LO QUE MARCÓ LA DIFERENCIA
Una campaña distinta: los 4 diferenciadores

Foto archivo El Nuevo Siglo
Dentro de ocho días las urnas se encargarán de definir qué tanta incidencia tuvo en la contienda presidencial la no existencia de la perspectiva de reelección, el alud de candidatos por firmas, el reacomodamiento partidista que se dio en las parlamentarias y el impacto imprevisto de las consultas interpartidistas. Cuatro circunstancias que tuvieron un efecto transversal en el accidentado día a día proselitista.

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En ocho días termina la primera etapa de la campaña presidencial que señalará al sucesor de Juan Manuel Santos en la Casa de Nariño. Una contienda que, sin duda alguna, ha estado marcada por una serie de circunstancias políticas que la hacen diferente a las anteriores competiciones por la jefatura de Estado.

En primer lugar, es evidente que se trata de una campaña distinta a las tres más recientes, es decir las de 2006, 2010 y 2014, ya que en ellas el elemento primordial y transversal de la carrera entre los aspirantes fue, a no dudarlo, que mediaba la expectativa de la reelección presidencial. Como se sabe, esta figura se abrió paso en 2004, en medio de las accidentadas circunstancias que dieron lugar al escándalo de la ‘yidispolítica’, pero se acabó en 2015, en el marco de la llamada “reforma de equilibrio de poderes”.

Sería ingenuo desconocer que tanto en 2006 como en 2014, cuando Álvaro Uribe y Santos fungieron como presidentes-candidatos, el ajedrez político y electoral estuvo supeditado a la capacidad del gobierno de turno para mantener sus mayorías parlamentarias y coaliciones partidistas como base principal de su intención de seguir en el poder.

Si bien es cierto que en la actual campaña presidencial están compitiendo dos ex vicepresidentes (uno de ellos del gobierno saliente) así como dos exministros del actual Ejecutivo y quien llevó la batuta de la principal meta de gestión (el proceso de paz con las Farc), hay mucha diferencia entre este escenario a enfrentarse con la desventaja que significa medirse a un gobierno que tiene a su mano todo el poder presupuestal, burocrático y de ejecución para empujar su reelección.

Es más, el hecho mismo de que estén en campaña el ex vicepresidente Germán Vargas Lleras, los exministros Juan Carlos Pinzón y Clara López, así como el exjefe negociador en el acuerdo de paz, Humberto de la Calle, ha llevado a que no se pueda hablar aquí claramente de un “candidato de gobierno”. Por lo mismo, hay un consenso medianamente mayoritario en torno a que Santos no ha tratado de favorecer a ningún aspirante de forma abierta y decidida, pese a que quien va punteando en las encuestas proviene de las toldas de su mayor opositor, el expresidente Álvaro Uribe.

Otro dato que es sintomático de cómo la no existencia de la posibilidad de la reelección hace esta campaña distinta a las anteriores radica en que, a diferencia de 2006 y 2014, las coaliciones políticas y mayorías parlamentarias que en esas ocasiones fueron el motor principal del presidente-candidato, en este 2018 simple y llanamente se rompieron y están apoyando a distintos competidores, incluso con varias divisiones internas.

Nuevo escenario

Otra circunstancia –la segunda- que marca una diferencia radical con anteriores campañas, y que muy pocos analistas, partidos y hasta candidatos preveían al comenzar este año, es que el escenario proselitista experimentó cambios sustanciales por cuenta del modo de postulación.

Los partidos y movimientos políticos consolidados no fueron, a diferencia de contiendas pasadas, las pistas de despegue de la mayoría de los aspirantes, pese a tener varios de ellos un claro origen en colectividades de vieja y nueva data. La opción escogida fue, por el contrario, la de sustentar las aspiraciones en movimientos significativos de ciudadanos, es decir: recoger firmas para respaldar sus respectivas postulaciones.

Vargas Lleras, Pinzón, Marta Lucía Ramírez, Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Alejandro Ordóñez, Carlos Caicedo y Piedad Córdoba se inclinaron por esta vía, en tanto que Humberto de la Calle (liberal), Iván Duque (Centro Democrático), Clara López (MAIS, aunque la exministra al comienzo recogió firmas tras salir del  Polo), Claudia López (Alianza Verde) y Jorge Enrique Robledo (Polo) lanzaron sus nombres con base en avales partidistas.

Incluso eran más aspirantes de movimientos significativos de ciudadanos, pero la Registraduría determinó que las postulaciones de Jairo Clopatofsky, Frank Pearl y el general (r) Luis Mendieta no alcanzaron el mínimo de respaldos requeridos y quedaron fuera de competencia.

