Aspectos Médicos de la Campaña Libertadora

Foto montaje El Nuevo Siglo

Manuel Cadena, Giovani Castaño, Arturo Vergara

Edición Bicentenario 

Para El Nuevo Siglo

El concepto de “Campaña Libertadora" suele centrarse en la estrategia militar. Pero las guerras siempre tienen un componente médico indiscutible. Aparte de las esperadas lesiones traumáticas, en este capítulo de nuestra historia hubo que enfrentar otros enemigos, además del ejército realista, que a la larga ocasionaron más bajas que el fuego de los mosquetes del ejército enemigo. La sorpresa del paso por el páramo de Pisba fue determinante para la victoria libertadora. Nadie consideró posible que todo un ejército, mal dotado, se movilizara desde aquella planicie llanera, ubicada a 300 metros sobre el nivel del mar (msnm), pasando por montañas de más de 3000 metros de altura, para llegar al altiplano, a 2500 msnm, en tan solo unos pocos días. Pero la ignorancia médica de la época fue un cómplice realista que por poco termina con el sueño de la libertad.

Habiendo acampado en los bosques de los Llanos, donde había leña y agua, el ejército patriota debió enfrentar criaturas salvajes como el puma o las serpientes. Pero el verdadero temor venía de seres mucho más pequeños: los mosquitos, la malaria, la fiebre amarilla, la amibiasis y otros parásitos intestinales que causaban fiebre, deshidratación, desnutrición, anemia y muerte. Aquellos que se recuperaban sufrían de parásitos que infestaban su piel y ocasionaban rasquiña permanente y enloquecedora. Luego, en el páramo, el frío y el hambre dieron paso a las neumonías y la tuberculosis. Muchos cuerpos quedaron insepultos en la ruta de Pisba. Y al final, la batalla.

Pero antes de alcanzar los Andes, las dificultades ya venían acumuladas. El primer revés que debieron enfrentar las tropas libertadoras ocurrió con el naufragio de una de las naves inglesas que traía soldados para apoyar a los patriotas. La expedición constaba de 5 navíos (Britania, Dawson, Emerald, Prince, India), 800 hombres y, entre ellos, 18 cirujanos. El India naufragó y luego, tras su arribo a la Isla Margarita, los ingleses fueron víctimas de las fiebres malignas con lo que los 5 regimientos originales se vieron reducidos con la muerte de 360 hombres. Finalmente, el 22 de julio, llega a Bonza el coronel James Rooke, al frente de la legión Albion, con menos de 100 hombres de los 800 que habían iniciado la travesía. La totalidad del ejército patriota constaba de 4000 soldados que se reunieron en la población llanera de Pore. Unos bajo el mando del General de División Francisco de Paula Santander y otros con el Libertador Simón Bolívar. El 21 de mayo de 1819, presentó Bolívar a su Estado Mayor (Carlos Soublette, José Antonio Anzoátegui y Pedro Briceño Méndez, Plazas, Rooke y Rangel), el plan de alcanzar la ciudad de Santa Fe de Bogotá cruzando la cordillera de Los Andes, una ruta ya descartada por los realistas por su dificultad topográfica y climática. La historia refiere que este encuentro se dio en la aldea La Setenta, en una choza abandonada con Bolívar sentado sobre el cráneo de una res. En este punto siguió disminuyendo el número de efectivos pues aquí quedaron más de cien enfermos de malaria y alrededor de 600 jinetes desertaron ante el temor de cruzar la cordillera. El mismo general Santander se encontraba convaleciente de paludismo. A este contingente se unió un grupo de valerosas mujeres que servirían como enfermeras, compañeras y tropa, conocidas como Las Juanas.

