Camino por construir: ética y pedagogía de paz

Por Jairo Morales Nieto * 
Especial para EL NUEVO SIGLO 
 
¿Cuál ética?
 
Esta pregunta sucede a una primera discusión que inauguré en un artículo publicado por EL NUEVO SIGLO en la edición del 6 de junio pasado. El tema central giraba alrededor de la importancia de la moral filosófica o la ética como portal de entrada para  la configuración colectiva de la sociedad postconflicto. 
 
Pienso que mis argumentos fueron convincentes, pero un lector perspicaz me puede interpelar con la obvia pregunta: ¿De cuál ética se está hablando? Es una vieja y conspicua pregunta que ha estado en el corazón del debate no solo de los filósofos de todos los tiempos, escuelas y lugares sino también de los teóricos modernos de la economía del bienestar (desde Myrdal, Hirschman, Sen, Atkinson, Stiglitz hasta Piketty) cuando abordan y discuten problemas de naturaleza normativa, es decir, del deber ser de las cosas para alcanzar la felicidad y el bienestar de la sociedad como totalidad y como entidad individual.
 
No es este el lugar, desde luego, ni tampoco es mi intención realizar discusión alguna orientada a sentar cátedra sobre algún enfoque moral filosófico de mi gusto y devoción. Creo que esta tentativa sería fútil y banal pues de entrada negaría el principio de la reflexión colectiva que estoy proponiendo para delinear las bases éticas de la sociedad postconflicto. 
 
A mi lector le diría, entonces, lo siento pero no tengo respuesta a esa pregunta; sé que existe una respuesta, pero todos los colombianos tenemos que encontrarla o descubrirla allí donde esté. Siguiendo la fascinante noción Hirschmaniana de las ‘racionalidades ocultas’ creo, además, que en alguna u otra forma todos los colombianos como personas individuales sabemos o intuimos cuál debe ser el marco ético normativo deseado, pero aún no lo hemos expresado o podido expresar como sociedad reflexiva y pensante, pues la guerra y su peculiar patología no nos ha dejado espacio ni tiempo para imaginarnos cómo debería ser nuestra vida sin guerra y  con goce de paz.
 
Razonando con mi usual optimismo, pienso que si algún saldo positivo nos deja la sexagenaria guerra a los colombianos es que todos sabemos en mayor o menor grado qué es lo que no queremos revivir y repetir luego de tantos años de barbarie y desolación. Sabemos qué desechar; pero lo que aún no parece muy nítido es el mundo de valores que quisiéramos tener como sociedad para alcanzar un futuro pacífico y civilizado.
 
Este es el tema de este escrito que, en síntesis, tiene que ver con el qué hacer y cómo hacerlo para re-encontrar todos juntos los principios éticos que fundamenten la nueva sociedad. En lo seguido esbozaré una propuesta de acción metodológica y comunicativa que atiende estos asuntos del qué y cómo, obviamente, haciendo todo esto de manera muy exploratoria y no prescriptiva.
 
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La arquitectura de la acción metodológica y comunicativa que quiero proponer en este ensayo para redescubrir nuestros valores de paz y ensamblarlos en un modelo ético-normativo tiene su basamento en dos axiomas extraídos de la historia de la moral filosófica, los cuales considero muy pertinentes e ilustrativos para emprender la tarea que me he propuesto.
 
El primer axioma nos revela que no existe ética cultural unívoca, extrapolable para todos los tiempos, sociedades y circunstancias. Lo que es ético para una cultura o sociedad puede no serlo necesariamente para otra, sin que por ello los actos de esta última dejen de valorarse como actos éticos. Ilustremos este punto con un ejemplo traído de la antropología cultural cuando estudia el trato que dan diferentes culturas al destino final de sus muertos. Enterrar a los muertos es tradición de muchas culturas y pueblos. Pero no todas lo hacen. Otras culturas tienen rituales diferentes: incineran, embalsaman o envuelven los cuerpos y los colocan en pequeñas barcazas para entregarlos como ofrenda a los ríos o mares. Todas estas prácticas y ritos en torno al cuidado final de los muertos tienen un profundo valor ético para los pueblos que las practican y estaríamos muy mal en asumir que todos debemos compartir una sola forma ética de rendirle culto a la muerte y a los muertos.
 
