Duque y el reto de convertir una crisis en oportunidad

Foto Montaje El Nuevo Siglo
Hacerlo pasa por cuatro asuntos clave: delinear su dimensión, identificar sus actores, sopesar los riesgos y proyectar un plan de acción inmediato y mediato. El país en modo diálogo

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“En una crisis toma conciencia del peligro pero reconoce la oportunidad”. Esta es una de las frases más recordadas del expresidente estadounidense John F. Kennedy. Esa línea de acción, precisamente, parece ser la que está tomando el presidente Iván Duque en medio de la difícil coyuntura creada por el paro nacional del 21 de noviembre, que derivó, primero, en actos vandálicos en Bogotá y Cali principalmente y, luego, en una especie de plebiscito popular espontáneo pidiéndole al Gobierno que escuche no solo las peticiones de los impulsores de las jornadas de protestas, sino también los clamores de esas otras franjas de población que aunque no salieron a marchar, sí se manifestaron a través de cacerolazos y redes sociales pidiendo respuestas y más dinamismo del Ejecutivo frente a múltiples líos de vieja y nueva data en el país.

¿Cómo puede convertir Duque esta crisis en una oportunidad? En primer lugar, y parafraseando a Kennedy, sabiendo delinear a qué clase de problemática se enfrenta, cuáles son sus actores, los riesgos implícitos y las circunstancias de modo, tiempo y lugar del respectivo plan de acción para hacerle frente.

Esa radiografía, es claro, no es fácil. Si bien el Comité de Paro tiene un pliego de peticiones de 13 puntos extensos y complejos que exige negociar tú a tú con la Casa de Nariño, al final fue evidente que las marchas, cacerolazos, alud de expresiones en redes sociales y en el voz a voz diario tenían muchas más y variadas motivaciones, incluso contradictorias entre sí, como se puede concluir de quienes en las calles decían que se movilizaban contra los violentos y los vándalos que se infiltraron en las primeras jornadas de la protesta y quisieron deslegitimar el ejercicio de este derecho.

¿Y los actores?

También es complicado señalarlos claramente. Por ejemplo, el propio Duque apuntó contra el excandidato presidencial Gustavo Petro, acusándolo incluso de incendiario, pero paradójicamente los sindicatos también se desmarcaron del senador de Colombia Humana y lo tildaron de oportunista. La propia oposición, muy fortalecida en las elecciones del 27 de octubre pasado y sabedora de la baja popularidad del Jefe de Estado, se limitó a advertir que el deber de Duque era “escuchar” el clamor popular generalizado pero no se atrevió a adjudicarse el liderazgo de lo ocurrido por temor a lo que le estaba pasando a Petro.

Los cacerolazos, asimismo, fueron más espontáneos que planeados bajo una bandera clara y un líder específico. Si bien se habla de una acción coordinada para generar actos vandálicos y desestabilizar el país, ninguna autoridad ha señalado claramente quién o quiénes estaban detrás…

Como se ve, objetivamente analizado, es difícil encontrar un móvil único o principal del paro y de las jornadas de protesta siguientes, por más que el Comité de Paro se quiera abrogar la vocería de todo el fenómeno, algo que el Gobierno ni múltiples sectores admiten.

¿Cuál es el nivel de la crisis? Este es un tema clave. En primer lugar, es evidente que el paro, por más intenso que fue en Bogotá, sobre todo al trancar Transmilenio y forzar un toque de queda, no se extendió al resto del país en igual dimensión. En Cali hubo toque de queda por saqueos, nada más. Las marchas en el resto del territorio fueron de uno o dos días, sin mayores desórdenes y afluencia decreciente.

Otro asunto determinante, por más que desde algunos sectores de izquierda y opinión se insista en esa tesis, ya está más que comprobado que no tiene lógica ni realidad geopolítica alguna tratar de comparar lo que pasó en Colombia en la última semana con la explosión social y violenta en Chile, la crisis política en Bolivia, el cierre del Congreso en Perú o la asonada nacional en Ecuador por el alza de combustibles…

Otro de los pasos clave para convertir la crisis en una oportunidad es, precisamente, definir un plan de acción. En esa línea es obvio que la Casa de Nariño entendió rápidamente que debía reaccionar visible y tangiblemente a los acontecimientos de la última semana, no solo por el nivel de afectación, el foco mediático y el eco en las redes sociales, sino porque quedarse inmóvil, subdimensionar las protestas o, incluso, privilegiar la respuesta policial o militar a los desórdenes sin mostrar mayor voluntad a dialogar y concertar, extendería, allí sí, el clima de crispación social. Esta situación seguramente sería aprovechada no solo por la oposición y otros sectores interesados en debilitar al Gobierno, sino que le daría más aire a una tempranera campaña presidencial que cada día genera mayor ruido incómodo para la gestión oficial y limita aún más el ya de por sí estrecho margen de acción del Ejecutivo en el Congreso.

Plan de acción

Visto todo lo anterior y señalada por el propio Gobierno la hoja de ruta a seguir, se podría decir que ya Duque precisó varias de las premisas mencionadas. Por ejemplo, entiende que el Comité de Paro es un móvil más dentro de las jornadas de protesta, y por eso decidió abrir la denominada “Conversación nacional” amplia y multisectorial, en lugar de sentarse a ‘negociar’ única y exclusivamente con el Comité, que presionó esta semana en ese sentido.

De igual manera, al liderar personalmente el “diálogo social” es evidente que busca reconectarse con la opinión pública y muchos sectores que lo tachan de lejano o no entienden su estilo gerencial de gobierno. En este orden de ideas, la crisis le da la oportunidad de recuperar iniciativa y liderazgo ante el país, algo clave en estos momentos de debilidad política gubernamental.

También resulta sintomático que en sus pronunciamientos sobre el objetivo del “diálogo social” haga especial énfasis en responder a los jóvenes, ya que estos fueron los principales protagonistas de las marchas y hay validez en sus quejas sobre desempleo y el alto costo de la educación. Igual podría decirse de la insistencia presidencial en que el objetivo de la “Conversación Nacional” sea dialogar con quienes se movilizaron y también con las grandes “mayorías silenciosas” que no lo hicieron, ello para dar a entender que mal se puede hablar aquí de un levantamiento popular general y mayoritario, pues está comprobado que no hubo tal.

Más importante aún resulta el hecho de que el Gobierno decidiera aplicar una estrategia combinada de respuesta a la crisis: un paquete inmediato de medidas de impacto social incluidas en la Ley de Financiamiento (devolución del IVA a estratos bajos, tres días sin IVA al año, reducción de aportes de pensionados a salud e incentivo al empleo joven) y un cronograma de tres meses para aterrizar las peticiones de múltiples sectores, organizarlas y establecer una hoja de ruta estructural para viabilizarlas.

Todo ello enmarcado dentro de una estrategia central: el resultado del “diálogo social” no es para cambiar, negociar o reformular la plataforma programática que apoyaron más de 10 millones de personas en las urnas (muchas más de las que marcharon esta semana) y que está contenida en el Plan de Desarrollo, sino para acelerar uno de sus énfasis: la reducción de la brecha social en pos de mayor equidad. En otras palabras, Duque no quiere dejarse amarrar, limitar o condicionar su gobernabilidad por lo ocurrido la última semana, simplemente se muestra dispuesto a ajustar algunos aspectos de su agenda sin cambiar el norte principal ni dejar que quienes no ganaron en las urnas ahora quieran imponer su ideario vía paro.

¿Le funcionará el plan a Duque? Habrá que esperar el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, es claro que tiene una estrategia para convertir esta crisis en una oportunidad.