EU y Turquía: relaciones complicadas en Medio Oriente

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Por: Giovanni E. Reyes (*)

Especial para EL NUEVO SIGLO

UNO DE los rasgos esenciales de la dinámica política que tiene lugar en Medio Oriente, es el mecanismo de “coopetencia” que se está desarrollando entre Estados Unidos y Turquía, en especial, con relación al problema kurdo.  En ciertos momentos estos países cooperan, en otras instancias tienden a competir.  Este tópico es parte del contexto sub-regional, que incluye también, la problemática siria.  En efecto, se han entrecruzado los esfuerzos por parte de Washington y de Ankara al respecto, en medio de una lucha en la que al menos participan 6 grupos diferentes.  En ella, los kurdos han jugado un papel importante.

Estos luchadores pertenecientes al Kurdistán han coincidido con Estados Unidos en el combate contra los fundamentalistas musulmanes en la región.  Turquía y la potencia norteamericana han cooperado en la lucha regional, pero ahora, las posiciones pueden entrar en la dimensión de competencia, sobre qué hacer con las minorías kurdas.

Como se sabe, los kurdos quedaron sin un territorio propio y su población se encuentra diseminada en varios países: Armenia, Azerbaiján, pero muy en especial, en Siria, Turquía, Iraq e Irán.  Esta minoría es una de las tres -ocupando la región norte- que junto a los shiítas y los suníes, conforman Iraq.  Los kurdos hunden sus raíces históricas tan lejos como el Siglo X, antes de Cristo; durante muchos períodos de su historia han sido sangrientamente perseguidos.

En la actualidad, los kurdos han sido una fuerza especialmente importante en la lucha contra los fundamentalistas, pero en este tiempo que parece irse agotando para Estados Unidos, las posiciones del gobierno del mandatario turco Erdogán se van consolidando.  Ello desembocaría, como ha ocurrido en otras ocasiones, en una cruenta represión a los kurdos.

Con base en un estudio político basado en la teoría de escenarios dinámicos y actores, es posible advertir dos posiciones que -respecto al problema kurdo- prevalecerían actualmente en Washington.

Estaría, por un parte, la apuesta por la conformación, como mínimo de una autonomía kurda, si no es que de un territorio con soberanía -lo que sería considerado algo muy poco factible. Esta estrategia se ubica en la perspectiva de Washington de formar varios estados -microestados- que fuesen más fácilmente controlables. Algo similar a lo que ocurre en América Latina y el Caribe.

En esto se incluiría la continuidad de los conflictos. Lo que favorece la consolidación de ejércitos represivos, control de gobiernos y aliento al complejo industrial-militar, cuyos grupos de presión e intereses, mantienen al inquilino actual de la Casa Blanca.

Por otra parte, estaría la posición que documenta el investigador Nazanín Narmanián, según la cual la alianza de Estados Unidos con los kurdos habría sido táctica y que ahora serían, estos últimos, dejados a su suerte.  Se reconocen desde ya, pronunciamientos según los cuales, “un Estado Kurdistán no es viable”.  Como se ve, las palabras dan para todo, especialmente en el ámbito de la diplomacia, los intereses tácticos o estructurales, o bien las simulaciones.

En esta segunda opción, de nuevo, por si alguien abrigase todavía alguna duda, Washington sellaría de nuevo su alianza más estructural con Turquía, con el gobierno de Erdogán.  No importa en esto la represión, el asesinato de civiles que se puedan cometer por los ejércitos dirigidos desde Ankara.  Algo siniestro se encontraría al acecho: el monto por el cual se negociaría la vida de los kurdos.

Con el fin de mantener ocupadas a las fuerzas armadas y al complejo militar, el inquilino de la Casa Blanca, necesitaría a los kurdos como justificación y pretexto.  En esto, tanto Washington como Ankara pueden salir beneficiados al favorecer a los ejércitos. 

Si Erdogán no cediera a las presiones de Washington, en la capital estadounidense se podría alentar el reconocimiento de algo sensible para el gobierno turco: el Genocidio Armenio.  Con ello habría justificación de sanciones internacionales.  Y ya se sabe que esta política de matoneo, como mínimo, ha sido efectiva en el “tratamiento” del problema de los inmigrantes, en otros casos, léase México y Guatemala.

Por un momento se evidenció una tendencia cambiante en las posiciones norteamericanas.  Eso se concretó en la iniciativa -solo mencionada- de retirar las tropas de Siria.  Esto se dio a conocer como parte de los temperamentales arranques del mandatario en Washington, pero habrían sido los grupos de presión belicista, los que se lo habrían impedido.  En esto no se tiene -tanto como se deseara- una evidencia sólida, pero es de reconocer que lo errático del mandatario de los “realities” de televisión, no ocurre de gratis.

Ante lo que parece ser una genuina carencia de alternativas en la toma de decisiones, lo que Washington podría estar haciendo ahora, es ganar tiempo.  Esto determinaría saber como se desempeñan los actores en el sangriento conflicto sirio, que arrancó -quien lo diría- desde el 15 de marzo de 2011. La apuesta sería dejar que se decanten las fuerzas en conflicto y continuar con la política de: “con el campeón hasta que pierda”.

En todo esto, la tragedia habitual la llevan los sirios y los kurdos.  Una cotidianidad que se está saldando con no menos de 371,000 muertos, cerca de un millón de heridos, y 10 millones de desplazados desde hace más de ocho años.

En todo caso, las guerras, la violencia, se perfilan arraigadas en la irracionalidad humana.  En tal sentido, se ubica esta frase atribuida al filósofo francés Paul Valéry (1871-1945): “La guerra es una actividad en la que se masacran hombres que no se conocen, en beneficio de hombres que como sí se conocen, no se masacran”.