La crisis sudafricana

  • Zuma y su renuncia obligada
  • Los regímenes y el riesgo de corrupción

 

Tras más de ocho años en el poder, la caída del presidente Jacob Zuma, de la etnia zulú, enrolado en la lucha armada de liberación a los 17 años, no ha sorprendido a nadie en Sudáfrica. Figura entre los líderes históricos del partido Congreso Nacional Africano (CNA) -que encabezó el combate el apartheid- y sufrió prisión por defender sus ideales libertarios, junto al legendario Mandela, a quien  aspiraba a suceder. De allí que el hoy destituido gobernante quedara en fila india de sucesión, primero como vicepresidente de Thabo Mbeki, quien también fue destituido por escándalos de corrupción. Luego Zuma llegaría a la jefatura del Estado pero tras ocho largos años de gobierno el descredito lo terminó rondando a diario, ya que su riqueza se volvió sospechosa y antipática para las gentes de bien pues una gran parte de la misma la había amasado desde que asumió el poder.

Aunque en los últimos años se mantuvo gracias a maniobras de equilibrista y componedor político, siempre al vaivén de los ataques de la oposición por presuntos actos de corrupción, lo cierto es que su denodado empeño de aferrarse al gobierno se agotó y prueba de ello es que su propio partido le quitó el respaldo y le ordenó renunciar, algo inevitable en un régimen parlamentario.

¡Al vilipendiado exjefe de Estado sudafricano se le acusa de participar en 800 casos de corrupción! Su situación se fue tornando cada vez más patética en la medida que durante su gestión la economía se deterioró y el descontento popular se generalizó, lo que determinó que el haber luchado por llevar al poder a las mayorías negras ya no fuera suficiente para mantenerse como líder de la nación. En una de las más recientes encuestas, efectuada a finales del año pasado, ya el 72 por ciento de los sudafricanos desaprobaba su gestión.

Pese a que en el pasado superó gravísimas acusaciones de corrupción, dado que su partido controlaba los tribunales y otras instancias de poder, esta vez no le valió al rico gobernante alegar que el comité directivo del CNA no tenía facultades para destituirlo, como tampoco replicar que esa instancia no le había probado los negocios sucios que se le atribuían al mandatario.

Sudáfrica, un país federado, con estaciones y enormes reservas de minerales, ya era, cuando se produjo la entrega del poder a los seguidores de Mandela, luego del acuerdo para dejar atrás la segregación y el conflicto racial, una potencia regional, que incluso tenía capacidad para fabricar bombas atómicas. Por cuenta del bloqueo internacional que sufrió durante años debido al apartheid, desarrolló una industria militar sofisticada que dejaba jugosos dividendos por las exportaciones. Hubo más posibilidades de progreso cuando el mundo respaldó la entrega negociada del Estado que hicieron los jerarcas de la supremacía blanca a las mayorías negras que, desde entonces, no han soltado el poder, primero con Mandela y luego con sus sucesores, que han tenido muchos altibajos.

Zuma había conseguido superar varias crisis parlamentarias pero cayó en la novena ocasión que enfrentaba un voto de confianza en el Parlamento. Se recuerda, por ejemplo, que en el 2009 enfrentó duras acusaciones por malos manejos y corrupción, las que consiguió superar gracias al respaldo de su partido. Entre las investigaciones que más lo complican está una de lavado de dinero en un contrato leonino de compra de armas por 5.000 millones de dólares, e incluso fue señalado de vínculos con el crimen organizado. Entre los escándalos que más degradaron su gestión se recuerda que fue obligado a devolver medio millón de euros del Tesoro Público que había despilfarrado. Aunque hasta el último minuto insistió en aferrarse al poder, cuando comprendió que no podía detener la moción de censura en su contra, una hora antes de vencerse el ultimátum, por fin renunció.

Ahora la justicia se encargará de juzgar a Zuma, sin que su influencia pueda entorpecer las investigaciones. Es claro que su propio partido resolvió defenestrarlo para no cargar con el lastre de su desprestigio. La ruta ya estaba marcada desde que el año pasado el CNA le asignó el liderazgo efectivo del partido al entonces vicepresidente Cyril Ramaphosa, que esta semana se convirtió en el nuevo mandatario. Considerado como un delfín de Mandela, resultó elegido presidente provisional por aclamación y se posesionó de inmediato. Le corresponde dirigir un Estado Federal que viene retrocediendo en lo económico y perdió el impulso desarrollista de otros tiempos, pese a que continúa siendo muy rico y alberga el 75 por ciento de la producción industrial de esta región africana. Se espera que con el respaldo político que tiene retorne la confianza así como la inversión extranjera y enrute el país de nuevo al sendero del progreso y la transparencia institucional.