Hasta vino el Alcalde de Zalamea | El Nuevo Siglo
Jueves, 16 de Junio de 2016

Por Emilio Sanmiguel

Especial para EL NUEVO SIGLO

 

Es tan importante el lugar que ocupa el Teatro Mayor en la vida musical de Bogotá, que para la celebración de su sexto aniversario, vino desde Madrid «El Alcalde de Zalamea».

 

El de Bogotá brilló por su ausencia. Eso pone los nervios de punta. Porque no es un secreto en el medio que la cultura, perdón, con mayúscula, la Cultura, no es un tema de sus enteros afectos. Así pregone a los cuatro vientos la construcción de bibliotecas, o de edificios que así se denominan.

 

Porque, para qué mentirnos, salvo el caso de la Nacional, la Luis Ángel Arango y las universitarias, en las pomposamente autodenominadas «bibliotecas» nadie lee porque se «navega» por Internet. Es un tema para expertos en la materia, que los hay. El punto es que a la celebración de los seis años del Mayor, vino Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, y no lo hizo Enrique Peñalosa, el de Bogotá. Las localidades que le había reservado el teatro se quedaron «más solas que la una», para decirlo a la española.

 

No se trata de un embeleco. Se trata de los serios temores que despierta un mandatario en cuyas manos están decisiones tan trascendentales para la ciudad, como la construcción, por fin, luego de ya casi medio siglo de atraso, de la sede para la Orquesta Filarmónica de Bogotá, ahí está el lote, ahí los recursos, ahí el proyecto arquitectónico, el proyecto no puede naufragar porque, con arrogancia imperdonable la secretaria de Cultura de Bogotá, María Claudia López, manifieste como una emperatriz que «ese proyecto no ha llegado a su escritorio».

 

Porque si la ausencia del alcalde en la celebración de los seis años del Teatro Mayor, puso los pelos de punta, el rumor insistente de su desafección por la Orquesta Filarmónica causa verdadero terror.

 

Así que no vino el de Bogotá, pero sí el de Zalamea.

 

UN TEATRO, UN DIRECTOR

 

No hay que ser un genio, ni consultar la bola de cristal para saber que el Teatro Mayor está a la cabeza de sus colegas en Bogotá. Surgió cuando las artes escénicas quedaron desamparadas porque el Estado resolvió empezar la descabellada faena de inyectarle al Teatro Colón la suma de $150.000 millones. Pero esa explicación no es suficiente. El Mayor se puso en ese lugar porque tiene al frente un director, y vuelvo a lo mismo, un Director, con mayúscula. Con la honrosa excepción de Luz Stella Rey, en Bogotá los teatros han sido tradicionalmente entretenciones y distracciones para personajes «de sociedad», una personalidad de la talla de Ramiro Osorio jamás en el pasado había tomado las riendas de una institución así.

 

Ahí está el resultado. A lo largo de estos seis años ¡hasta la Filarmónica de Viena ha pasado por su escenario! Y no sólo la orquesta vienesa, también la Simón Bolívar de Venezuela con Gustavo Dudamel en el podio, que se ha presentado en tantas oportunidades que hasta las 9 Sinfonías de Beethoven tocó recientemente.

 

Lo que es un hecho es que empieza a ser más sencillo hacer la lista de las grandes estrellas que faltan por pasar por el Mayor -Kauffman, Goerne, Anderzewsky-  que la de quienes ya lo han hecho. Y eso que me limité a los nombres de estrellas internacionales, pues también los nacionales han tenido, cada uno, su cuarto de hora allí… empezando por la Filarmónica…

 

PROGRAMAR, PROGRAMAR, PROGRAMAR…

 

Sobre el pilar de la programación es que Ramiro ha levantado el edificio del prestigio del Mayor. Que es casa de la música, la de la ópera, el ballet, la danza, la música de cámara, grandes solistas y, desde luego, el teatro.

 

Fue con teatro que se celebraron estos seis años. Con la primera presentación en el país de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de España, la  que fundó en 1986 Marsillach, para mantener viva, fundamentalmente, la llama del patrimonio dramático del siglo de oro, pero, no a la manera de un museo, lo cual sería peligrosísimo, sino justamente como una organización llamada a mantener la vigencia del discurso de Lope de Vega, Cervantes, Calderón de la Barca, y hasta el mismo Duque de Rivas y Antonio García Gutiérrez.

 

Eso fue lo que impactó la noche de la celebración.

 

La puesta en escena de Helena Pimenta, en el marco escenográfico de Max Glaenzel con vestuario de Pedro Moreno, y las actuaciones memorables de Carmelo Gómez como Pedro Crespo, el alcalde;  Nubia Gallardo como Isabel o David Llorente como Revolledo, no tendrían por qué sorprender, puesto que se trata de una compañía profesional y de nivel internacional.

 

Lo extraordinario fue justamente la capacidad de Pimenta de mantener vigente lo escrito por Pedro Calderón de la Barca en el siglo XVII, como lo que es, un clásico, capaz de llegar hasta nuestros días con absoluta vigencia.

 

Lo otro es arqueología del teatro, y su interés no va más allá de esa anécdota.

 

Una celebración por lo alto, y así lo entendió el público, que esa noche les tributó la ovación que justamente merecían.