Dejen volar a los “Pájaros”

Cortesía
La película, dirigida por la dupla Gallego-Guerra, ganó el premio Fénix en México. Le da para mucho más. Lea por qué

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NO FUE una sorpresa que “Pájaros de verano”, película dirigida por la dupla colombiana Gallego-Guerra, ganara el premio Fénix del cine iberoamericano en Ciudad de México, un evento organizado por el colectivo Cinema 23 que busca promover lo mejor del séptimo arte de América Latina, España y Portugal.

El filme, grabado en el desierto de la Guajira –principalmente- logra romper el estereotipo reforzado con producciones de televisión y series, del narco colombiano. Ese de lugares comunes que ha llenado las pantallas del mundo con la idea de lo estrafalario, lo ordinario y el acento arrastrado, vulgarización de una cultura que, además de hacer daño, vende en medio de una sociedad trivial.

“Pájaros de verano” rompe, sin duda, con todo eso, y con muchas cosas más. Una de ellas es la noción de que, a pesar de una larga tradición de narrativas masculinas, las historias relacionadas con el narco -en este caso con la bonanza marimbera- pueden ser contadas por voces femeninas como la de Úrsula, mujer wayúu que se convierte en el epicentro de la comunidad, por su tenacidad y por su experiencia.

Úrsula es, por descontado, eje central de la película, misma que sin embargo, está llena de múltiples actores y capítulo. Son cinco en total y en cada uno de ellos se cuenta, de a poco, la vida de una familia wayúu que vive la violencia en medio de la bonanza marimbera.

La violencia es contada por la comunidad lejos de narrativas obvias y repetidas dentro de la película. Aquellas que refuerzan estereotipos como el pobre niño de un barrio pobre que no tuvo otra salida o la mujer que se venga de una terrorífica adolescencia. Sí, estas son reales y deben ser contadas, pero de otra forma.

Cristina Gallego, codirectora de la película, ayer recibió el premio Fénix y dijo: “¡Y que sigamos contando estas historias latinoamericanas que nos llenan la sangre!”. La violencia ha sido transversal a las comunidades de la región, como a la colombiana, lo que significa un reto para los productores cinematográficos que deben encontrar diversas  formas para explorar el tema.

El nuevo, aunque ya no tan nuevo, grupo de cineastas nacionales ha sabido entender que el séptimo arte tiene muchos universos para contar problemáticas. “El cine debe ser una experiencia verlo y hacerlo”, dijo Ciro Guerra, codirector de esta cinta, en un detrás de cámaras.

El valor antropológico

La dupla Guerra-Gallego, antes de producir cualquier película, hace un estudio detallado de la comunidad con la que va a grabar. Así fue en el caso del “Abrazo de la serpiente”, que tuvo, como pocas veces, un contacto directo con las bases de una comunidad indígena en el Amazonas.

Esta forma de hacer cine podría llamarse, tomando alguna palabra de la antropología, una “etnografía” cinematográfica. Lo que es, lo que se ve en la pantalla no es una adecuación de la realidad, es una descripción de lugares, tradiciones, culturas, sin adornos y sin desvíos.

Para lograr la sincronía entre comunidad y productor, la dupla Gallego-Guerra ha insistido en los actores naturales. Una puesta en escena difícil de llevar a cabo, ya que muchas veces faltan, se van, no quieren seguir por timidez u otra cosa.

Paralelos

Muchos, después del Fénix, se preguntan hasta dónde puede llegar “Pájaros de verano”. Es, como lo fue “El abrazo de la serpiente”, ¿capaz de llegar a los Premios Óscar? La pregunta, acertada hasta hace unos meses, no parece adecuada para el momento. La Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas la seleccionó para competir por una nominación para los premios de 2019, un paso que, de lograrlo, pondría al filme en el mismo eslabón al que llegó el “Abrazo”.

Los paralelos entre el “Abrazo” y “Pájaros” son similares por su estructura narrativa. Existe una problemática de fondo: en el primero, la expansión del caucho y en el segundo, la bonanza marimbera. Ambas impactan negativamente a las comunidades, sea en el Amazonas o en la Guajira.

Entre esa problemática externa (la marihuana o el caucho) y la comunidad, empieza también a coexistir una relación violenta. Lo que se traduce, como suelen decir los personajes principales de estas dos películas, en la intervención de agentes externos (occidentales) en las dinámicas de comunidades indígenas.

Esto explica por qué la dupla Gallego-Guerra se interesa, al menos en estos dos filmes, en explorar las vivencias de comunidades indígenas afectadas por la violencia.

En el caso de “Pájaros de verano”, el narcotráfico se vuelve un elemento central en el desarrollo de los wayúu, entre 1968 y 1986. “Cada que nos contaban historias de esa época, nos surgía la pregunta de cómo era posible que nadie la hubiera contado”, relata Gallego.

Los narcos, en alianza con algunos miembros de la comunidad, construyeron sus rutas para sacar marihuana del país a través de territorios wayúu. En este proceso existieron, como muestra la película, la intervención de norteamericanos en el negocio y la permeabilidad de una cultura, la wayúu, acostumbrada al comercio y al intercambio, de las lógicas de las mafias.

La voz de la narración es la de Úrsula, quien poéticamente cuenta lo que pasa en la comunidad. Quién más que la matrona para hacerlo. Juega ese rol de que “todo clan tiene su palabrero”, algo que resalta una de las productoras.

Esta película tiene mucho vuelo. Tanto como el del “Abrazo de las serpiente”.