#Conéctese: Papá Noel turco y otros misteriosos orígenes de la Navidad

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Que el gordito bonachón de barba blanca, traje rojo y botas negras, que cada de 24 de diciembre baja por la chimenea a dejar los regalos a los niños buenos es turco, y que la tradición de decorar el árbol de navidad no proviene de los norteamericanos, sino de los antiguos germanos, son algunos de los orígenes desconocidos de las tradiciones de la Navidad.

A propósito de la celebración del Día de la Virgen de la Inmaculada Concepción, o más conocido en Colombia como el de las ‘velitas’, EL NUEVO SIGLO presenta un poco de la historia y la evolución de tres íconos infaltables de la conmemoración de la Natividad.

Papá Noel, un obispo

Muy lejos del Polo Norte, la nieve, los renos y la casa llena de duendes nació la leyenda de Papá Noel, o más bien de San Nicolás.

El origen es mítico y tiene relación con la figura inspirada en el obispo cristiano que vivió en el siglo IV en Anatolia, Turquía,  Nicolás de Myra, y a quien hoy en día más de dos mil templos en todo el mundo le rinden veneración. Esto porque además de su bondad se le atribuyen milagros.

La historia original y que ha engrandecido aún más el nombre de San Nicolás, Santa, Father Christmas o Baba Noel es la de cómo rescató a tres jóvenes de la esclavitud.

Cuenta la tradición que un padre se arruinó y no podía pagar la dote de sus hijas por lo que las vendería como esclavas. El buen Nicolás se enteró, y en la oscuridad de la noche arrojó monedas de oro dentro de la casa, evitando así el trágico desenlace. Desde ahí fue conocido como dador de regalos.

Por otra parte, el icónico traje de Santa no era rojo sino verde. El cambio de color se produjo en el siglo pasado, gracias a una buena jugada publicitaria.

El árbol, de pagano a cristiano

Al igual que Papá Noel, el árbol es una tradición muy antigua y cuyos significados en torno a él han ido cambiando con el paso del tiempo.

El origen del árbol de Navidad se remonta a una de las tradiciones paganas de los germanos, uno de los pueblos más antiguos de Europa.

En el solsticio de invierno, que ocurre por esta fecha, solían decorar con antorchas el Árbol del Universo, un roble gigantesco que estaba consagrado a Thor, el dios del trueno, y, que según ellos las raíces más profundas llegaban hasta las puertas de Helheim, el infierno, mientras que su copa el cielo, Asgard, y por tanto el Valhalla, una especie de olimpo donde vivía Odín, la máxima divinidad de los nórdicos.

Sin embargo, hacia finales de los años 600, cuando San Bonifacio trató de evangelizar a estas comunidades, se dio cuenta que no estaban muy dispuestos a cambiar sus tradiciones, por lo que decidió “adaptar” los dogmas cristianos a los símbolos que tenían.

Por eso, en cuanto a aquel gigantesco roble lo cambió por un pino, que al ser perenne (resistiendo el cambio de estaciones) se convirtió en el símbolo perfecto del amor eterno de Dios. Y, por ser triangular, le dio la significación de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Ese árbol con el que representó a Dios también decidió adornarlo. Así, se le colgaron en un inicio manzanas verdes, que recordaban el pecado original del hombre. Con el paso del tiempo se cambiaron por bolas y se les dio el sentido de todos los dones que el Creador dió a la humanidad.

En la copa del pino se colocó una estrella, que es la luz guio a los Reyes Magos hacia el lugar donde nació el Niño Jesús y por ello también se le dio el sentido de que Jesús es el camino, la verdad y la vida.

Con el paso del tiempo llegaron las guirnaldas y los lazos en representación de la unión familiar.

Toque de sabor a los villancicos

“Iesus Refulsit Omnium”, (Jesús, luz de todas las naciones), que data del siglo IV, es el villancico más antiguo registrado a la fecha. La letra se le atribuye a san Hilario de Poitiers.

Los versos, que hacen una alabanza a la Natividad, nacieron en las villas de España y Portugal. Originalmente eran muy poéticos, su mutación a los cantos ocurrió con el paso del tiempo.

De hecho, una de las grandes transformaciones ocurrió cuando llegaron a Latinoamérica y, en especial a Colombia, cuando los estribillos fueron adaptados por las distintas comunidades (indígenas y afros) a su cosmovisión del mundo.

Por ejemplo, la forma en la que se canta hoy en día ‘Antón tiruriruriru’ se debe a cómo los pueblos nativos entendían las palabras del villancico catalán, Pastora Caterina.

Además, cada región agregó su ritmo e integró sus sonidos a los versos. Es decir, que la euforia se la debemos a la combinación con los ritmos tradicionales del bambuco, el torbellino y la guabina, en cuanto a lo que se refiere al interior del país.

Aunque las diferencias entre los villancicos colombianos es abismal. Los que se cantaban en la antigua Cundinamarca y Boyacá solían ser más románticos y poéticos, mientras que los de la Costa y el Pacífico más eufóricos.

Cabe aclarar, que si bien, las diferentes regiones a lo largo de los años crearon sus propios cantos inspirados en su entorno, la verdad es que hoy no son muy populares.

Incluso, los más conocidos en Colombia hoy por hoy no son de aquí. Muestra de ello es el emblemático ‘Burrito Sabanero’, que proviene de Venezuela.

El mundo católico comienza hoy la preparación para la fiesta de la Natividad y engalanan casas, oficinas, calles y lugares públicos con árboles, iluminaciones y atractivas decoraciones, por lo cual es bueno conocer sus significados. Pero, lo más importante es el pesebre, la representación de ese lugar donde hace más de dos mil años Dios humanizó a su Hijo. Es en torno a él donde durante ocho días rezamos la novena, en compañía de familia y amigos para recordar tanto el amor eterno del Creador como que es el camino, la verdad, la vida y la luz del mundo.