El segundo axioma nos dice que las sociedades tienden a buscar y establecer sistemas de valores y patrones de conducta que sean tan universales como posibles para hacer viable la convivencia humana pacífica. De la ética o moral religiosa me viene como ejemplo el Decálogo de Moisés que como bien sabemos es un código de moral fundacional para el cristianismo, judaísmo e islamismo, que si bien lo predican con algunas diferencias interpretativas de acuerdo a sus propias prácticas y ritos, todos estos movimientos religiosos comparten la esencia del Mandato de Dios esculpido según lo revela el Antiguo Testamento en las famosas dos Tablas de Moisés. Del lado de la ética política moderna, la mejor pieza que puedo traer para sustentar el discurso de la tendencia hacia la universalidad es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948) que proclama 30 derechos inherentes a valores fundamentales e inalienables de la humanidad relacionados con la libertad, la igualdad, la justicia y la paz. 
 
Un antecedente común de estas dos proclamas universales de la ética y el derecho (el Decálogo de Moisés y la Declaración Universal de los Derechos Humanos) se observa en el hecho de que su anunciamiento y adopción ocurre luego de grandes eventos de tragedia humana: uno fue el Éxodo Bíblico y otro la Segunda Guerra Mundial. Menciono estos episodios históricos pues se revelan muy inspiradores para lo que podemos proclamar los colombianos luego de la finalización de nuestra  guerra y tragedia interna.
 
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Estos axiomas y ejemplos relacionados con la relatividad de la naturaleza de la ética y la tendencia de la moral filosófica hacia la universalidad de valores y derechos naturales, los traigo aquí para argumentar la tesis de que cualquiera sea el marco ético-normativo que adoptemos los colombianos en la era postconflicto, éste tendrá que considerar tanto el principio de la  relatividad como el principio de la universalidad.
 
En términos aplicados, el primer axioma de la relatividad nos dice que el modelo normativo que adoptemos para la sociedad postconflicto debe tener en cuenta la diversidad cultural y las visiones y expectativas de las personas en sus entornos geográficos más inmediatos por alejados que éstos se encuentren del epicentro nacional. No siempre la visión del mundo de los cachacos (o neo-granadinos, según nos llaman nuestros hermanos venezolanos), es la misma que la de los paisas, costeños, vallunos, pastusos, opitas, caqueteños o llaneros,  sin dejar de mencionar las diferencias por  la gran diversidad étnica y cultural entre los pueblos nativos indígenas, afro-descendientes, gitanos, palanqueros, mestizos, mulatos y poblaciones de origen español y árabe que pueblan desde siglos todo el territorio del país.
 
El segundo axioma de la universalidad nos dice que el modelo normativo que adoptemos para la sociedad postconflicto no solo debe fundamentarse en el principio de la relatividad sino en valores compartidos por la sociedad universal expresados en el respeto a los derechos humanos y otros códigos de buena conducta y buen comportamiento ciudadano  y, desde luego, en los valores de la sociedad nacional que se expresan en nuestra tradición cultural oral, musical o escrita, la constitución y las leyes que forman la base de nuestra unidad e identidad nacional como país y como colombianos.
 
En la construcción del marco ético-normativo de la sociedad postconflicto, los dos axiomas deben ser complementarios y no contradictorios. La universalidad engendra relatividad y ésta a su vez universalidad. Todo ello, desde luego, sin desconocer  que la diversidad cultural es venerable en tanto no vulnere la dignidad e integridad de las personas y pueblos a la luz de los derechos humanos universales y de nuestra propia constitución.
 
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Bueno, del qué hacer pasemos ahora al cómo hacerlo. Pienso que el mejor camino para lograr una colisión creativa y constructiva de los dos axiomas, repito, con el objetivo de diseñar el marco ético normativo de la sociedad postconflicto y su ulterior socialización, debería partir de la realización de una gran encuesta nacional sobre los valores éticos que todos los colombianos quisiéramos cultivar y profesar en la era de paz que se aproxima. Siguiendo mi tesis inicial, se trata esencialmente de redescubrir los valores ocultos que todos los colombianos tenemos pero que han sido destronados y adormecidos por la cultura de la violencia secular imperante.
 
