Distensión comercial global

  • Implicaciones del pacto EU-China
  • Reacomodamiento de los mercados

 

El acuerdo que firmaron el miércoles pasado los gobiernos de Estados Unidos y China para empezar a desactivar la llamada “guerra comercial” en que ambas potencias se enfrascaron en los últimos dos años es, sin duda alguna, una muy buena noticia para la economía global que se vio fuertemente impactada por ese pulso, a tal punto que no pocas naciones vieron caer en forma vertical sus índices de crecimiento e incluso entraron en esferas recesivas.

A grandes rasgos el pacto obliga a China a elevar en 200 mil millones de dólares, en dos años, sus compras de productos estadounidenses como un primer paso para reducir el abultado déficit comercial negativo para Washington, que a su vez se compromete a un primer tramo de desmonte de las barreras arancelarias que había impuesto a las importaciones de la nación asiática al comienzo del pleito geoeconómico. A ello se suma que Beijing avanzará en el respeto y protección de la propiedad intelectual de la tecnología norteamericana así como en el cumplimiento de los estándares comerciales trasnacionales.

Como es apenas obvio en medio de un escenario mundial tan voluble, la gran pregunta es si este acuerdo es el principio del fin de la ‘guerra comercial’ o apenas una tregua que, como su nombre lo indica, se puede romper en cualquier momento y volver al clima de inestabilidad económica precedente. En este aspecto ambas potencias dejaron en claro que el pacto tiene vocación duradera en la medida en que es producto de una larga y difícil negociación en las que hubo cesiones de lado y lado, cuyo costo e implicaciones ya están lo suficientemente sopesadas. Sin embargo, la reacción cautelosa de los mercados bursátiles y de capitales en el globo evidencia que todos entienden que apenas se firmó la “fase uno” del acuerdo y que concretar la siguiente y definitiva será más complejo, pues abarcará temas estructurales como el de los subsidios internos a productores chinos, mecanismos de salvaguarda, reglas de competencia y las cuotas de exportación e importación, en donde cada país tiene franjas de defensa muy fuertes. Visto todo ello, es de esperar que en el tramo restante de la negociación se presenten crisis y desencuentros de forma y fondo, en donde lo importante es que ambas partes se mantengan en la mesa y que no surjan inamovibles que lleven a desandar todo lo recorrido.

En lo que tiene que ver con qué esperar en el corto plazo hay varios flancos que analizar. El primero y más obvio es que la distensión comercial entre ambas potencias quita del escenario el elemento más desestabilizador de los últimos dos años en materia de intercambio comercial global. En ese sentido, el flujo de inversiones, la dinámica productiva, el clima de negocios y los mercados nacionales y trasnacionales como tales tendrán un horizonte de estabilidad mayor. Esa circunstancia, desde ya, lleva a considerar que los pronósticos de crecimiento de cada país, región y continente aumentarán en algún porcentaje, más acorde con su propia realidad interna que por el impacto de un escenario nervioso e imprevisible a nivel externo.

En segundo lugar, hay que sopesar algunos coletazos que se han empezado a advertir a medida que se analizan las implicaciones del acuerdo del miércoles. Por ejemplo, si China aumenta las importaciones de productos estadounidenses en la proporción pactada, eso llevará necesariamente a que la potencia asiática disminuya las compras a otros países que tienen a esa nación como uno de sus principales mercados. De igual manera, es claro que el presidente Donald Trump, quien está en plena campaña electoral y tiene en ciernes un inviable juicio político en el Senado impulsado por los Demócratas, se sabe ganador de este pulso con China, lo que reafirma su eficiencia en el campo económico, principal bastión de su gobierno y bandera reeleccionista. Así las cosas, es probable que busque en los próximos meses equilibrar cargas comerciales con otros bloques y países con los que Estados Unidos tiene un déficit muy marcado. Aquí la Unión Europea y otras naciones asiáticas y emergentes encabezan la lista de nuevos ‘frentes de batalla’ para la Casa Blanca.

Para Colombia, cuya economía es la de mejor desempeño en América Latina, es claro que la distensión comercial entre las dos potencias será un impulso trascendental en 2020, sobre todo en balanza comercial y atracción de más inversión extranjera directa que ya en 2019, en medio de un escenario externo incierto, tuvo un repunte muy positivo.

Como se ve, el comienzo del fin de esta ‘guerra comercial’ tiene muchas implicaciones de corto, mediano y largo plazos. Llegar a este primer acuerdo fue muy difícil y demorado. Lo importante, como se dijo, es que se avance lenta pero sólidamente hacia la fase dos. Solo entonces este pulso geoeconómico volverá a los cauces normales entre las dos principales potencias.