La apuesta de Kirchner ante un Macri inflado de problemas

Foto Montaje El Nuevo Siglo

UNA SEMANA ha sido suficiente para volver a la política, de lleno, de frente, con aspiraciones de retornar indirectamente al poder. La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, hoy procesada en 12 causas judiciales, ha elegido candidato presidencial, ha dicho que ella será su fórmula vicepresidencial y ha asistido a los tribunales, sin ser afectada por una decisión de fondo.

Dicen en los medios argentinos que, por ahora, ha sido una vuelta gloriosa y, sobre todo, oportuna. Ya que los números de la inflación, como se ha visto, cada vez son más escabrosos para Mauricio Macri, un presidente que le ha apostado a recetas liberales, pero no ha podido contener la devaluación del peso y la dolarización de la moneda.

Para bien o para mal, la expresidenta vuelve a ser protagonista, no por los numerosos procesos judiciales por los que viene siendo investigada, sino por un hábil movimiento, sacado de una baraja de candidatos peronistas.

Y es que los peronistas siguen ahí: mutan, como si se tratara de un trabalenguas de Cortazar, entre las diferentes vertientes afectas a la doctrina del general, buscando, bajo el cobijo de lo popular, conquistar a los electores.

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Uno de ellos es Alberto Fernández, el candidato presidencial que a la fecha resulta la mayor amenaza para los intereses reeleccionistas de Macri, con el que Cristina Kirchner hace fórmula en una coalición con un pomposo nombre: “Frente Patriótico”.

Este exministro del kirchnerismo y otrora seguidor de Raúl Alfonsín, ha sido una sorpresa, ya que se esperaba que la expresidenta anunciara su candidatura.

A cinco meses de la primera vuelta, los analistas dicen que aún es muy difícil hacer cualquier pronóstico sobre las elecciones presidenciales en Argentina, salvo que los que van a inclinar la balanza serán los votantes independientes. En ellos estará el próximo mandatario; Macri y Fernández, lo saben. Y, le apuestan a estos.

Cristina de vuelta

La estrategia de la líder del kirchnerismo, hasta hace unos días diputada, parece estar definida por el ritmo de las investigaciones judiciales en su contra. Tan pronto se ha sabido que su juicio por presuntas conductas ilícitas en el repartido de contratos está avanzando, la expresidenta ha actuado desde la política y, si se quiere, desde la literatura, buscando, para algunos, limitar la actuación de los jueces.

Hace dos semanas, en la renombrada Feria del Libro de Buenos Aires, Cristina Fernández lanzó ‘Sinceramente’, un libro ácido que defiende su gobierno (2007-15) y arremete contra Macri. Paradójicamente, en su presentación, ha dicho la prensa local, se le vio “calmada”, “no mencionó” a Macri y habló del “contrato social”.

Es, de esta forma, como busca llegarle a los sectores independientes, quienes se han visto afectados por la polarización entre la centroderecha de Macri y su proyecto socialista.

Sin generar confrontación y con Alberto Fernández como candidato, la kirchnerista intenta desviar a la opinión pública. En vez de enfocarse en los procesos judiciales en su contra, ahora está hablando de su candidato, de su libro, de su mensaje de reconciliación.

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El inicio del juicio en su contra, por la causa conocida como la “Viabilidad”, arrancó el martes pasado, tras casi cuatro meses de retraso por la muerte del juez encargado. En este, se la acusa de ser la jefa de una asociación ilícita para favorecer al empresario Lázara Báez, en la concesión de licitación de obras viales.

En respuesta a la apertura del caso, Kirchner ha dicho que se trata de una “persecución política”. “Buscan colocar a una expresidenta opositora a este gobierno en el banquillo de los acusados en plena campaña electoral”, escribió en sus redes sociales.

Más allá de lo judicial

Presente, cada vez más, en los procesos políticos en Latinoamérica (Ecuador, Perú, Brasil), lo judicial siempre está ahí, pero no explica muchas cosas. No sirve para entender, por ejemplo, las dinámicas dentro del correísmo que llevaron a Moreno a tomar distancia de Rafael Correa o la fragmentación del partido de los Fujimori. En Argentina, pasa lo mismo.

Este país, marcado por el peronismo y el anti peronismo, sigue enfrentado a una política que se moviliza conforme a estas dos vertientes, que a su vez están fraccionadas. Es así como Cristina Fernández le apuesta a conquistar las fuerzas peronistas anti kirchnerista-difícil de entender si una es discípula de otra- y conformar una gran coalición contra Mauricio Macri.

Para lograrlo, ha necesitado reinventarse; lo está haciendo, sin duda. Según Carlos Pagni, analista del periódico La Nación, la expresidenta se ha dado cuenta que “no puede llegar y menos gobernar en un país bloqueado, con semejante nivel de repudio contra el modo en que ella ha ejercido el poder”.

