La verdad de J Balvin

  • Música y apología al delito
  • La libertad creativa y los límites

 

“Últimamente nuestro género musical anda más enfocado en la actitud de maleantes y narcos que en la música… (A muchos intérpretes de reguetón) los siguen miles de personas y lo único que tienen para brindar es una mier… de vibras, cuando vinimos es a poner a la gente a bailar y a hacerlos felices”. Ese es parte del mensaje que el reguetonero colombiano J. Balvin publicó esta semana en una de sus redes sociales criticando que muchos de sus colegas de género centran sus canciones en letras que hacen alusión a la violencia, el delito y el narcotráfico.

No se trata de una queja de un artista al que el éxito le haya sido esquivo o crea que sus producciones son incomprendidas por el público masivo. Todo lo contrario, J Balvin es, hoy por hoy, el artista colombiano más sonado a nivel mundial, al punto que semanas atrás llegó a ser el cantante número uno a nivel global en la principal plataforma de descargas, Spotify, en tanto que logró que dos de sus producciones estuvieran entre las 50 más importantes de la primera mitad de este año, según el prestigioso listado de la revista Billboard. De igual manera el artista antioqueño es uno de los más buscados dentro de su género para cantar con varias de las estrellas musicales más famosas en todo el planeta.

Es claro, entonces, que J Balvin no habla desde la frustración ni tampoco el ostracismo. Lo hace cuando está en la cima de su carrera musical a nivel global. De allí que tenga mucho más peso su mensaje en torno a que las letras de las canciones no son más exitosas ni logran mayor impacto por estar cargadas de apologías al delito o asemejar un estilo mafioso, ni tampoco por tratar de reflejar de manera descarnada las realidades violentas y tristes que muchas personas viven.

La queja del famoso reguetonero se ubica en la misma línea de las protestas e indignación que se genera entre muchos colombianos cuando se habla de que hay extranjeros que vienen a nuestro país solo para hacer un “tour” por los sitios más emblemáticos que marcaron la vida del abatido capo del narcotráfico Pablo Escobar, quien fuera responsable de  miles de asesinatos y de la época aciaga del narcoterrorismo. Las mismas protestas e indignación que producen entre las autoridades y la opinión pública de nuestro país cuando algún triunfo de un compatriota trata de ser opacado en el exterior por quienes sólo relacionan al país con cocaína, violencia, secuestros o ‘turismo sexual’. Y las mismas protestas e indignación que levantan algunas películas y series televisivas de mucho éxito internacional que no hacen más que recalcar el estereotipo desgastado pero muy taquillero de la narcocultura colombiana…

Es claro que tanto la producción musical como la literaria y cualquiera otra manifestación artística no debe ni puede ser censurada. Como tampoco se puede prohibir a una persona que escuche a tal o cual cantante o género, sea cuales sean las letras y temáticas. Sin embargo, es valorable lo que dijo J Balvin en torno a que para hacer bailar a la gente y ponerla feliz no se requiere acudir a los mismos estereotipos desgastados y repetitivos de siempre. Igual pasa con algunas películas y series que a punta de ingenio y calidad arrasan en los ratings sin hacer apología al delito, acudir al tono pornográfico ni caer en la violencia gratuita y lo grotesco. La libertad creativa de los artistas tienen límites, uno de ellos el necesario respeto por las víctimas de la violencia, el narcotráfico, la prostitución infantil y la pobreza que empuja a miles de personas al delito como única forma de sobrevivir.

El campanazo de J Balvin es, en ese marco circunstancial, muy importante. Ojalá muchos otros artistas reflexionaran al respecto. Y ojalá los millones y millones de seguidores de los cantantes de distintos géneros también les exigieran a sus favoritos que, sin necesidad de caer en el puritanismo ni la censura previa, entiendan que sus melodías las escuchan, ven y bailan los más pequeños, quienes en su inocencia muy seguramente no tienen aún el criterio para distinguir la ficción de la realidad ni tampoco discernir algunas circunstancias que, a fuerza de repetirse, van generando estereotipos peligrosos.