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No hubo tal

Este fenómeno, inédito tanto por el número de candidatos por firmas como por tener varios de ellos un claro origen partidista, fue leído por no pocos analistas y expertos como una evidencia de la crisis de credibilidad, convocatoria y arrastre electoral de las colectividades. Es más, no faltaron quienes sostuvieron que varios de los partidos de izquierda, centro, centro-derecha y derecha entraban en una especie de ruta de extinción.

Sin embargo -y aquí un tercer elemento que marca este nuevo escenario proselitista-, todos esos pronósticos sobre la crisis partidista terminaron estrellándose contra los resultados en las elecciones parlamentarias del 11 de marzo, en las cuales lo que se evidenció no fue el comienzo de la extinción de las colectividades más tradicionales y con representación en el Congreso, sino un reacomodamiento de las fuerzas, clave en todo caso para la contienda presidencial y las maniobras tanto de los aspirantes por firmas como de aquellos con aval partidista.

Las urnas señalaron que el uribismo, si bien fue el más votado, llegando a 2,5 millones de sufragios, sólo alcanzó 19 curules en el Senado. Conservadores, liberales y La U perdieron apoyos, quedando los tres en 14 escaños (aunque falta que terminen los escrutinios), en tanto que Cambio Radical fue el que más avanzó electoralmente, al pasar de 9 a 16 asientos, ubicándose como la segunda fuerza en la cámara alta. Lo mismo ocurrió con la Alianza Verde, que dobló su cuota de escaños, llegando a 10. Y como si fuera poco, se confirmó la irrupción de dos partidos de origen religioso, que con más de 500 mil votos cada uno les alcanzó para superar el umbral y asegurar seis curules en total.

Así las cosas, el pronóstico -amparado por no pocas encuestas- en torno a que había una crisis partidista progresiva no se cumplió y, por el contrario, lo que se evidenció es que las colectividades continúan siendo el mayor motor político y electoral del país. Cosa muy distinta es que hubo un reacomodamiento de mayorías en el mapa político, en donde Cambio y los verdes repuntaron, el uribismo se mantuvo y retrocedieron La U, conservadores y liberales.

Consultas determinantes

Ahora bien, en medio del tira y afloje para conformar coaliciones políticas, sobre todo porque había más de quince candidatos al cierre de 2017, se abrió paso la posibilidad de las consultas interpartidistas el pasado 11 de marzo, en paralelo a las parlamentarias.

Aunque la mayoría de los aspirantes se mostraron en algún momento dispuestos a avanzar esas alianzas, no todos contemplaron la necesidad, el riesgo o la ventaja de que las coaliciones o la escogencia de candidatos de las mismas tuvieran que definirse en las urnas.

Esa decisión, para bien o para mal, terminó siendo uno de los principales determinantes de la campaña, toda vez que nadie esperaba, ni siquiera los que apostaron por definir las candidaturas de coalición en las urnas, lo que finalmente ocurrió. Por eso es el cuarto elemento a analizar.

Fueron dos las llaves de candidatos que decidieron acudir a las consultas. De un lado, Duque, Ramírez y Ordóñez, en una coalición de derecha muy marcada. Y, de otro, Petro y Caicedo, exalcaldes de Bogotá y Santa Marta, que no pudieron convencer a aspirantes como López, De la Calle y Fajardo (que ya había sido elegido como aspirante de la alianza Polo-verdes-Compromiso Ciudadano) de confeccionar una gran alianza de centro izquierda que hiciera las veces de tercería entre las aspiraciones del uribismo y Vargas Lleras, que por entonces ya era el más opcionado para obtener el apoyo del grueso de partidos como La U y los conservadores.

Como se dijo, lo que pasó el 11 de marzo nadie lo vio venir. La consulta del uribismo fue ganada de forma amplia por Duque, que sumó más de cuatro millones de votos, seguido por Ramírez con millón y medio, y Ordóñez con apenas 384 mil sufragios. En la consulta de la izquierda, Petro arrasó con más de 2,8 millones de votos, en tanto Caicedo apenas alcanzó 514 mil.

Lo que más sorprendió, entonces, no fue que Duque y Petro se confirmaran como los candidatos de sus respectivas coaliciones, porque esto estaba más que cantado, sino el hecho de que las consultas hubieran movilizado más de 10 millones de votos, un hecho inédito y que, sin duda, determinó un antes y un después en la campaña.

