Un concierto con duende

Por Emilio Sanmiguel

Especial para El Nuevo Siglo

 

Luego de décadas, sí, décadas de administraciones fallidas, la orquesta ha vuelto por sus fueros. No es una observación temeraria sino fundamentada en hechos, que la ponen al día con los tiempos que corren.

 

En los que corren, estudiar música está a la mano, todas las universidades serias -no las de garaje desde luego- tienen conservatorios, gradúan cada año intérpretes de cuerdas, vientos, metales, teclado, pero el mercado laboral es el mismo de hace medio siglo; un tema que, por cierto, debería ser asignatura del ministerio del ramo.

 

La Filarmónica respondió a esa realidad con la creación de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Bogotá, 36 músicos entre los 18 y los 26 años, que vienen trabajando desde hace meses bajo la dirección de Carlos Villa. La noche del martes pasado se presentaron en el Auditorio de la Tadeo Lozano.

 

Ahora que andamos mareados con la internacionalización de la vida musical de Bogotá y que las estrellas de primera pasan por la capital del país haciendo conciertos de segunda -con excepciones como los de la Simón Bolívar de Venezuela- la noche de la Filarmónica Juvenil adquiere una dimensión excepcional.

 

Porque el concierto se hizo con un público que no alcanzó a llenar el  discreto aforo de la sala: la presentación, originalmente prevista para la noche del pasado jueves, se pospuso por causas de fuerza mayor dado que coincidía con la inauguración del Mundial.

 

No mucho público, pero el suficiente para caldear la temperatura del recinto, porque la del martes fue una noche con duende. Al fin y al cabo lo que hubo en escena fue una especie de ser vivo que empieza a dar en firme sus primeros pasos artísticos. Las orquestas, juveniles o mayores, tienen infancia, adolescencia, juventud y madurez (que Dios las libre de la senectud, porque también pasa) la Simón Bolívar de Venezuela es joven por la edad de sus miembros, pero madura por su trayectoria; la joven orquesta de Bogotá apenas da los primeros pasos y los da en firme, de la mano de su director Carlos Villa.

 

Carlos Villa, el violinista más importante que ha dado este país, que lleva sobre sus espaldas un talento que es casi una leyenda, su asombrosa experiencia musical y, para quienes tenemos un poco de memoria, regresa a este oficio de la dirección luego de décadas, porque a finales de la década del 70, fue director de la Filarmónica de Bogotá y marcó con su trabajo a muchos, entre otros a quien suscribe esta columna.

 

Abrió el programa la Obertura de Bodas de Fígaro de Mozart recorrida con impecable limpieza y agilidad. Enseguida la primera gran sorpresa de la noche, porque abordaron el Concierto para violín en mi menor, opus 64 de Felix Mendelssohn, Samuel Collazos, de 20 años, tocó la parte solista con categoría, destreza y autoridad, es el concertino de la orquesta y por eso el mensaje nos llegó perfectamente claro: esta es una orquesta juvenil y, también, profesional, no hay que hacer concesiones, cada músico está en condiciones de enfrentar cualquier reto y eso se corroboró en la segunda parte de la noche.

 

La obra programada para la segunda parte fue la Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 de Ludwig van Beethoven, Villa desde el podio dirigió una versión potente, de admirable limpieza en el manejo de los planos sonoros y no ocultó sus atavismos musicales en los resultados de las cuerdas, cuya parte en esta sinfonía linda los terrenos de lo virtuosístico, qué buen grupo de violas, qué buenas cuerdas en general, Villa sabe que la cuerda es el alma de la orquesta; pero también abrió espacio para permitir admirar la categoría del clarinetista Juan David Ortiz y del flautista Xavier Muñoz y para que al público le quede en claro que los llamados jefes de grupo, y la orquesta toda, no son muchachos talentosos sino músicos con los méritos para ganarse el respeto del auditorio y con las condiciones para hacer música como debe ser.

 

La noche de la Filarmónica Juvenil dejó un mejor sabor en la boca que tantos conciertos de relumbrón, porque hubo música y hubo pasión por ella. Boletería de $5.000 pesos por localidad, casi parece un chiste, un magnífico Mendelssohn, un impecable Mozart, un Beethoven inspirado, contra los miles de dólares que se han llevado en la bolsa ciertas divas y ciertos instrumentistas que más que músicos parecen estafadores de cuello blanco.

 

A  la final, lo de la nueva orquesta debería resumirse mejor en una frase: se está sembrando para un futuro mejor. Lo demás, parodiando a Händel, son fuegos de artificio, o fatuos… parodiando a Falla.