Nobel de Literatura: ¿poesía o política?

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Cuando llamaron a la poetisa Louise Glück para notificarle oficialmente que había sido seleccionada como la nueva Premio Nobel de Literatura lo primero que dijo fue: “no me importa que me graben, pero es demasiado temprano y primero necesito tomar café”. De entrada parece una persona sensata pero se nota cansada. No es para menos, son las siete de la mañana y lleva escribiendo poesía por más de medio siglo sin preocuparse por la atención mediática que acaba de irrumpir irremediablemente en su vida.

Su voz también delata una ligera irritación ante la insistencia de su interlocutor que la interroga sin dejarla ir a la cocina. Cuando este le pregunta qué significa ganar el Nobel, ella suelta dos perlas: “lo primero que pensé es que ya no voy a tener amigos, porque muchos son escritores” y “es un gran honor, pero hay muchos galardonados que no admiro”. Afirmaciones que modifica ligeramente para hacerlas menos mordaces pero cuya franqueza inicial dejan entrever la ambivalencia de Glück ante un reconocimiento que está atravesando una profunda crisis.

En el 2018 un escándalo sexual sacudió a la Academia Sueca. El francés Jean-Claude Arnault, esposo de la exmiembro de la academia Katarina Frostenson, fue condenando en Suecia por violación. La pareja también fue acusada de conflicto de intereses por el uso de fondos de la Academia para financiar Forum, un centro cultural que tenía exposiciones de arte y donde diferentes personalidades, incluyendo varios ganadores del Premio Nobel, daban conferencias. Por si todo esto no fuera poco, la Academia también sospechaba que Frostenson filtró los nombres de dos ganadores y Arnault se jactaba de ser el decimonoveno miembro de la Academia, que realmente cuenta con dieciocho (la mitad siendo mujeres). Esta serie de hechos causó la renuncia de varios de sus miembros, incluyendo a Frostenson, a la vez que puso en tela de juicio la relevancia y seriedad de lo que muchos consideran la mayor distinción mundial en literatura.

Desde entonces pareciera que los criterios de este premio no están regidos exclusivamente por las etéreas palabras que Alfred Nobel dejó en su testamento para premiar aquellos autores que “hayan producido en el campo de la literatura las obras más sobresalientes en una dirección ideal”. En el 2018 se pospuso la entrega del premio, para que en el siguiente año se lo otorgaran conjuntamente a Olga Tokarczuk, una escritora polaca que se define como feminista y ecologista; y, al polémico Peter Handke, un escritor austriaco que niega las atrocidades que ocurrieron en Yugoslavia y era amigo personal del dictador Slobodan Miloševic. Una selección diseñada para mostrar que la Academia Sueca pretende lograr la cuadratura del círculo: darle gusto a la generación del Me Too Movement y mantenerse ajena a la corrección política.

Otorgarle el premio a Louise Glück puede leerse en estas dos direcciones opuestas. La primera es que es una apuesta literaria segura. A lo largo de su carrera ha recibido toda clase de reconocimientos, entre ellos está un Pulitzer por The Wild Iris (El Iris Salvaje), el National Book Award por Faithful and Virtuous Night (Noche Fiel y Virtuosa), el Tranströmer, premio sueco de poesía, y en el 2003 también fue la Poeta Laureada del Congreso de los Estados Unidos. Tiene varios doctorados honoris causa, hace parte de la Sociedad Americana de Filosofía, así como de la Academia Americana de las Artes y las Letras, la cual también le otorgó la Medalla de Oro por poesía.

Pero hay una distinción que sobresale por sus implicaciones políticas: en el 2016 el presidente Obama la condecoró con la Medalla Nacional a las Humanidades. Este reconocimiento es otorgado por el National Endowement for the Humanities (Fondo Nacional para las Humanidades), una entidad que el actual presidente de los Estados Unidos ha intentado desfinanciar en repetidas ocasiones. Cabe preguntarse entonces, si elegir una poeta estadounidense a un mes de una de las elecciones presidenciales más polémicas y determinantes de ese país es tan solo una coincidencia o si es más bien un guiño en contra de un hombre cuyo supuesto libro favorito es la Biblia, pero no puede citar un solo versículo. Si le sumamos el hecho de que hace justo cuatro años seleccionaron al cantante Bob Dylan, se vuelve evidente que entre la casualidad y la causalidad no hay más que una letra.

La selección de Glück también podría interpretarse como un llamado del Premio Nobel de Literatura a preguntarse por el rol de la poesía en un mundo incierto y en perpetua crisis. Lo más interesante de su obra es que no discute la actualidad política, decantándose en vez por cuestionar la relación del ser humano con la naturaleza, explorar el sufrimiento y el placer del divorcio, o reelaborar la mitología grecorromana para indagar el presente. Pero es imposible dudar del tinte político detrás de su selección, y para usar un verso de la poeta, es claro que la Academia Sueca está trazando un “camino implícito, como/ un mapa sin cruce de caminos” (del poema Prisma).

A la espera de que la editorial Pre-Textos vuelva a surtir las librerías colombianas con los siete poemarios que han editado en español hasta el momento, me atrevo, sin ser poeta ni traductor, a terminar esta columna con la única manera de hacerle justicia a Louise Glück, con una traducción de uno de mis poemas favoritos de ella:

 

El Iris Salvaje

 

Al final de mi sufrimiento,

había una puerta.

Escúchame: eso que llamas muerte

yo lo recuerdo.

Arriba, ruidos, oscilan las ramas del pino

Luego nada. El débil sol

destellaba en el árido suelo.

Es terrible sobrevivir

como conciencia,

enterrada en la tierra oscura.

Luego todo acabó: eso que temes, ser

un alma incapaz

de hablar, terminar abruptamente, la dura tierra

doblándose un poco. Y lo que pensé eran

aves volando en los matorrales.

A ti que no recuerdas

el paso por otro mundo

te digo que yo podría hablar otra vez: lo que

vuelve del olvido vuelve

para encontrar una voz:

del centro de mi vida llegó

un gran manantial, profundas y azules

sombras sobre la celeste agua de mar.