El violonchelo: un instrumento con mucha historia

Cortesía
Un buen aliado para disfrutar en esta cuarentena. Entre la élite de los grandes chelistas de nuestro tiempo está el nombre del colombiano Santiago Cañón.

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Se dice que de los instrumentos es el que más se aproxima a la voz humana. Hay mucho de verdad en esa aseveración. Su timbre se aproxima al barítono, que está entre el tenor y el bajo y es de las voces la más natural y la que transmite más calidez y efusividad.

En la familia de los instrumentos de cuerdas frotadas, es decir, los que producen su sonido cuando las crines del arco acarician las cuerdas -también cuando los dedos las pulsan- está entre la viola y el contrabajo. Tiene el misterio del contrabajo y la sensualidad de la viola, pero les aventaja por el esplendor de su sonido y por su contundencia. En ese sentido apenas compite con el violín.

Eso no es casual. Es la evolución de la viola de gamba, difiere de ella pero la aventaja por eso que se llama ergonomía, el intérprete lo toca sentado mientras lo aprisiona entre las piernas, mediante una pica de metal lo asegura al suelo, la mano derecha empuña el arco, la izquierda pulsa las cuerdas del mástil y al contrario de su antepasado, sólo tiene cuatro cuerdas.

Suena sencillo, pero al igual que con todos los miembros de la orquesta, llegar a dominarlo técnicamente demanda destreza y muchas horas de dedicación, hacer de su sonido música exige sensibilidad y convertirse en una estrella es privilegio de pocos.

Como ocurre con la voz del barítono, para llegar a ocupar el lugar que ocupa hubo toda una historia.

El violonchelo apareció en el s. XVII; Stradivarius en el XVIII lo definió y construyó los más legendarios y costosos que existen. Pero no tenía el protagonismo que hoye en día posee, porque su uso estaba limitado al bajo continuo.

Entre los compositores decisivos para elevarlo al rol de protagonista hay que mencionar, en el barroco a Antonio Vivaldi que le compuso 27 conciertos y a Johann Sebastian Bach con su colección de 6 Suites para violonchelo que, en cierta medida, son el alfa y omega del repertorio.

Luigi Boccherini, en el XVIII, durante la época de la música galante lo incluyó en 124 quintetos, 90 cuartetos, tríos, una veintena de sonatas y 12 conciertos.

Durante el clasicismo Haydn en 45 tríos, 68 cuartetos y, lo que aquí interesa, 5 conciertos con orquesta. Mozart, claro, en tríos y cuartetos, pero no le escribió conciertos.

Beethoven en el XIX es la figura decisiva. Si bien no le escribió una obra solista, porque nadie se lo solicitó, sí lo incluyó en su Triple Concierto y desde luego en su serie de 16 cuartetos de cuerdas y tríos. Pero su gran aporte está en sus 5 Sonatas para violonchelo y piano que se encuentran entre sus grandes obras maestras, especialmente las tres últimas; en el sentido de las posibilidades expresivas lo elevó a estadios hasta ese momento desconocidos.

El romanticismo fue su época dorada, cuando por primera vez adquirió la autonomía y el protagonismo para situarse a unos pasos del piano y el violín. Eso tuvo sentido justamente por la sensibilidad exacerbada de los compositores y el público que encontró un eco en su sonido extremadamente sensual, confidente, apasionado, vibrante, íntimo y rotundo, cualidades que le permitieron encontrar su propio espacio, independiente de sus rivales.

Robert Schumann fue el encargado de iniciar ese capítulo con su Concierto en la menor op.129 de 1850, escrito en apenas un par de semanas, que vino a estrenarse en 1860, cuatro años después de su muerte, como ocurre con buena parte de su obra, es enigmático, esquiva el virtuosismo, resulta profundamente lírico y es una de las piedras angulares del repertorio.

Luego de Schumann parecería que los compositores se desentienden del instrumento, pero diez años más tarde, en 1865, Antonín Dvořák escribe un Concierto en La mayor que nunca orquestó, pero 30 años más tarde hizo el en Si menor op. 104 que para muchos la cumbre de su repertorio.

