"Domingo de Petrés, un arquitecto capuchino en los albores de la Independencia"

Foto cortesía

Escrito por Mariela Vargas Osorno

Joseph Pascual Domingo nació el nueve de junio de 1759 en el pequeño pueblo de Petrés, no muy lejos de Valencia. Sus tres nombres ya dirían mucho sobre él. Joseph, “Dios engrandece”;  Pascual, del hebreo  “pesaj”, “tránsito”, y Domingo, del latín “dominicus”, consagrado al Señor. Lo llamarían por este último nombre.

Era un niño piadoso que sentía adoración por su padre, el maestro albañil Vicente Buix-Lacasa. Sus padres daban gracias al cielo por este pequeño ángel lleno de talento que aprendió a amar la arcilla, las piedras, la argamasa, los clavos y los cimientos de buena calidad.

A veces el pueblo era visitado por unos hombres cubiertos por hábitos color marrón, que predicaban la bondad y la pobreza. A pesar de su aspecto burdo y su silencio, ellos eran depositarios de las artes y las ciencias.

Domingo fue uniendo en sus pensamientos lo que más quería: el oficio de arquitecto y el hábito. La estética y la precisión eran obra de Dios. A los 18 años entró a la Orden de los Hermanos Capuchinos Menores, en el convento de la Magdalena en Masamagrell.  No tuvo que dejar sus bienes a los pobres, porque no los tenía. Acogió con gusto las duras reglas de San Francisco. El 4 de marzo de 1779, a los 21 años de edad, profesó los votos y se convirtió en  Fray Domingo de Petrés.

Durante  un año recorrió conventos, en donde le confiaban tareas de construcción cada vez más complejas. En Monovar conoció a Fray Juan de Cartagena, que lo introdujo a una obra maravillosa: el Libro de la Arquitectura del agustino madrileño Fray Lorenzo de San Nicolás.  Y Domingo, que hasta el fin de su vida se llamaría a sí mismo “Domingo el Albañil”, comenzó a ser un experto en su oficio. De Monovar pasó a Murcia y, en la Escuela de Diseño, perfeccionó sus conocimientos, aprendió los diferentes estilos.

Y de repente llegó un momento providencial. Bajo el reinado de Carlos III, los jesuitas habían sido expulsados de España y de las colonias de ultramar. El Virrey de la Nueva Granada pidió que los reemplazaran por monjes capuchinos. La orden envió a catorce, entre ellos a Fray Domingo. La colonia necesitaba arquitectos.

Salieron de Cádiz en 1792, con buenos vientos y buen ánimo, pero se levantó una tempestad furibunda, vientos que aullaban como condenados. Volvieron a Cádiz. Zarparon otra vez… Y otra vez llegó la tormenta. El mundo se derretía y se balanceaba. Tuvieron que devolverse.

Otra vez Fray Domingo partió hacia la Nueva Granada. En abril de 1792 se encontró con las murallas de Cartagena de Indias. Continuó río arriba, monte arriba y, en agosto, llegó a Santafé. Un pueblo grande de no más de veinte mil almas, que parecía dormir bajo pestañas de paja y de teja española, cuando en realidad estaba entrando en el mayor desvelo de su historia.

Santafé le había preparado a Fray Domingo la mejor bienvenida que se podía dar a un arquitecto. Un gran terremoto en 1785 había destruido casi todos sus edificios. ¿Castigo de Dios? Se habían salvado la real fábrica de pólvora y la de aguardiente, mientras lo más afectado habían sido las iglesias, todas, todas, menos- y ahí está el detalle- la de los padres jesuitas, San Ignacio, ahora llamada San Carlos.

La ciudad aún estaba conmovida por el desastre. Y además, el sismo había puesto a temblar el edificio de sus ideas políticas. Con el  Aviso del Terremoto, en la Imprenta Real, se iniciaba el periodismo en la Nueva Granada, con todas sus consecuencias.

Fray Domingo comenzó reconstruyendo la iglesia y el convento de San José en San Victorino, llamados La Capuchina, propiedad de su orden. Él quiso darle a este barrio algo más que riquezas espirituales. Lo dotó de un acueducto y una fuente. Y la Plaza de San Victorino se convirtió en el paso obligado para los viajeros que entraban a Santafé o salían con rumbo a Honda, el puerto sobre el Magdalena, vía fluvial hacia la costa Caribe y de ahí al mundo.

