Juan Daniel Jaramillo Ortiz | El Nuevo Siglo
Lunes, 14 de Septiembre de 2015

“Emblema viviente de miles de prisioneros de conciencia”

 

LA  TORTURA A LEOPOLDO LÓPEZ

 

Gulag tras la frontera 

 

LO  dice el Comité de la ONU contra la Tortura: golpizas brutales, quemaduras deliberadas, descargas eléctricas, lanzamiento de excrementos contra los prisioneros políticos de la dictadura. En cárceles certificadas por Amnistía Internacional como lugares catastróficos por su hacinamiento y tratamiento degradante. El peor sistema penitenciario de América Latina.

 

Allí sobreviven trabajosamente Leopoldo López, Eligio Cedeño, María Lourdes Afiuni, Antonio Ledezma. Apenas nombres simbólicos dentro de las pocilgas infernales ideadas por Hugo Chávez y refinadas por el tirano que lo sucede. Caricaturas de horror pero similares en su capacidad para oprimir y asesinar a las ideadas por Stalin con el fin de encarcelar a millones de opositores del régimen comunista. Se trataba de campos de supuesto trabajo forzado que eran en esencia plataformas de exterminio humano diabólicamente diseñadas.

 

Los prisioneros de conciencia -menores incluidos- eran juntados con criminales mayores que encabezaban homicidas en serie y violadores carnales para que en forma gratuita y no a través de capataces carcelarios recibieran día y noche el castigo merecido. Alexander Solzhenitsin describe este averno en El Primer Círculo y Archipiélago Gulag que lo llevaron a recibir el Nobel de Literatura. Fue su fuerza ética -dijo él- el factor que lo sostuvo en la defensa de una dignidad aplastada durante años.

 

Durante la reconquista de la Nueva Granada, el imperio moribundo de Fernando VII inventó en Puerto Cabello, en las costas del mar Caribe, una prisión que predijo entonces lo que serían los gulag, donde fueron a parar los enemigos libertarios. Los firmantes del Acta de Independencia, entre estos Camilo Torres, José Acevedo y Gómez y Antonio Nariño, fueron perseguidos para ser enviados a lo que es hoy tierra venezolana a pagar caro su lucha por la libertad. Algunos de estos signatarios fueron efectivamente despachados, entre ellos el abogado rosarista José Joaquín Ortiz Nagle, exfiscal de la Real Audiencia, quien había entregado al Libertador su hacienda El Salitre en San Miguel de Paipa como cuartel para sus tropas. Ortiz fue obligado a caminar con grillos en los pies, en medio de vejámenes, desde Santa Fe hasta Puerto Cabello en el suplicio Gulag que relata su hijo Juan Francisco en sus Reminiscencias.

 

Hacia los Gulag siberianos también se caminaba. Como hacia la cárcel dantesca Ramo Verde hacen hoy caminar los esbirros del tirano a los prisioneros de conciencia en medio de la turbamulta portátil que grita las injurias ordenadas por el sátrapa insolente y falsario de Caracas.

 

Leopoldo López es el emblema de miles de prisioneros venezolanos de conciencia. Un símbolo que colma el espíritu e inteligencia del grande de América que es. Cuya carnadura física lleva la sangre de su antepasado indirecto Simón Bolivar pero ante todo su valor épico. Leopoldo representa también al panamericanismo que ideó el Bolívar rehén chavista hace 200 años en su Carta de Jamaica. La unión hemisférica que ha querido fracturar el chavismo con la ficción de Unasur que sirve hoy de soporte a las tropelías de la dictadura.

 

Gulags hay a pocos kilómetros de nuestra frontera. De esta línea de demarcación entre dos hermanos nacionales, amojonada por tratados y laudos difíciles, que es ante todo un eje humano que testifica vidas cruzadas que crecen en su contorno complejo. Que está siendo bloqueada por un diktat de este hijo tropical de Stalin.

 

Leopoldo López integra la lista de conciencias líderes encarceladas de nuestro tiempo con Nelson Mandela, Aung San Sun Kyi, Benazir Bhutto y Benigno Aquino, entre muchas otras. Así se sabe urbi et orbi. ¡Que Colombia en todos sus estamentos lo sepa y se defienda sin reticencia ni cálculos políticos subalternos esta realidad dolorosa!

 

López saldrá de la mazmorra de Maduro para liderar el renacimiento de Venezuela. La dinámica vital de las tiranías, escribió Fernand Braudel, es siempre descendente.