Camille Saint-Saëns escribió dos, el en La menor op. 33 de 1872 y el en Re menor op. 119. Del también francés Édoard Lalo es el en Re menor de 1877 que es intenso, muy dramático y sumamente difícil.

Brahms, desgraciadamente, no escribió uno para violonchelo solista, pero sí el Doble para violín y violonchelo de 1887 que está entre las grandes obras de concierto de todo el siglo XIX: no es de carácter virtuoso, pero sí indaga sobre la gran tradición virtuosística del barroco.

Del año inmediatamente anterior son las Variaciones rococó, op. 33 de Tchaikovsky, que desde el romanticismo exacerbado del compositor miran el clasicismo mozartiano y, hay que decirlo más adelante, le valieron a Santiago Cañón la medalla de plata del Concurso Tchaikovsky de Moscú el año pasado.

El siglo XX no fue ajeno al violonchelo: el británico Elgar entregó una de las obras imprescindibles, el en Mi menor, op. 85. Max Bruch amplió el repertorio con el Kol Nidrei op. 47, Richard Strauss lo incluyó como solista en Don Quijote, también Prokofiev escribió conciertos y su compatriota Kavaleski hizo lo propio. Los de Shostakovich, de 1959 y 1966 son indispensables, también el de Ligetti de 1966.

Del pasado reciente, los dos de Penderecki, de 1872 y 1982 y los de Schnittke que son, respectivamente de 1986 y 1990.

La lista es más larga, Villa Lobos, Hindemith, Barber, Jachaturiam… y un etcétera enorme.

Los violonchelistas

Grandes violonchelistas, obviamente los hubo desde el momento mismo cuando salían del taller de Stradivarius sus grandes obras maestras, como el Barjansky de  1690 que toca Julian Lloyd Weber, el Bajo palatino que está en el Palacio Real de Madrid, el Davidov que eterniza el nombre del violonchelista favorito de Tchaikovsky, que perteneció a Jaqueline di Pré y hoy está en las buenas manos de Yo-Yo Ma, el Piatti de 1720 le pertenece al mejicano Carlos Prieto, que hasta le escribió un libro.

Pero, para que aparecieran las Estrellas del violonchelo hubo que esperar hasta el siglo XX. El primero fue Pablo Casals, a quien se debe, entre otras, el descubrimiento de las Suites de Bach y su llegada a las salas de concierto. Casals fue una verdadera leyenda y a él debe el instrumento buena parte de su popularidad hoy en día.

Mstislav Rostropovich fue en su momento el chelista más admirado y querido del mundo, fue sin duda uno de los más intensos de todos los tiempos.

Del francés Pierre Fournier se dijo que era El aristócrata del violonchelo y la británica Jaqueline du Pré una leyenda.

Mischa Maiksky es un genio, Heinrich Schiff una inspiración. La argentina Sol Gabetta seduce al mundo y el francés Gautier Capuçon debe ser el chelista francés más famoso de nuestro tiempo.

Lynn Harrel, que murió el pasado 27 de abril, fue discípulo de Leonard Rose, era admirado, querido y respetado en el mundo entero, su instrumento era un Montagnana de 1720 y su repertorio asombrosamente ecléctico.

Casi con absoluta seguridad, el más querido, famoso y reconocido de todos los chelistas de la actualidad es Yo-Yo Ma, francés de nacimiento, de origen chino y en parte formado en los Estados Unidos: aúna a su dominio técnico su inteligencia, versatilidad, profundidad y un carisma que apenas se compara con el de Rostropovich.

Cierro con el nombre de Santiago Cañón, bogotano, que por derecho propio está en la élite internacional de los grandes. El año pasado se alzó con la medalla de plata del Concurso Tchaikovsky en Moscú. De los violonchelistas nacidos en el país, el único con categoría internacional. Sin duda un orgullo nacional, aún no lo suficientemente reconocido

Si la carrera de Harrell concluyó hace unos días, la de Cañón apenas empieza.