Ella es…Misi, la de los musicales

Foto cortesía Colsubsidio

A veces no sé muy a ciencia cierta qué es lo mejor del trabajo de María Isabel Murillo “Misi”.  No hace mucho se dio el lujo, presumo que también el gusto, de reunir en una noche su experiencia de 30 años en el recorrido de la memoria de su experiencia y qué espectáculo.

Lo suyo es el “Musical”, el género que se deriva directamente de la ópera, que tiene ya 132 años de tradición desde su nacimiento en los Estados Unidos, que aúna la música, el canto y el baile con escenas habladas. De hecho ha traído a la escena capitalina algunos de los títulos más paradigmáticos: The sound of Music, Aladdin, Olivier, Grease, El mago de Oz, Jesucristo superestrella y hasta la joya de la corona, West side Story, siempre con absoluto éxito artístico.

Misi podría perfectamente haberse quedado en esa “zona de confort”, porque sus producciones de los clásicos siempre han sido recibidas clamorosamente por el público. Pero no ha sido así porque la esencia del “Musical” le corre por las venas. Como compositora que es y por su experiencia, a lo largo de 30 años, se ha encargado de enriquecer el patrimonio musical del país con “Musicales” que hunden sus raíces en nuestra cultura, por ejemplo, en 2008, con “Gaitán”, trajo al escenario el asesinato del líder, ocurrido en 1948, un episodio trágico que, gracias a las bondades del género, adoptó tintes más amables, sin frivolizarlo, desde luego.

Su último espectáculo, Ella es Colombia, que esta tarde se despide de la escena en el Teatro de Bellas Artes¸ justamente se trata, en sus propias palabras, de “un homenaje a lo nuestro, a nuestras raíces”. Como siempre, lleva implícito lo que es el sello de su trabajo, comunicarle a los espectadores un mensaje que vaya más allá de las apariencias, el respeto por el planeta y la fratenidad entre los seres humanos. También un homenaje a grandes de la plástica, como David Manzur o Alejandro Obregón.

Y cómo no, la riqueza musical del país. Parecía mentira ver y oír a lo largo del espectáculo, cómo con una habilidad formidable fueron desfilando, como en una caleidoscopio de carnaval, obras del folclor nacional de todos los tiempos, hasta «La gata golosa» de Fulgencio García, del año 1912. Porque el trabajo de los arreglos musicales logra amalgamar con sorprendente unidad las músicas originales de María Isabel Murillo y Victoriano Valencia-Jack Massic, con las de José Morales, Emilio Murillo, José Barros, Mario Gareña, Rafael Escalona, Jorge Villamil, Miguel Ángel Martín, Lucho Bermúdez, el ya mencionado Fulgencio García y hasta Carlos Vives y Shakira. Tarea nada fácil lograr la unidad con ritmos de las más disímiles procedencias. Pero se logra y con creces.

Desde lo puramente visual, está la escenografía de Tijana Bjelac con el vestuario de Juliana Reyes, que parece nunca equivocarse. Dirección musical de Leonardo Palacios y uno de los grandes puntales con la atinada coreografía de Luis Salgado y Rubén Montoya, que consiguieron redondear una marcación que combina los movimientos de riguroso orden y simetría con escenas más naturalistas y asimétricas, donde se consigue ese ideal de que cada bailarín haga lo suyo, independientemente, pero sin perder el concepto de unidad.

Finalmente, pues está el equipo de solistas, el coro y el cuerpo de baile. Un cuarteto protagonista de lujo, encabezado por Diego León Hoyos, que desde luego no necesita presentación, encarnando al Mamo, actúa el personaje encargado de tejer cuidadosamente con su presencia la unidad argumental. En la parte de Aluna, Natalia Bedoya se mueve hábilmente en el terreno vocal y el actoral. Secundada por Daniel Tovar como Viento, magnífico bailarín, de sorprendente virtuosismo y, probablemente, de todo el elenco, en lo vocal, el más refinado: había que oír esa gama de matices, sus crescendos impecables y exactitud de afinación. El rol antagónico de Egos, en Carlos Davis Salazar encontró un actor de rotunda presencia en la escena. Buen cantante también.

 Para los roles comprimarios, la actuación de Ana Beatriz Carrillo, Kristian Polo, Adrián Amaya y Paula Calvo. Además, Carlota López y Gabriela Peña, encargadas de la infancia de Aluna, la protagonista.

Regreso al principio, cuando me preguntaba qué puede ser lo mejor de los espectáculos de Misi, y la respuesta está en el público y en los miembros de su compañía. Porque si bien es cierto, María Isabel Murillo ha enriquecido el patrimonio teatral y musical de este país, lo más valioso es que son los niños los destinatarios naturales de su trabajo, como espectadores y como protagonistas. Parece retórica, pero no lo es., su trabajo mira al futuro, porque está concebido para los que están destinados a pasar a la vanguardia.

Al fin y al cabo, no me cabe la menor duda de que un niño que recibe la formación artística en su compañía y ese que se sienta en la luneta de la sala a contemplar Ella es Colombia, tiene la posibilidad objetiva de convertirse en un ser humano mejor.

CAUDA

Me pregunto si conseguirá Misi materializar su sueño de que se haga realidad la construcción de Prosenio, el proyecto arquitectónico que para ella diseñó, ojo, el arquitecto británico Norman Foster, en el sector de la carrera 15 con la calle 85, con teatro para 1500 espectadores, un edificio que le cambiaría la cara a esa zona de Bogotá. ¿El alcalde Peñalosa, o la nueva ministra de cultura, al menos, estarán enterados?

En la última columna escribí que Simon Ghraichy nació en 1885, así el joven y talentosísimo pianista, quedó de 183 años y no de los 33 que en realidad tiene. Mea culpa y de nadie más.