Una sola tierra | El Nuevo Siglo
Sábado, 28 de Septiembre de 2019

En 1972 Bárbara Ward y René Dubos presentaron a la ONU un informe sobre el medio ambiente que, convertido en el betseller Una sola tierra, se constituyó en la primera alarma documentada sobre los males del planeta. Ward, economista británica, con quien conversé varias veces en los pasillos de las Naciones Unidas, ejerció un apostolado que llamaba a salvar “al más importante y contaminado recurso natural que es el hombre mismo”, cuya presencia en la tierra empezaba a peligrar. Cuando llamé al presidente Misael Pastrana para enunciarle el envío del libro, recién editado, me dijo que ya lo conocía y se extendió en el análisis de su contenido. Esa pasión por tan, entonces, novedoso asunto explica la expedición del Código de Recursos Naturales Renovables y de Protección del Medio Ambiente (1974), pionero en América Latina.

El documento de Ward y Dubos dio lugar a la primera Conferencia Mundial sobre el Clima (1979) que confirmó la gravedad de las consecuencias del cambio climático. Casi 20 años después se aprobó el Protocolo de Kyoto (1997), ratificado por 140 naciones que se comprometieron a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. El Acuerdo de París (2016) introdujo el concepto de Adaptación, que como su nombre lo indica, es el compromiso de los países de adaptarse a los efectos del cambio climático. Hay logros importantes en este camino: el agujero de la capa de ozono, que nos expone a los rayos ultravioleta, se ha reducido en más de 4 millones de kilómetros. Es un problema prácticamente resuelto que indica que “el hombre supera infinitamente al hombre”, como decía Pascal.

En la semana que termina una nueva conferencia de las Naciones Unidas concluyó con compromisos promisorios como el de alcanzar la neutralidad del carbono para 2050. La vocería de los jóvenes del mundo la asumió Greta Thunberg, 16 años, quien señaló, con rabia y angustia, la inacción criminal frente al reto del cambio climático. No es de extrañar la ausencia de los mayores emisores, Estados Unidos y China. Así ha sido siempre. Los compromisos de cambio para el bien del mundo no están en la agenda de naciones imperiales, cómodos explotadores de la situación actual.

Es paradójico como la izquierda negacionista y los ambientalistas radicales al politizar el tema y oponerse al aprovechamiento y uso de las tecnologías no convencionales, terminan sumándose al interés de las grandes potencias que pretenden dejar a los países en vía de desarrollo como simples productores de oxigeno. Entre nosotros, se oponen al fraccionamiento hidráulico e ignoran,  deliberadamente, que más de 150 mil pozos se han perforado con esa técnica en Texas y Oklahoma, lo que ha convertido al país del norte en la primera potencia petrolera. Y sin causar estragos ecológicos. Por favor, un recurso enterrado no vale nada e importar petróleo y gas vale mucho en un país con la estrechez fiscal de Colombia.

 

Sigue la paradoja: se oponen también a la aspersión con glifosato que sería el método más eficaz en la erradicación de más de 200 mil hectáreas de hojas de coca, cuya duplicada productividad ha traído consigo una salvaje e incontenible deforestación de nuestra selva tropical, y nutre todas las violencias que siguen golpeando el discurrir de la democracia colombiana, alteran la tranquilidad de nuestra vida rural y la poca paz que hemos conseguido. Vivir en una sola tierra nos obliga a salvarla, pero también a utilizar sus bienes en beneficio del hombre mismo. ¡A más coca menos paz! ¡A menos petróleo más pobreza!