En el paso de los Andes, las bajas temperaturas produjeron pérdidas humanas por hipotermia al ocasionar el cuadro conocido como “emparamamiento”, generalmente mortal. La campaña libertadora llevo a su ejército desde el calor de los Llanos hasta un clima paramuno gélido y húmedo, con registros bajo cero en las madrugadas para finalmente descender al altiplano Cundiboyacense. Las tropas, especialmente los llaneros, sin etapas previas de acondicionamiento fisiológico, acostumbrados a vivir bajo la presión atmosférica de la planicie y ante el rápido ascenso en la montaña, sufrieron del mal de las alturas o, como se denominaba en el lenguaje popular de entonces y hasta hoy, soroche. Además, muchos lanceros del Llano habían sufrido paludismo y desnutrición, lo que hace pensar que aún estaban anémicos, facilitándose la aparición del soroche. La experiencia médica del paso de los Andes no pasó desapercibida para Bolívar ya que, para las campañas siguientes, especialmente en el Alto Perú, aprendió a aclimatar sus tropas para prevenir el mal de las alturas. Por otro lado, el penoso ascenso los obligó a abandonar su “bastimento”, que era la ración alimentaria de las tropas, constituida por carne seca, salada, plátano y yuca, así que su condición nutricional era aún peor. Como si fuera poco, cabe incluir la desnudez de muchos soldados, quienes vestían un trozo de tela a manera de guayuco como único vestido, situación detectada por Santander quien pidió al gobierno central, sin éxito, que le enviaran vestidos para las tropas.

Resulta obvio que incluso antes de presentar batalla, el ejército libertador necesitaba muchos médicos. Desde el inicio de la organización de la campaña, Bolívar contó con el Doctor John Robertson, médico y cirujano inglés, egresado de la Universidad de Edimburgo y autor de varios tratados médicos, radicado en Venezuela. Participó en las campañas de los llanos venezolanos, en el Orinoco, Apure y Arauca. Luego, el médico enfermó de paludismo y disentería amebiana, fue evacuado al hospital de Angostura en donde falleció en 1822, aunque algunos historiadores mencionan que murió durante la campaña al cruzar el río Arauca. El cirujano Mayor de las huestes patriotas fue el Doctor N. Wieldern, el cirujano mayor de la Legión inglesa era George Mayne y los cirujanos del Batallón Rifles eran Hugo Blair y Stiphen McDavit. La atención de los enfermos en la gesta libertadora debió hacerse en hospitales de campaña itinerantes, siendo necesario en algunos casos adaptar casas para atender a los heridos, como ocurrió con el hospital de Tasco, improvisado en la casona de una hacienda. El encargado de coordinar la atención médica, o inspector general de hospitales fue el doctor Mayor Thomas Foley, ciudadano inglés, conocido como hábil cirujano y excelente administrador. El Doctor Foley era médico y cirujano de la Legión Británica y había llegado a Venezuela bajo las órdenes del Coronel James T. English en 1817. Fue vinculado al Estado Mayor investido con el cargo de Inspector General de los Hospitales Militares. El Doctor Thomas Foley acompañó a las huestes libertadoras durante todo el curso de la campaña, marchando siempre en la retaguardia. Fue el Doctor Foley quien amputó al coronel James Rooke, cuando fue herido en su brazo izquierdo. Foley estableció estrecha amistad con el general Santander, de quien fue su médico, aliviando los cólicos hepáticos que le aquejaron hasta el final de sus días.

Otro médico, el Doctor Juan Gualberto Gutiérrez, oriundo de La Uvita, Boyacá, había completado su formación médica en Bogotá, en 1813. Por orden de Pablo Morillo fue asignado a los lazaretos de Bogotá. Posteriormente, se desempeñó como cirujano al servicio de la corona, debiendo actuar como ayudante de cirugía en la Tercera División del ejército realista. El Doctor Gutiérrez se encontraba como regente del Hospital de Soatá en 1819, bajo las órdenes del militar Juan Tolrá, pero el día 5 de agosto de 1819, se presentó ante Bolívar y le entregó la botica y todos los elementos de que disponía en los hospitales de Soatá y Tunja y desde ese momento se entregó al servicio de la causa libertadora dando atención quirúrgica a sus compatriotas, en especial el día de la Batalla de Boyacá. Después regresó a Soatá y fue transferido a Pamplona y Cúcuta. Por razones de salud regresó a Bogotá y de 1821 a 1825 estuvo en Tunja como cirujano militar. Allí regentó la cátedra de medicina en el Colegio de Boyacá y prestó sus servicios al General Antonio Nariño en sus últimos días en la población de Villa de Leyva.

