La hecatombe

  • Tragedia en la Escuela Santander
  • El nuevo embate del terrorismo

 

Por desgracia, las largas al tema de la seguridad han vuelto a pasar gravísima factura al país. El atentado de ayer a la emblemática Escuela de Cadetes de la Policía Nacional, General Francisco de Paula Santander, dejando al menos 21 víctimas mortales y 68 heridos, principalmente jóvenes estudiantes de convivencia ciudadana en uno de los lugares de mayor visibilidad al sur de la capital, es la demostración fehaciente de que la mentalidad violenta sigue prevaleciendo y de que la tranquilidad de los colombianos debería situarse como un reto estatal primordial.

En efecto, no es comprensible que después de tantos años, y tantas tragedias, las autoridades se vean sorprendidas frente a los delincuentes de cualquier laya que no cejan en su empeño de muerte y desestabilización. El inicio de 2019 ha estado signado de escabrosos actos violentos en varias partes del territorio colombiano. Asesinato de guardaparques; eliminación de líderes comunitarios; secuestros y ataques a helicópteros, en fin, son apenas algunos ejemplos inmediatos de cómo no hay tal de que el espectro de la violencia se ha superado. Todo ello, sumado a la hecatombe de la Escuela General Santander, debe ser motivo de honda preocupación y de la urgente retoma de la iniciativa por parte de la nueva cúpula militar.

Los llamados a cerrar filas contra el terrorismo, a la ciudadanía, son por supuesto un lugar común que debe reiterarse y consolidarse. Pero al mismo tiempo es de mínima exigencia recobrar el concepto de que la seguridad no es un tema episódico, secundario, colateral, sino que responde constitucionalmente a la razón de ser del Estado. El reto contra la Policía es, desde luego, contra toda la Fuerza Pública y Colombia entera. Las trágicas imágenes, fruto de la cobardía terrorista, además de recordar los episodios dolorosos de depredación y barbarie de los últimos 50 años, apuntan directamente a la dignidad nacional. De nuevo el terror cumple su propósito protervo de generar mundialmente la imagen distorsionada de una nación que quiere salir adelante y olvidar una época que se resiste a acabar, más bien desdoblándose en nuevas facetas del mismo fenómeno consuetudinario.

Hace algo más de 15 años un atentado de índole similar estremeció al Club el Nogal, al norte capitalino, con un saldo espantoso de víctimas mortales y heridos, todos civiles y desarmados. En esa ocasión, terroristas de la columna “Teófilo Forero”, de las Farc, alcanzaron a dejar el carro-bomba en el parqueadero y más adelante lo detonaron. Los autores gozan hoy de plena libertad en las calles. Ahora, el terrorista José Aldemar Rojas, aparentemente ante el hecho de que lo habían alcanzado a detectar en la zona de seguridad, embistió contra el policía que buscaba requisarlo a la entrada de la Escuela General Santander y luego se inmoló, estrellando y haciendo explotar el Nissan Patrol que conducía, con acelerador a fondo, contra un sector de la edificación. Esto para señalar que las prácticas terroristas de entonces son las mismas de hoy, así en esta oportunidad el objetivo tuviera connotaciones policiales diferentes a las de un club social. Las víctimas siempre son inocentes. En todo caso, 80 kilos de pentolita son una carga gigantesca, destinada a causar la mayor cantidad de estragos contra un centro de estudios donde pudo registrarse un saldo aún más tenebroso de haberse instalado el carro-bomba como se pretendía. Rojas cumplió en todo caso su cometido, inclusive inmolándose, escenario nunca visto en la historia de terror nacional, lo que pone de presente el grado de convicción al que están llegando los nuevos actores de la violencia.

El respaldo a las autoridades, comenzando por el Comandante Supremo de las Fuerzas Militares, presidente Iván Duque, debe darse por descontado. El atentado a la Escuela General Santander marca un punto de inflexión, como desafío contra el Estado, que no puede atenuarse y requiere de la máxima cantidad de voluntad política posible en torno a las instituciones. Pero no basta la unión, también es necesaria la acción. En efecto, son demasiados los flancos del desorden público. El ELN, las disidencias de las Farc, la reorganización del EPL, los nuevos carteles armados, son grupos que representan una amenaza desbordada y creciente. Hay por lo demás lugares del territorio impenetrables para las autoridades. En tanto, la paz de los sepulcros es el más grave indicio de que algo está fallando y en materia muy grave.

Hoy Colombia está de luto. Hay dolor de patria. Honor a las víctimas y sus familias.