El aire de Bogotá

  • Más allá de la alerta actual por un hecho “atípico”
  • Urgen medidas audaces para frenar contaminación

 

 

Por exposición a aire y agua de mala calidad ocurren cada año en Colombia 17.549 decesos, es decir el 8 por ciento del total de la mortalidad en el país en ese lapso. Esa fue una de las principales conclusiones del informe "Carga de Enfermedad Ambiental en Colombia", realizado por el  Instituto Nacional de Salud y que se constituye en un primer ejercicio para establecer con certeza qué proporción de la morbilidad y mortalidad están asociadas al impacto del ambiente en la salud de los habitantes.

El mismo estudio, dado a conocer hace tres semanas, revela que son nueve las enfermedades que están asociadas a factores de riesgo ambiental, siete de ellas con posibilidad de muerte. Es más, a la mala calidad del aire se atribuyen la enfermedad isquémica del corazón, el accidente cerebro-vascular, la enfermedad pulmonar obstructiva (EPOC), las infecciones respiratorias agudas y las cataratas.

La contundencia de estas cifras pone de presente las implicaciones de la decisión preventiva tomada el viernes pasado por la Alcaldía de Bogotá en torno a la declaratoria de “alerta amarilla” en toda la ciudad y “alerta naranja” en la zona suroccidental, debido a las condiciones meteorológicas desfavorables que están afectando la calidad del aire en la urbe y la región. Una declaratoria sustentada en el aumento de las concentraciones de contaminantes en el aire, debido a fuertes inversiones térmicas en las mañanas y vientos intensos provenientes del occidente, así como a los incendios forestales en municipios de Cundinamarca y hasta las quemas en los Llanos Orientales e incluso en Venezuela.

Es claro que se trata de una situación “anormal” ya que nunca se había detectado una concentración tan alta de material particulado en el aire en distintos puntos de la ciudad. De igual manera es evidente que por ser una circunstancia “atípica” las medidas de prevención adoptadas por el Distrito, como la ampliación de la restricción del “pico y placa”, son de carácter temporal.

Sin embargo, más allá de la transitoriedad de esta emergencia ambiental, es imperativo que la ciudad, como un todo, aproveche este campanazo para tomar mayor consciencia de la urgencia de tomar medidas más audaces para controlar la contaminación del aire. Si bien Bogotá está lejos de alcanzar los niveles de polución de algunas urbes latinoamericanas, registra indicadores que obligan a ser más eficaces para garantizar mejores condiciones ambientales.

Colombia no es ajena a esta clase de emergencias. Por ejemplo, se recuerda que en marzo de 2017 las autoridades de Medellín se vieron obligadas a declarar la alerta roja por contaminación del aire tras varios días de condiciones atmosféricas desfavorables, lo que llevó a una alta y peligrosa concentración de material particulado. Incluso en anteriores ocasiones hubo necesidad de declarar alertas parciales por altos niveles de contaminación en algunas zonas de la capital del país.

Es obvio que a medida que el cambio climático se hace más fuerte, las condiciones meteorológicas se tornan muy variables y lo que hoy se consideran como picos “atípicos” en los ciclos estacionales de verano e invierno, así como en la afectación de los recursos naturales, poco a poco, a fuerza de repetirse en el tiempo, se tornan permanentes pero con resultados cada vez más imprevisibles.

En ese orden de ideas, es urgente la adopción de mejores políticas públicas de largo plazo que disminuyan el uso de combustibles fósiles, no solo en el transporte público y privado, sino también a nivel de cadenas productivas que trabajen con carbón, madera, biomasa o combustibles líquidos pesados. Pero las medidas deben ir más allá: se requiere un mayor incentivo al uso de la bicicleta y de sistemas de transporte con tecnologías verdes. Por igual debe seguir impulsándose el teletrabajo, aumentar las redes de andenes y espacio público peatonal, preservar las zonas verdes y boscosas, cuidar las rondas de los ríos, hacer más exigible el reciclaje, garantizar mejores estrategias de urbanización y servicios públicos, regular el tráfico de vehículos de carga y hacer más drásticos los controles y sanciones a las fuentes contaminantes del aire, desde las industriales y comerciales hasta las automotoras…

Hay que ser claros: la actual emergencia en la capital del país es temporal y sus causas meteorológicas son “atípicas”, más aun estando en medio del punto alto de maduración del fenómeno de El Niño. Sin embargo, pasada la alarma no se puede pensar que no hay motivo para preocuparse. Desde antes de esta coyuntura es conocido que la concentración de material particulado en el aire está por encima de los rangos que la Organización Mundial de la Salud considera aceptables. La polución debe combatirse de forma más efectiva. La alerta actual, se reitera, es un campanazo a ser más audaces y decididos en esta batalla, antes de que lo “atípico” se torne permanente.