Así que, siendo consciente de sus “límites”, ha lanzado a Alberto Fernández para lograr acercamientos con sectores del peronismo que no la quieren. Y, es que el peronismo es grande, plural, tan variado como las vertientes de De Gaulle en la Francia de la posguerra o la hegemonía del otrora PRI, en México.

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En 2015, durante las elecciones presidenciales, Daniel Scioli representó aquel sector afecto al kirchnerismo, luego de salir del gabinete. En oposición a su candidatura, Sergio Massa, también peronista, buscó ser el vocero de una línea más de centro, alejada de los dictámenes sociales. Al final, el primero pasó al ballotage (segunda vuelta) contra Macri y perdió por una pequeña diferencia.

Lo que demuestra, que, como lo ha entendido el actual Presidente, para ganar las elecciones hay que dividir al peronismo. Lo supo Raúl Alfonsín, lo supo Fernando De la Rúa. ¿Está, en este momento, fragmentado? Sí, pero, por ahora, no tanto como hace cuatro años.

Condiciones y gradualismo

Es más fácil, al menos eso dicen los analistas, hacer campaña desde la oposición que desde el oficialismo. Y más, si la inflación interanual está en 55,8% y el desempleo llegó al 9,1%, números que han perjudicado la imagen de favorabilidad de Mauricio Macri, que no supera el 30%.

Aprovechando el desespero de los argentinos por la repetición de los malos índices de su economía, Cristina Fernández ha puesto los dedos en la llaga: el problema es, ha dicho, que se acabó el gradualismo, modelo que concedía privilegios progresivos a los sectores más desfavorecidos. Subsidios.

En el segundo semestre de 2016, Macri decidió subir las tarifas de gas, luz y agua al 500%, buscando acabar con las políticas subsidiadas de su antecesora, como parte de sus compromisos con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

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A partir de entonces, el Presidente ha buscado al pie de la letra cumplir los dictámenes del FMI, que le ha prestado US$ 57.100 millones para lograr el equilibrio fiscal y activar la inversión en Argentina, debilitada por políticas intervencionistas de anteriores administraciones e inestabilidad económica y jurídica.

Pero sus recetas, calificadas de “neoliberales” por la oposición, no han tenido el resultado esperado. En este momento, el panorama empieza a ser muy parecido al que enfrentó De la Rúa en 2001, o Alfonsín en 1985, aunque, a diferencia de ellos, parece que sí va a cumplir su mandato.

Frente a este escenario de inestabilidad, Cristina Fernández ha prometido que su gobierno se guiará por “el gradualismo”, un paquete de beneficios que se oponen a los lineamientos del FMI que exigen una baja en el gasto público.

El centro y Macri

Alejado de la campaña, el presidente Mauricio Macri no se ha referido a la dupla Fernández-Fernández, su más posible rival en segunda vuelta. En Cambiemos, su partido, han evitado oficializar su candidatura y han dicho que aún barajan la posibilidad tener más aspirantes, algo que parece poco probable.

La corrupción, en caso de ser candidato, jugaría un rol central durante la campaña. Bandera de gobierno, la lucha contra esta le permitió llegar a la Casa Rosada y continúa siendo una de las prioridades del electorado anti kirchnerista.

Este discurso, además, se afianza ante los 12 procesos judiciales que enfrenta Cristina Fernández, que van desde la asignación indebida de contratos públicos hasta el encubrimiento de terroristas por el atentado en el centro judío, AMIA.

Pero dadas las circunstancias, es muy difícil que los votantes en esta oportunidad se movilicen por la corrupción. De hecho, así lo confirman las encuestas, que ponen este tema de cuarto en la escala de prioridades electorales.

La firma Gustavo Córdoba & Asociados reporta que solo un 19% de la población cambia su voto por cuestiones de corrupción, mientras la encuestadora Management & Fit, muestra que un 50% va por la economía y solo un 17% por la corrupción.

“Para la opinión pública, la prioridad es lo económico-social, en segundo lugar importa la inseguridad y recién luego está la corrupción”, le dijo a BBC Mundo el analista político e historiador Rosendo Fraga. “Es un tema que se ha desgastado, que ya no es novedad”, sostuvo.

Sin muchas posibilidades de apelar a este tema y con la economía pasando por un mal momento, Macri parece tener pocas alternativas. Una de ellas, la más segura, es apelar a la división en el peronismo y seducir al centro.

Justamente, los partidos de centro se han convertido en unos actores determinantes en la campaña. Liderado por Juan Schiaretti, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y Pichetto, estas colectividades ganaron el 13 de mayo, en la segunda provincia más grande de Argentina (Santa Cruz), la Gobernación.

En los próximos días se espera que Macri se reúna con Schiaretti para definir una posible coalición en segunda vuelta, que sería en noviembre.

Las posibilidades aún son muchas. Quizá, el Presidente puede, como Cristina Kirchner, sacar su propio Fernández. O, seducir a todo el centro. En todo caso, la expresidenta está de vuelta, a menos que la justicia la condene.