¿Por qué nos inclinamos a quebrar la ética pública?

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Cuando se nos despierta la dimensión egoísta, dejamos de lado los intereses generales de la sociedad y sus integrantes. Nueva entrega de la alianza entre EL NUEVO SIGLO y la Procuraduría General 

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LA RESPUESTA al interrogante que planteo en el título de este artículo podría explicarse a partir de un análisis de las relaciones entre la ética y la política, la primera, como orientadora de la conducta de los seres humanos en garantía de posibilitar la convivencia pacífica, y la segunda, como mediadora en la resolución de los conflictos sociales, porque ambas ciencias, para bien de la comunidad, en su tarea de organizar y controlar la sociedad terminan estableciendo las reglas comunes a aplicar, entre ellas las sancionatorias que devienen del derecho punitivo del Estado.

De acuerdo con Kant, los seres humanos tenemos dos dimensiones sobre las cuales nos movemos, una tendiente hacia la cooperación, la ayuda mutua, la caridad, y en general, hacia todas aquellas manifestaciones de solidaridad y acciones altruistas que en términos religiosos podríamos encuadrar dentro del concepto del amor al prójimo; y otra dirigida hacia el egoísmo, entendido como aquella actitud de quien antepone el interés propio al ajeno, lo que suele acarrear un perjuicio a los demás.

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Cuando se nos despierta la dimensión egoísta, dejamos de lado los intereses generales de la sociedad y sus integrantes, y le damos prevalencia a conductas por medio de las cuales, aún a sabiendas de su riesgo penal, fiscal o disciplinario, e inclusive del castigo social, transgredimos el ordenamiento jurídico y causamos los daños a los bienes jurídicos tutelados por el derecho positivo, como, por ejemplo, a la función pública en el ámbito disciplinario.

En esta dimensión egoísta es que perdemos el sentido de la ética pública y el temor a la ley que nos impone límites que jamás debieron elevarse a reglas positivas, sino que hubiesen quedado muy bien en el estadio de las buenas costumbres y los principios.

En el punto en que se pierde el sentido de la ética pública ante tan sagrados valores rectores de la administración, -transparencia, economía, moralidad, publicidad, etc.- empieza el hombre a desviar su esencia y tiende -como lo dice Kant- hacia “una fuerte inclinación a individualizarse (aislarse), porque encuentra simultáneamente en sí mismo la insociable cualidad de doblegar todo a su mero capricho.

Según Platón, para que el hombre no pierda el sentido de la ética pública debe alcanzar un equilibrio interno reducido a la justicia individual y la moral adecuada, dispuesto a servir a la sociedad hacia una armonía perfecta. Es decir, el hombre debe cultivar el terreno para que reine una congruencia absoluta entre individuo y sociedad. Aristóteles, en una visión más noble de la ética y la moral, presenta al gobernante de una comunidad como quien debe reflejar una estricta armonía entre estos valores y la política, y en la que el individuo cede al Estado y sus formas. Este es un ideal de vida pública que serviría de ejemplo para las futuras caudas de servidores públicos.

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Maquiavelo

Mientras tanto, a Maquiavelo no lo podemos replicar en cuanto sostiene que “la conducta del político, a veces, no se pliega a los dictados de la moral y no porque se desvíe del bien común, sino que, debido a la lucha con los enemigos para adquirir el poder o para conservarlo, debe realizar acciones contrarias a los principios de la moral”. Así justificó el fin y sus medios.

Michael Walzer, analizando a Maquiavelo en cuanto a la conciencia de actuar con maldad para lograr el bien, lo que es conocido como “el problema de las manos sucias”, nos enseña que el hombre tiene dos dimensiones antagónicas que generan una tensión cuando se encuentran en una misma persona: la moral y la política. El hombre que determina su voluntad solo por los aspectos morales no cometerá acciones inmorales y sus manos no se ensuciarán jamás. Mientras que el hombre que se determina a actuar en función de objetivos políticos parece que está condenado a ser inmoral, a franquear las barreras morales de la sociedad, así lo define como haciendo alusión a lo que hoy llamamos “la doble moral”.

Hoy mismo podríamos enmarcar la situación de las dimensiones del hombre según Walzer, en un caso concreto que la sociedad colombiana y particularmente que la justicia debe resolver. Se trata del caso de los hermanos Uribe que intentaron ayudar al menor de ellos quien acababa de cometer un crimen contra una menor de edad. ¿Hacia cuál dimensión del hombre nos debemos dirigir en un momento dado ante la presencia de una eventualidad similar en nuestra familia? Simplemente dejo el interrogante para futuros debates sobre la ética a seguir en situaciones que jamás imaginamos que nos vayan a abordar.

Con estas someras consideraciones sobre la ética y la política (1), y sus relaciones, exhortamos a quienes desempeñan una función pública a proscribir de su interior las inclinaciones hacia el individualismo y el egoísmo, y a cambio de las malas prácticas, aplicar el amplio y completo sentido de la ética en beneficio de todos, y a conducirnos por la dimensión del hombre moral.

El buen ejemplo

Ese sentido ideal en la conducta del ser humano debe construirse a partir de la enseñanza, la instrucción y el buen ejemplo de nosotros los adultos a nuestros hijos que empiezan a solidificar las bases de hombres morales y éticos en cada uno de los escenarios en los que incursionan. Esto es, en el personal, en el familiar, en el social, en el laboral, etc. Los picapedreros alemanes de la Edad Media denominaron este sentido como “la construcción de hombres de buenas costumbres”.

Esa tarea de educar a las próximas generaciones de servidores públicos y de quienes dirigirán los destinos del Estado y de los particulares es fundamental en la prevención del delito y la corrupción, y así como lo sostuve en anterior artículo para esta noble alianza, en la reconstrucción ética del individuo y la sociedad.

Por ahora, ante esa inclinación malsana hacia la aversión a la norma o su violación, la Procuraduría General de la Nación no tiene otro camino que supervigilar la conducta de quienes ejercen funciones públicas, investigar los casos denunciados o detectados oficiosamente y sancionar a los responsables de quienes tienen “la insociable cualidad de doblegar todo a su mero capricho.”

(*) Procurador Delegado para la Vigilancia Administrativa y Judicial.

(1) Consideraciones sobre “La ética pública y buen gobierno - Regenerando la democracia y luchando contra la corrupción desde el servicio público”, texto de Manuel Villoria Mendieta y Agustín Izquierdo Sánchez, Editorial Tecnos, Madrid, 2016.