MARÍA ANDREA NIETO ROMERO | El Nuevo Siglo
Lunes, 30 de Septiembre de 2013

Miedo a volar (II)

 

Un piloto es un gerente que tiene a cargo un aparato de 50 millones de dólares. Los pilotos son como escribí hace poco más de un año en lo que sería la primera versión de esta columna, seres con una psicología muy particular, en tanto tienen la valentía de operar un aparato con más o menos doscientas almas a bordo, el equipaje y todo el peso del aparato.

En esa oportunidad comenté acerca de mi terror a volar. Pues bien, un año después, creo que puedo afirmar que por alguna razón que desconozco me he recuperado de manera importante. Tal vez, me resigné a que por mi trabajo los viajes son constantes y los vuelos prolongados. Así que poco a poco empecé a tranquilizarme en los despegares y aterrizajes. Nunca disfrutarlos eso sí, pero al menos ya no me martirizan tanto. Y una vez el miedo cedió, pude empezar a observar y eso sí que lo disfruto más.

Y lo que he observado en este año de recuperación es el silencio en los momentos críticos del vuelo. O sea, el miedo es colectivo. Cuando el piloto avisa instantes previos a la tripulación que va a despegar, el ambiente se llena de ansiedad. Claro, por un lado hay gente desnucada del sueño, a esos los envidio, por otro, están los niños que disfrutan la velocidad y que juegan a oprimir botones imaginando que ellos son los que manejan el avión. Y luego está el resto, los que con disimulo se echan la bendición, y los que en silencio, como yo, encomiendan a su dios el buen desempeño del aparato.

Lo curioso de sobreponerme al miedo a volar es poder analizar el comportamiento de los colombianos antes, durante y después. Al colombiano le encanta hacer fila. Perdón, no fila, montonera. Abordar un vuelo en el extranjero que viene para Colombia implica ver en la puerta un nudo de gente que intenta pasar. Nunca nos sentamos rápido y tampoco nos bajamos con prontitud. Pero lo que más me ha llamado la atención en este año que llevo recuperándome del miedo a volar es el retorno de una costumbre que parecía haber quedado en el pasado: el aplauso.

¿Por qué aplauden? Tal vez, porque es la victoria de las plegarias que se elevan para que con ellas el avión suba y baje sin ningún inconveniente. Confieso que más que aplaudir, a mí me dan ganas de abrazar al piloto que sonriente lo despide a uno a la salida del avión, creo que la montañerada la tengo de todas formas y el miedo, ese bendito sentimiento, siempre me va a acompañar.