EDUARDO VARGAS MONTENEGRO | El Nuevo Siglo
Domingo, 27 de Mayo de 2012

Saber aprender

 

No puede haber aprendizajes sin diálogo, sin un intercambio de saberes que permita crecer individual y mutuamente. Uno de los objetivos de aprender es justamente compartir lo que se aprende, para favorecer en forma comunitaria el desarrollo de ideas y acciones que mejoren la vida.

Una mamá qué enseña a cocinar a sus hijos podría en algún momento sorprenderse por una innovación hecha por ellos en la receta, y que de pronto le da un sabor más especial a lo que se ha preparado. Un profesor podría aprender de sus estudiantes, que traen a la clase puntos de vista diferentes al usualmente presente, que comparten sus vivencias; de hecho, quien más aprende en la relación maestro-aprendiz es el maestro, siempre y cuando tenga mentalidad abierta y se permita con humildad reconocer que en las relaciones humanas siempre somos maestros mutuos, así existan relaciones en las que una persona sea más experta en un tema que la otra. La aparente superioridad del “maestro” sobre la aparente “inferioridad” del aprendiz resultan ser simplemente espejismos en los que los egos juegan malas pasadas.

Todos los seres humanos tenemos experiencia. No importa que tengamos 70 años, o 15 ó 35, cada quien tiene las experiencias de su recorrido vital. Si valorásemos los aprendizajes individuales de cada persona, podríamos reconocer que desde ellos puede haber aportes significativos. Hoy son los jóvenes quienes nos enseñan sobre las nuevas tecnologías, justamente porque son mucho más abiertos a los desarrollos digitales. Una persona de 60 años tiene, entonces, toda la posibilidad para aprender de su nieto de 12 sobre un videojuego o cómo tener acceso a libros digitales. ¿Quién tiene más experiencia? Sin duda, en este campo, el niño de 12 años. Si el abuelo tiene humildad y mentalidad de aprendiz sería mucho lo que puede aprender sobre un área en la que no es experto, pese a sus años. Y el cambio implica también aprender del más joven, del recién llegado.

Maestro no es necesariamente quien ostenta el título, sino quien se ocupa en compartir su saber, su experiencia; maestro es quien está dispuesto al diálogo, a reconocer que no necesariamente tiene la razón; maestro es quien desde el amor puede darse el permiso de explorar cada día nuevas posibilidades de conocimiento. Maestro es quien hace que los libros no sean letra muerta, sino experiencias vitales aquí y ahora. En ese sentido, todos podemos ser maestros, más en esta era en que el conocimiento flota en el aire y basta con conectarse. El reto es ir más allá del conocimiento y alcanzar la sabiduría. Eso sólo se logra con amor, apertura, humildad y gratitud. Las grandes lecciones vitales suelen venir de las personas menos esperadas.