La figura amable del fraile se fue volviendo familiar. Domingo, el Albañil, con sus pies ágiles dentro de sandalias de cuero, era incansable. Fuera de La Capuchina, construyó el hospital y la iglesia de San Juan de Dios; la de la Concepción; la de Santo Domingo; la cúpula de la de San Ignacio; la de La Enseñanza, el Observatorio Astronómico; restauró la Capilla de la Bordadita; el interior de la de San Francisco; la Iglesia y recoleta de San Diego; y su última obra, la Catedral Primada.

También hizo la Catedral de Santa Fe de Antioquia, la Basílica de Chiquinquirá, la Catedral de Zipaquirá, la de Facatativá,  el diseñó de la Catedral de Guaduas, entre tantas otras obras.

Su estilo preferido era el neoclásico, por la elegancia de sus líneas sobrias, armoniosas y austeras. A los neogranadinos les iba bien aquella sencillez. No pedían vitrales de colores. No pedían pisos de mármol. El lujo en sus templos consistía en pinturas y retablos de oro, el oro alumbrando la desnudez  de la piedra, la cal, la madera, como lo había hecho tiempos atrás en los templos indígenas.

El edificio que más amaban los santafereños era su catedral, construida en el mismo lugar donde otro Domingo, Fray Domingo de las Casas, había celebrado la primera Misa de Bacatá, en una iglesia que no era más que una choza de bahareque y paja, llamada apropiadamente Nuestra Señora de la Esperanza. Aquella esperanza había crecido a través de dos siglos. Había salido airosa de muchas calamidades, hasta que el terremoto de 1.785 la dejó tan frágil, que debieron demolerla.

Él diseñó los planos para una nueva catedral con una estructura más sólida, que sería el  símbolo de la unidad. Los fieles acudirían siempre allí para despertarse, para aplaudir o para llorar, según vivieran los acontecimientos como nación. La construcción se inició el 11 de febrero de 1.807

No lejos de allí se hallaba otra obra, en la cual él había puesto el corazón: un Observatorio, encargado por Don José Celestino Mutis, el sabio que dirigía la Expedición Botánica. Fray Domingo lo creó blanco, resplandeciente, como la pureza del intelecto. En esta linterna luminosa se comenzaron a reunir algunos jóvenes criollos, más preocupados por su propia tierra que por el firmamento. Reclamaban la representación de las colonias ante el gobierno de España, y  la igualdad.

 Domingo opinaba poco, no levantaba la voz, no discutía, aunque él mismo hacía parte de la edad de oro de Santafé, junto con tantos otros que la hicieron brillar, despertar y crecer. Él añoraba los tiempos del progresista Virrey Ezpeleta. El gobernante de ahora, Amar y Borbón, débil y torpe, con una esposa intrigante, era todo menos amado.

Al Virrey  Ezpeleta, los santafereños le seguían debiendo el mayor de sus tesoros: la Biblioteca. Él también tenía su propia colección de volúmenes preciados. Allí su sobrino descubrió la Declaración de los Derechos del Hombre. Se la pasó a su amigo, Antonio Nariño. Nariño la tradujo,  la imprimió y la difundió. Lo arrestaron. Un fraile capuchino le guardó algunos de sus libros,  también  los decomisaron.

Nadie estaba exento de tomar partido, ni siquiera Fray Domingo con su silencio. Él veía con preocupación la división que se estaba creando en el clero, las posiciones irreconciliables…

Los jóvenes que se reunían en el Observatorio querían obligar al Virrey a crear una Junta y a permitir un cabildo abierto.  ¿Si hubiese una amenaza de revuelta en un lugar público… como la Plaza Mayor, en un día de mercado? Los hermanos Morales tuvieron una idea. A las once de la mañana de aquel viernes, 20 de julio, en los puestos que rebosaban de hortalizas, había oculta una guindilla roja, picante, a punto de reventar: la libertad.