Tras las urnas, una de las principales conclusiones fue que candidatos como Vargas, Fajardo y De la Calle pudieron haberse equivocado o cometido un error mayúsculo de cálculo, pues al no ir a las urnas el 11 de marzo le dejaron el escenario político libre a Duque y Petro para que concentraran todo el foco mediático, aprovecharan la ventaja de hacer publicidad electoral libremente (sobre todo en televisión) por más de dos meses y recorrieran el país en calidad –formalmente- de precandidatos de consultas interpartidistas, aunque toda la opinión pública sabía desde antes que ambos serían seguros aspirantes a la Casa de Nariño.

Claro, hubo muchas personas que al ir a votar por su candidato al Congreso decidieron también pedir el tarjetón de las consultas, movidos por el ánimo de apoyar a determinado aspirante o hacerle contrapeso a otro. Las fuerzas del antiuribismo y el anti-petrismo (sobre todo por la cercanía de este al chavismo venezolano) fueron determinantes en la abultada votación de los 10 millones. Ese fenómeno se pudo constatar fácilmente: la lista uribista al Senado apenas si sumó un poco más de la tercera parte de los votos de la consulta de Duque-Ramírez-Ordóñez, y la de Petro-Caicedo una quinta de los sufragios de la lista de los “decentes”, apoyada por el exalcalde bogotano.

Urnas, última palabra

Así las cosas, lo que en ocho días tiene que definirse en las urnas es hasta qué punto esos cuatro elementos descritos, que fueron transversales en los últimos cinco meses de campaña, día tras día, serán decisivos para inclinar la balanza electoral.

Es claro que el viento de cola de las consultas ha sido clave para que Duque y Petro se mantengan desde marzo arriba en las encuestas. Pero también es evidente que más allá de lo que digan los sondeos (a cual más cuestionados y polémicos), sus pronósticos no coinciden con el mapa político que marcaron las elecciones parlamentarias y la sumatoria de adhesiones partidistas que cada aspirante logró desde entonces, incluso con la escogencia de su fórmula vicepresidencial.

En este aparte el caso más llamativo es el de Vargas Lleras, cuyo partido (Cambio Radical) fue el segundo más votado al Senado, y luego su campaña recibió las adhesiones del grueso institucional de los partidos de La U y los conservadores, así como de otros sectores políticos. Algunos analistas sostienen que por más que las encuestas (que ya se equivocaron gravemente en el plebiscito refrendatorio de octubre de 2016 y en las propias proyecciones sobre los resultados de las parlamentarias) ubiquen a Vargas en el tercer y cuarto lugares de preferencias, sin mayor chance de pasar a segunda vuelta, es claro que el ex vicepresidente tiene un respaldo político y partidista muy superior y probado.

Igual, tanto Duque como Petro tienen el reto de demostrar si pueden revalidar la votación que cada uno sacó el 11 de marzo, cuando fue evidente que muchas personas de otros partidos participaron de las consultas, pero este 27 de mayo votarán por el candidato de su colectividad u otro.

También tiene que dilucidarse dentro de ocho días qué tanta capacidad tienen los partidos y movimientos políticos para movilizar el potencial electoral que tuvieron en las parlamentarias hacia el candidato al que adhirieron antes o después de esa cita en las urnas.

Claro, hubo otros hechos que marcaron la campaña, como el tema Venezuela y la postura de los candidatos frente al castro-chavismo, incluyendo la reelección hoy de Nicolás Maduro; la polémica por el nivel de certeza y transparencia de las encuestas; los altibajos del acuerdo de paz con las Farc, en especial casos como la captura de ‘Santrich’ con fines de extradición a EU, las controversias de la JEP, la corrupción en los fondos cuenta del posconflicto y el accionar de las disidencias de las Farc; los casos aislados de ‘guerra sucia’ y el peregrino debate sobre las ‘faltas noticias’ y la posverdad; el accidentado proceso de paz con el Eln; el efecto de los debates presidenciales; cuatro expresidentes metidos de cabeza en la contienda; los escándalos de corrupción, el desorden público y un clima económico muy inestable…  Pero todas esas circunstancias estuvieron impactadas en el día a día por los cuatro elementos determinantes ya explicados. 

Así las cosas, lo que en realidad hizo distinta esta campaña a las anteriores fue el efecto transversal a lo largo de cinco meses de unos comicios sin la opción de reelección, el alud de candidatos por firmas, el reacomodamiento partidista tras las parlamentarias y el impacto imprevisto y de largo aliento de las consultas interpartidistas. Esos cuatro elementos generaron un nuevo escenario cuyos efectos sólo se conocerán en la tarde del próximo 27 de mayo. Ya quedan muy pocos días para ese humo blanco.