¡Opositores, uníos!

  • Craso error del antichavismo en Venezuela
  • Gobernadores electos no deben posesionarse

 

 

Cuando se está ante las realidades de un régimen como el de Venezuela, la oposición no puede darse el lujo de cometer errores sobre todo al pretender, precisamente, llevar la bandera de la legitimidad. Y tal vez el error más costoso y difícil de reponer sea el de dividirse, como ocurrió en las elecciones regionales el pasado domingo. Hoy, en medio de las discusiones de fraude y falta de garantías, se le ha dado oportunidad al chavismo de alegar neutralidad frente al hecho de que cinco de 23 gobernaciones, incluidas algunas importantes, fueron ganadas por los opositores.

Es por ello que a un régimen que estuvo a punto de caer hace unos meses, cuando la oposición unida se tomó las calles y fue repelida estrepitosamente con asesinatos, gases lacrimógenos y un autoritarismo infame, ahora se le ve relativamente recompuesto y cacareando las virtudes de una democracia sana y vigorosa, pese a la olla podrida por todos conocida. Se había demostrado, en todos los tonos y facetas, que Venezuela estaba en un estado terminal, donde lo único viable y legítimo era la resistencia civil en toda la línea, frente a la imposibilidad cierta, no solo de gozar de los derechos fundamentales, sino de las más mínimas garantías económicas y sociales, con una inflación trepidante, el desabastecimiento alimentario a la orden del día y la corrupción a campo abierto, sin justicia alguna para atacarla y reprimirla. Todo eso sigue vigente, hasta el punto inclusive de que hoy está claro que Odebrecht, la multinacional brasileña que infectó dramáticamente a la mayoría de países en el más grande escándalo de corrupción en la historia latinoamericana, otorgó 35 millones de dólares para la campaña de Nicolás Maduro, lo mismo que había dado una cifra superlativa a Diosdado Cabello, el segundo a bordo, para otras elecciones igualmente mediadas por la fetidez y los sobornos.

Al mismo tiempo, el gobierno de los Estados Unidos había incrementado su tenaza al lado de doce países de la América Latina, denunciantes de las barbaridades que ocurren contra el pueblo en el vecino país y se esperaba, por supuesto, que la oposición, que había dictaminado la resistencia civil ante las tropelías sufridas por la Asamblea parlamentaria, se mantuviera firme y unida. No en vano se había denunciado, como efectivamente continúa siéndolo, el truco de la Asamblea Nacional Constituyente propuesta por Maduro como otro elemento disociador y un entramado espurio para perpetuarse en el poder. Sin embargo, la resistencia civil ha quedado de algún modo en entredicho por la participación de varios sectores opositores en las elecciones regionales, salvo que de una vez se anuncie que los gobernadores electos no se posesionarán como nítida protesta ante la falta evidente de garantías democráticas en toda la nación. Si es así, habrá valido la pena la participación en las urnas, no como una forma de recibir migajas del poder, que a su vez terminan por colaborar decisivamente en el mantenimiento del régimen, sino como un mecanismo para dejar en claro que Maduro está lejos de tenerlas todas consigo y que, por el contrario, en un gobierno transparente es perfectamente viable acceder a la gran mayoría de gobernaciones. Y que esto solo tomará vigencia cuando, en efecto, exista un Estado que brinde garantías electorales para todos los venezolanos.  

No se puede pues, en lo absoluto, o por lo menos si en verdad quiere salirse del atolladero y la manipulación chavista, prenderle una vela a Dios y otra al diablo. Ahora el régimen sostiene que se ha dado una participación electoral histórica, por encima del 60 por ciento, y que ello es muestra de la pureza democrática venezolana. No es, desde luego, ese caudal demostrativo de nada en un país ampliamente conocido por un gobierno amparado consistente y conscientemente en el fraude. Esa denuncia tiene que volverse a realizar pero sobre la base, como se dijo, de que ningún gobernador elegido, por parte de sectores de la oposición, se posesione y mucho menos jure, como es la pretensión chavista, las seudo-normas que sostienen la satrapía enquistada en la cúpula venezolana.

Es, por supuesto, una grave equivocación pensar que con halagos y contemporizaciones va a terminarse un régimen ante todo discípulo fehaciente y emblema del castrismo, por demás mantenido por Rusia y China, países a los cuales está hipotecado. La oposición debe recuperar su unidad férrea, o trabajar decididamente en ella, puesto que el más grande resultado y la mala noticia de las últimas elecciones es su división inconsecuente con los propósitos de resistencia y cambio.                   

 

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