donde durante más de cien años vivieron los Buendía.

Escribió García Márquez sobre lo intemporal y la muerte en la obra que sería su Nobel que, cuando aparece don Apolinar Moscote por Macondo, primer corregidor enviado por el Gobierno, José Arcadio Buendía le dice que allí no hay nada que corregir. “Somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural -dijo-. Ya ve que todavía no tenemos cementerio” …Pero ese estado de gracia duró poco. Desde la muerte de Melquíades, “El primer entierro y el más concurrido que se vio en el pueblo” y hasta en las últimas páginas de la novela, el lamento de la vida está asociado a la simple aceptación de la muerte próxima. Uno de sus estudiosos, García Ramos, dice: “la muerte es un estado casi natural de los habitantes de Macondo. De ella se regresa, en ella se envejece y se sufre, y con ella los vivos mantienen una relación familiar y constante”. En su recorrido tras las huellas de la muerte en la novela de García Márquez, el escritor Ariel Dorfman tiene el acierto de escribir que en Cien Años de Soledad “el tiempo es el camino hacia la condición absoluta de intemporalidad de la muerte”. La muerte es intemporal, independiente del curso del tiempo. Cuando el gitano Melquíades dice a José Arcadio Buendía que “la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones”, dijo una verdad de a puño, nacemos con la muerte dentro. Entre la cuna y la tumba sólo hay un breve espacio al que llamamos vida. La muerte convive con nosotros desde el primero al último llanto y no hay forma de vencerla. Dijo Salomón con fatal definición: “No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte; y no valen armas en tal guerra, ni la impiedad librará al que la posee”.

Cuando Úrsula le dice a Arcadio que el padre está muy triste porque cree que se va a morir, el coronel responde: “Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede”. Este grande de la literatura, cumplió el 6 de marzo pasado sus 87 años en México donde reside, aquel quien siendo adolescente escritor, inimaginaba que aquellos rasguños literarios, lo llevarían a la inmortalidad y de paso darían gloria a Aracataca y a nuestra Colombia Macondiana.