Menos palabras, más acción

  • Respuesta global a la crisis venezolana
  • OEA y ONU deben ser más diligentes

La imparable tragedia humanitaria por la migración forzada en los últimos años de no menos de tres millones de venezolanos ya tiene dimensiones globales y, por ende, requiere una respuesta de la misma índole. De allí que resultan positivos los pasos que se están dando en esa dirección, siempre y cuando de los diagnósticos sobre los impactos de la diáspora y las condenas a la dictadura chavista, se pase rápida y efectivamente a la activación de medidas concretas en el tema económico, logístico y de cooperación internacional tangible y sostenida.

En varias ocasiones hemos urgido desde estas páginas que tanto la Organización de Estados Americanos (OEA) como la Organización de Naciones Unidas (ONU) debían asumir un rol más determinante para enfrentar la emergencia creada por las oleadas de centenares de miles de hombres, mujeres y niños que salen de Venezuela hacia los países vecinos, algunos más lejanos, o inclusive buscando llegar a otros continentes. Todos huyen de la crisis política, económica, social e institucional que día tras día profundiza el régimen de Nicolás Maduro, que sigue dando muestras de que prefiere el sacrificio de su población a dejar el poder y restablecer los canales democráticos y el respeto por los derechos humanos.

Para poder avanzar en la construcción de esa respuesta global septiembre ha sido clave. Hace más de una semana, en Quito, se reunieron los delegados de once naciones del continente con el fin de lograr un acuerdo sobre la respuesta regional a la oleada de “caminantes” que se ha extendido por muchos países. Se llegó a un principio de acuerdo en materia de mínimos asistenciales a esta población vulnerable, flexibilidades en materia de exigencia de pasaportes y documentos de identificación y aplicación de los tratados internacionales sobre atención a desplazados y refugiados.

A ello se suma que a mediados de esta semana se llevó a cabo una sesión especial en la OEA en donde se analizó con mayor profundidad la emergencia migratoria. Durante la discusión en el pleno de los embajadores, la gran mayoría de estos no solo reiteró sus condenas a la dictadura de Caracas, sino que coincidió en que era hora de pasar de las palabras a la acción para poder enfrentar este desafío poblacional flotante. Un primer paso sería el envío, en próximos días, de una comisión técnica que visitará todos los pasos fronterizos por donde miles de venezolanos huyen de ese país diariamente. Del informe que esta presente al ente multilateral dependerá la adopción de un plan de ayuda inmediata a los países que se ven más impactados por este fenómeno de desplazamiento forzado trasnacional, ya sea por ser territorios receptores o de tránsito de los llamados “caminantes”.

Un paso aún más importante se debe empezar a concretar esta semana pues, con Colombia a la cabeza, se buscará que la emergencia migratoria sea tema central durante la asamblea anual de la ONU, que arranca en Nueva York. Es evidente que estamos ante la crisis humanitaria más grave del hemisferio occidental en lo corrido de este siglo y, por lo tanto, se requiere de una respuesta global, no solo en materia de ayuda financiera para la asistencia a los millones de migrantes, sino en cuanto a buscar, incluso desde el Consejo de Seguridad, alguna medida que permita neutralizar al régimen dictatorial. Esto bajo el entendido de que la diáspora no se detendrá mientras el chavismo continúe enquistado en el poder. En ese orden ideas, no solo se persigue la constitución de un fondo económico extraordinario y la designación de un Enviado Especial de Naciones Unidas, sino defender ante el pleno del máximo ente multilateral del globo que la dictadura venezolana es un problema ya de seguridad regional y hasta mundial.

Como se dijo, tanto en la OEA como en la ONU es hora de pasar de los diagnósticos y las condenas a la acción. Hay responsabilidades nacionales e internacionales por definir. No más dilaciones.