Colombia, ¿un país en crisis?

Las últimas encuestas de Yanhaas y Gallup resultan preocupantes en varios aspectos para el país. En la superficie, desde luego, está el ambiente dominado por la fetidez de la corrupción. En particular, el torbellino de Odebrecht, cuya espiral de sobornos y aportes de dineros sucios ha impactado en lo más profundo de la opinión pública. Más aún al saberse el alto nivel al que han llegado las componendas así como las evidencias que involucran en el escándalo a las campañas presidenciales de 2014.

El auge de la desaprobación presidencial, a rubros entre el 70 y el 75 por ciento, demuestra la vertiginosa pérdida de credibilidad y el desmayo integral de la confianza ciudadana. No es, por supuesto, solo el “huracán” Odebrecht, puesto que la percepción de la corrupción siempre se ha mantenido en índices altísimos, durante los últimos dos años, pasando del 78 al 85 por ciento (Gallup), sino el contagio del desencanto a todas las áreas de la administración. Ello, por lo demás, ha hecho ósmosis a los despachos y voceros gubernamentales, de modo que los rubros también son altamente negativos. Hay, por tanto, un castigo generalizado de la opinión que conlleva, principalmente, una preocupante crisis de gobernabilidad.

Todavía quedan, ciertamente, alrededor de 500 días del actual mandato y no es favorable, por supuesto, que el trayecto final de la administración Santos se inicie con cifras tan bajas de respaldo ciudadano. Por el contrario, uno de los grandes aciertos del presidente Barack Obama, en los Estados Unidos, fue haber logrado subir del 40 al 62 por ciento de aprobación en el último año y medio de su doble mandato. Es lo que, en Colombia, parece evidentemente incierto y que demuestra el clima adverso en que se desenvuelve el estado de la nación. De hecho, más del 70 por ciento de los encuestados, tanto en Yanhaas como en Gallup, cree que el país va por mal camino y son bastante exiguas las cifras de quienes se muestran optimistas.

Podría, frente a ello, el presidente Santos plantear un “revolcón” con miras a ganar el margen político perdido y conquistar una dosis de gobernabilidad suficiente para terminar con rubros al menos no tan desfavorables. No basta, claro está, con decir que el “daño está hecho”, en referencia a Odebrecht. Desde las épocas del plebiscito se denotaba un malestar creciente, pero luego de la subida estrepitosa del IVA, las ambivalencias del proceso de paz y el latrocinio en la contratación de las grandes obras públicas, el escenario es peor. Ello, a su vez, está enmarcado dentro de una campaña presidencial tempranera que, desde luego y en medio de la creciente polarización, afectará la gobernabilidad y la inversión económica.

En tanto, no hay en la encuesta de la Gallup registro alguno de intención de voto, por lo cual es un albur aventurarse sobre este tipo de datos. En ningún caso la encuesta, pues, sirve para hacer extrapolaciones. Aunque, ¡faltaba más que no!, por ejemplo los adversarios del Vicepresidente han salido con campanas al vuelo para neutralizar sus posibilidades. No así, justamente, en la última encuesta publicada sobre intención de voto, hace ocho días, en donde lidera con el 19 por ciento, seguido por Gustavo Petro, con el 13 por ciento.     

Pero aparte de la crisis de gobernabilidad que se insinúa en el sondeo de la Gallup, en el trasfondo existe una circunstancia igual de gravosa y es la de una crisis institucional. Pocas veces, como en la actualidad, las instituciones han recibido tan poca confianza ciudadana. Por encima del 50 por ciento, siguen estando las FF.MM., la Iglesia Católica, la empresa privada y los medios de comunicación. Pero en cuanto a las ramas Legislativa, Ejecutiva y Judicial, la desconfianza es superlativa y muy por debajo de esa línea. De suyo, el sistema judicial colombiano recibe tan solo un 12 por ciento de favorabilidad, inclusive por debajo de la guerrilla.

Las instituciones democráticas son las que, de algún modo, deben promover la confianza social y a partir de allí generar la solidaridad entre los asociados para buscar el bien común. Es sobre esa base, precisamente, que se pueden resolver los conflictos naturales en una sociedad pero, más allá de ello, lo que permite una noción de la vida colectiva. Se trata de una serie de valores compartidos que dan identidad y logran la asociación por la vía positiva.

Lo anterior, además de la crisis de gobernabilidad, es lo que aparece gravemente fracturado en la encuesta de Gallup. Si las instituciones no son apreciadas y respetadas, sino que por el contrario son motivo de comprensible encono y desconfianza ciudadanas, lo que hay es también una crisis institucional. Y esa es la alerta que la opinión pública ha puesto sobre el tapete.