ADRIANA LLANO RESTREPO | El Nuevo Siglo
Viernes, 11 de Julio de 2014

Moralina

 

“Para ser ético en lo público, no basta ser legal”

 

Me temo que el eco mediático de la condena del otrora exitoso Andrés Felipe Arias, alfil del uribismo, es pura moralina, o sea, golpes de pecho, porque la contradicción entre la ética privada y la pública es más frecuente de lo que uno quisiera.

El “todo vale” no surgió de la nada; es hijo de la viveza y la recursividad nacional elevadas a virtud, soportadas por expresiones que son parte del acervo popular, como “colombiano no se vara” y “a papaya puesta, papaya partida”; esta cultura del atajo es imprudente y casi siempre ignora la ética pública.

Arias “traspasó los límites de la legalidad”, han dicho los Magistrados en la sentencia condenatoria; pecó contra la ética pública y quizás ejerció sus funciones desde la ética privada, que puede ser relajada, al fin de cuentas y parafraseando a don Quijote de La Mancha cuando defendió la honra de Dulcinea frente a Sancho Panza: “cada cual hace de su capa un sayo”.

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, habla de la virtud prudencial, hoja de ruta para el ethos, es decir, para nuestro comportamiento público y privado. Como toda virtud, la ética es  aspiracional, requiere esfuerzo porque va más allá del conjunto de las normas y leyes que como ciudadanos debemos acatar y cumplir.

La ética privada se ocupa de la vida buena que cada uno de nosotros quiere para sí mismo y quizás por extensión, para sus allegados. A lo mejor, a la luz de ella fue que Arias nombró a personas cercanas para "tener el control total del programa y asegurarse del manejo presupuestal", como dice el fallo.

La ética pública se refiere a los actos humanos de los funcionarios en el cumplimiento del deber y como está orientada al bien común, es vinculante, exigible y genera responsabilidad. Aquí falló Arias porque “soslayó la regla general de la escogencia que se debe dar mediante licitación y concurso público".

Para ser ético en lo público, no basta ser legal; se necesita prudencia, ejercer el criterio, el juicio para discernir, el valor para disentir, para ser insumiso y saber decir no. En tiempos de Uribe, pocos funcionarios lo supieron hacer. Quienes sí, pagaron el alto costo, fueron expulsados del redil y se salvaguardaron de enjuiciamientos.

Pero es que, como afirma Juan Ricardo Ortega, saliente director de la Dian, “en Colombia no se enseña a pensar sino a ser sumisos”. Se necesita más filosofía y menos moralina.