La gran encuesta nacional sobre valores que propongo tendría, entre otras, las siguientes características:
 
Sería un evento exploratorio del  sistema de valores que todos los colombianos quisiéramos ver reflejados en la era de la sociedad postconflicto. Es decir, no se trata de un mapa omnicomprensivo de valores de todo tipo sino de aquellos que la gente considere son esenciales en reemplazo de la cultura de violencia imperante;
 
Sería una encuesta lo más amplia y abierta que se pueda en sus preguntas para no sugerir respuestas dentro de un marco comprensible de diferenciación entre valores, creencias y actitudes; división entre valores existenciales e instrumentales; y, categorización en cuanto a valores personales, culturales, religiosos, deportivos, económicos, políticos, sociales y ambientales;
 
Sería un evento que cubriría todo el país urbano y rural diferenciado por regiones, departamentos y municipios  indistintamente del grado de afectación del conflicto armado, pero sin ignorarlo a la hora de leer resultados y  hacer análisis y correlaciones;
 
Sería un evento precedido por una muestra muy representativa de la población que considere aspectos geográficos y diferenciaciones demográficas por origen étnico, religioso, sexo, edad, ingreso, educación y condición laboral;
 
Sería una encuesta que parta de los individuos en su entorno más inmediato (familia, hogares, vecindario, comunidad, escuela, gobierno local, negocios, trabajo, etc.), asegurando que sus opiniones o respuestas se refieran directamente al funcionamiento y comportamiento actual y deseado de  esos entornos inmediatos.
 
No avanzo más en la caracterización de la encuesta nacional pues su configuración conceptual e instrumental debe ser tarea de politólogos, sociólogos, psicólogos, antropólogos, pedagogos, estadísticos, economistas y publicistas. Lo importante es entender que la encuesta es consecuencialista en el sentido de que los resultados deben servir para formular hipótesis, guiar la orientación de la política postconflicto y descubrir campos de investigación que sirvan para alimentar ésta u otras políticas públicas y, fundamentalmente, para nutrir con un sistema de valores verosímiles  extraídos de la realidad, la cátedra y pedagogía de paz  que discutiremos en un próximo ensayo.
 
No sobra mencionar que este tipo de encuestas de valores son hoy en día muy comunes y frecuentes en las actividades de científicos e investigadores sociales que se ocupan del estudio de creencias, conductas y comportamientos humanos. Un buen ejemplo de ello es la Encuesta Mundial de Valores (World Value Survey) que se realiza anualmente en 99 países que suman casi el noventa por ciento de la población del planeta. Sus resultados han permitido–entre muchas aplicaciones- la elaboración de mapas culturales del mundo - siguiendo el modelo de Inglehart-Welzel - que son de gran utilidad para entender la unidad cultural mundial dentro de la diversidad de países y naciones. La encuesta mundial de valores se realiza también en Colombia (Andrés Casas, DNP) desde hace varios años con información y resultados excepcionales que permiten aproximarse a lo que los autores denominan el diseño del ‘perfil cultural de los colombianos’ a partir de la identificación de valores, creencias y percepciones de los colombianos sobre amplias temáticas y categorías de análisis alusivas al funcionamiento de la sociedad, estado y mercado.
 
Estos ejercicios ciertamente contienen muchos ingredientes teóricos y metodológicos que son de gran utilidad para la realización de la encuesta nacional de valores que propongo, cuyo valor agregado, como dije anteriormente, está relacionado específicamente con la construcción de un sistema de valores para la reconciliación y la paz y su enseñanza y divulgación a todo lo largo y ancho del país. 
 
Finalizo aquí mis argumentaciones sobre la pregunta original de: ¿Cuál ética? que ciertamente no ofrecen respuesta directa pero creo que señalan un buen camino metodológico para encontrarla. En el próximo ensayo me ocuparé de la pregunta sobre cómo podrían adoptarse y comunicarse los resultados de la gran encuesta nacional de valores.
 
* Doctor en Economía. Experto Internacional en Paz y Desarrollo. Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Junio 2016. [email protected]