El Metro, irreversible

  • Proyecto totalmente blindado
  • Un pacto contra el negativismo

Los bogotanos tienen desde hace décadas el anhelo y la necesidad imperiosa de un sistema Metro para la capital. Resulta difícil de comprender que cuando se han cumplido con todos los trámites legales, a partir de la enjundia puesta por la administración Peñalosa, se quiera todavía poner palos en la rueda y generar escándalos a fin de minar el proceso.

El Metro elevado, como se propuso desde la campaña, se convirtió en un mandato popular. De hecho, la gran mayoría de la votación, incluida la segunda después de la de Peñalosa, cuyas diferencias eran secundarias frente a la posibilidad de que se retornara a la época infausta de administraciones anteriores, tenía de propósito sustancial la construcción de la obra. Por eso resultaría sorprendente que las minorías llegarán a salirse con la suya, torpedeando ese proyecto, represado durante décadas, que está a punto de abrir la licitación.

Todavía peor es aducir causales inexistentes, en el Concejo de Bogotá, para atravesarse como una mula muerta en la mitad del camino. La administración Peñalosa ha demostrado, frente a los gobiernos inmediatamente  anteriores, mantener cero tolerancia a la corrupción y no es atinado ni tiene sindéresis, bajo ningún motivo, dejar correr la especie de que no existen estudios y homologar eso a la corrupción antecedente.

Por el contrario, es de un gran valor para la ciudad haber vuelto por los fueros de la ética y salvado programas de las madrigueras en que se habían convertido, como es el caso de Salud Capital y los  planes distritales de alimentación escolar. En ese sentido, tiene la administración Peñalosa muchos elementos para mostrar en la salvaguarda del tesoro público y las buenas prácticas, como formulación gubernamental. En efecto, los recursos públicos son sagrados, y en eso el Ejecutivo capitalino ha sido ejemplar. Hoy es un activo fijo de Bogotá no volver a escuchar las dramáticas circunstancias que llevaron y mantienen en prisión a un exalcalde del Polo Democrático, como tampoco es dable retornar a las épocas de la negligencia y la improvisación, así como a las abultadas e ineficientes nóminas, elementos todos que horadaron la ética citadina, sumiendo a la urbe en un hueco negro del que por fortuna salió desde la posesión del nuevo gabinete.

El proyecto del Metro de Bogotá ha llenado hasta el momento todos los requerimientos de ley, cumpliéndose la norma de Metros irrestrictamente y agilizando el tema de modo plausible.

Para ello se cumplió con la creación de la Empresa Metro. El Plan de Desarrollo se adecuó en ese propósito. Se verificó el estudio de alternativas. Se solventaron los múltiples requisitos de cofinanciación, establecidos en el Conpes. Se completó la estructuración debidamente. Se dio el aval fiscal. Se incluyeron las vigencias futuras por parte del Conpes. Se logró la calificación Tripe A para la Empresa Metro. Y se dio la garantía nacional por parte de la Comisión Interparlamentaria. De suyo, la idea, ya superada, del Metro subterráneo no cumplió con ninguno de los requisitos precedentes y de antemano las agencias multilaterales nunca aprobaron la financiación para una incierta obra de esa índole.

Por demás, no es en absoluto cierto que el Metro elevado no tenga estudios de factibilidad. Por el contrario, tanto el Departamento Nacional de Planeación y el Conpes los aprobaron.

Así las cosas, el Metro elevado debe seguir su marcha. Poner obstáculos en ese propósito no es más que una engañifa para distraer incautos y, de cierta manera, la fiebre de algunos pocos para que a la administración Peñalosa le vaya mal. No se trata, para estos últimos, de que a la ciudad le vaya bien, sino del prurito de oponerse, a través de cuanto inciso improcedente, y de tratar de anticipar el tema en el próximo candelero electoral.

Lo que interesa a la ciudad, a no dudarlo, es derrotar la politiquería en aras de estructurar y culminar las obras represadas por tanto tiempo. La afectación de la Ley de Garantías, congelando a la ciudad por varios meses, es una calamidad que debe ser corregida.

Por fortuna, la administración Peñalosa ha venido actuando a todo vapor a fin de que se puedan entregar obras durante el actual mandato y dejar debidamente comprometidas y en marcha las establecidas en el Plan de Desarrollo. La ciudad tiene que hacer un esfuerzo conjunto en esa materia, no solo con el concurso indispensable del Concejo Distrital, sino asimismo con las fuerzas vivas y la población en general, en un pacto contra el negativismo y el torpedeo. El país ha salido paulatinamente de la nociva polarización. Lo mismo debe acontecer en la ciudad para consolidar la sinergia que pueda afianzar su vocación de futuro.