La tienda del español Don José Gonzalez Llorente, en la esquina que miraba al costado norte de la catedral aún inconclusa, ostentaba finas mercancías. Los Morales le pidieron prestado un florero, y él respondió que no se los podía dar, pues estaba en mal estado. Era la oportunidad que buscaban. Salieron gritando que Llorente había insultado a los criollos.

Fue la chispa que encendió la plaza: “¡Abajo los chapetones! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Queremos junta! ¡Viva el cabildo! ¡Mueran los bonapartistas!”

Fray Domingo, desde la iglesia en construcción, oyó el grito de la independencia en primera fila. Y dentro de él quedó un remolino de contradicciones y de pena imposibles de apaciguar.

 En 1.811, el interior de la catedral se ha completado. Fray Domingo vigila sin descanso que el resto de la construcción siga los planos dibujados. A sus cincuenta y dos años, no le falta agilidad para subirse a los andamios.

Fray Domingo se apresura. El interior está hecho. Ahí queda todo. La catedral siempre albergará el anuncio y el toque de campanas para la organización de los hombres.  Si en el pasado fue para aclamar a tantos que eran buenos, y otras veces a tantos que estaban equivocados, ahora albergará a la naciente República. Fray Domingo ha construido la armonía. Los hacedores de la nueva República también necesitarán ser buenos arquitectos. La Ilustración es un pegamento para que la idea de nación cobije a todos, para unir lo que está fragmentado. Todos unidos, sólidos como piedra con madera, piedra con piedra.  

En noviembre llega el invierno. Las nubes se vacían como cantaros de agua helada. Pedradas de granizo caen a través del techo incompleto. El viento atraviesa la tela de los hábitos como si fuera gaza. Les permiten tener tres. Los dos que establece la regla, no se secarían nunca.

Domingo trabaja sin detenerse, aunque la tos sacude su cuerpo. El fuego de la calentura lo invade con furia. Su mente divaga, ve el techo de la catedral  iluminado con nubes brillantes. Oye voces que se elevan en cánticos. Campanas. Santafé unida bajo el techo hermoso, acabado. Se darán la mano por fin los que lograron la independencia y siguen frenados por desacuerdos, por rencores, los que aman al Rey, los que aman la voluntad del pueblo, los clérigos de lealtad dividida… Todos, mirando hacia el oriente, se darán la mano. Cómo una granada creciendo nueva, entera.

No, Domingo, ¿no ves que la piel de esta Nueva Granada está rota sin remedio, que sus granos se derraman y se pierden? ¿Que ya no es fruta color de amanecer sino de sangre?

Llegó el claro de diciembre con su cielo azul sobre las montañas. Las familias suben por las laderas a buscar musgo para el pesebre. Cantan villancicos como los de España.

La cara de Domingo está pálida y triste. Él aprendió a amar a esta tierra como suya, y suya también es España. Y los granadinos, ¿no son ellos  hijos de España?

-Hermano, piensa en las cosas buenas, no pienses en lo que te hace sufrir, Dios no nos mandó a la tierra para morir de pena – le dicen sus compañeros.

Domingo apoya la frente contra la madera del andamio. La fiebre martilla sus sienes como un tambor de guerra.

-¡Hermano Domingo! ¡Hermano! ¡Hermano!

Su cabeza cae sobre la almohada de paja. Las tablas de la cama hieren sus costillas fatigadas.

Unas manos suaves están cerrando sus ojos.

Fray Domingo de Petrés, Fray Domingo, el albañil de Dios, embargado por la tristeza, ha partido hacia la Gloria, hoy 19 de Diciembre de 1811

En 1823 se abrieron las puertas de la Catedral Primada. La Republica sigue llevando  en su corazón a Fray Domingo de Petrés, siempre recordando que el trabajo continuo y bien hecho es lo que cimentará la identidad.

Entre sus obras se cuenta la Hacienda Aposentos de Simijaca, cuyo gran portón se abrió un día para que entrara Bolívar, durante la campaña libertadora.  Aquí durmió Bolívar... Aquí, entre estos muros, cobijado por las líneas armoniosas de Fray Domingo, el Libertador pasó noches de desvelo febril levantando los andamios de un sueño, el sueño de la República de Colombia.