De otro lado, por orden del Virrey Juan Sámano, en 1819, el doctor José Félix Merizalde, originalmente médico de las fuerzas españolas, fue nombrado Médico y Cirujano mayor del Batallón Ligero del Tambo. Poco tiempo después de la Batalla de Boyacá, el doctor Merizalde, se incorporó a las huestes libertadoras y el propio General Bolívar le encargó la Dirección de Hospitales hasta el año 1823.

Los médicos que participaron en las luchas de la independencia, contaban como herramientas terapéuticas, además de los cauterios y sierras para manejar heridas y amputaciones, con una mezcla del conocimiento médico europeo y de la nueva botánica médica de la herbolaria del Nuevo Mundo de Mutis. La farmacia militar de la época tenía  ipecacuana en polvo, sal de ajenjo, opio, alcohol de canela, espíritu de toronjil y yerbabuena, cortezas de naranja, tártaro emético, flor de saúco, goma arábiga, aceite de almendras dulces, Triaca Magna, láudano de Sydenham, tintura de castor, almizcle en pasta y cuernos de ciervo calcinados. También algunos elementos químicos como magnesia calcinada, álcali volátil, éter sulfúrico, potasa ferruginosa, alumbre calcinado, goma de amoníaco ,aceite de plomo y alcanfor. Igualmente, materiales para emplastos como el aglutinante de Andrés de La Cruz y el de Guillen Serven y algunos con nombres más sonoros como la tintura anticólica, agua Espíritu de la Reina, Bálsamo Católico, agua del Papa y Piedra infernal. Los derivados de plantas nativas incluían manzanilla, llantén, borraja, violetas, raíces de perejil, de hinojo de espárrago y de achicoria, raíz de china, cilantrillo pimpinela, toronjil y la escasa quina. Los elementos quirúrgicos fueron de primera necesidad a la hora de atender heridos de guerra como las hilas de distintos materiales, los torniquetes encintados, tabillas forradas de badanas, bolsas de instrumentos de cirugía y tablillas de curación.

En los anales de la campaña se destacan algunos eventos médicos, como la atención del parto de una de las “Juanas” en Tasco y la atención de la herida en la ingle que segó la vida de Inocencio Chincá durante la heroica carga de los 14 lanceros en Tibasosa. Pero sin duda la más frecuentemente descrita es la amputación del brazo izquierdo del inglés James Rooke cuando sufrió una herida por un proyectil de arma de fuego. Según Antonio López, Rooke “recibió un balazo en el brazo izquierdo, que le rompió la articulación, desflorándole el hueso”. El Padre Andrés María Gallo anota en sus relatos como, al final de la jornada en el Pantano de Vargas, mientras recogían los cadáveres: “Oímos entre el matorral unos bramidos y, aunque estaba muy oscuro y llovía recio, nos acercamos y dimos con un jefe inglés a quien se llevó como se pudo a la casa. Era el coronel James Rooke y parecía una estatua de mármol blanco, por el desangre que había sufrido…La bala que lo hirió le volvió pedazos el brazo izquierdo, del codo para arriba y le desgarró arterias y venas”. En estas condiciones fue llevado a la Hacienda Varguitas, donde debió esperar al cirujano Thomas Foley, quien venía en la retaguardia y sólo llegaría hasta el día siguiente para practicarle la amputación. El coronel e historiador Manuel Antonio López relata este episodio así: “Gustoso con un valor poco común, entregó el brazo con serenidad, se le aplicó el torniquete, se le cortó la carne, se le cabecearon las arterias y tres segundos después el cirujano le había cortado el hueso. Al desprenderse la parte inferior del brazo que le acababan de cortar, el coronel Rooke, con la mayor impavidez, lo tomó con la mano derecha por la muñeca, se puso de pie antes de que le cauterizaran el hueso y levantándolo arriba de la cabeza exclamó: ¡Viva la patria! El cirujano le preguntó: ¿Cual patria Irlanda o Inglaterra?, y contestó en inglés: la que me ha de dar sepultura”. El coronel murió de gangrena pocos días después.

Muchos episodios como este se encuentran en los anales de la gesta libertadora, muchos médicos prestaron su servicio a la causa de la libertad sin que de ello quede recuerdo. Es esta breve nota un homenaje a esos héroes que, sin portar un fusil, defendieron los intereses de la Patria y con su juramento hipocrático defendieron la vida de tantos soldados patriotas e incluso, en algunos casos, de las huestes enemigas.