Un país pesimista

  • 80% considera que vamos por mal camino
  • La creciente sensación de desgobierno

 

Derrotar el pesimismo en la opinión pública es, sin duda alguna, una de las tareas más difíciles para cualquier gobernante. Y lo es, precisamente, porque el clima de incertidumbre sobre la marcha del día a día no es una sensación que surja por generación espontánea sino que, todo lo contrario, se construye con la sumatoria de circunstancias estructurales y hechos coyunturales que llevan al grueso de la población a concluir que están fallando los encargados de tomar las decisiones y solucionar las problemáticas más apremiantes. En ese escenario la ciudadanía empieza a interiorizar la creencia de que hay un desgobierno, el peor de los estatus para cualquier mandatario, pues ya no se trata de que su gestión sea calificada como buena, regular o deficiente, sino de la alarmante tesis popular de que no hay gestión. Así las cosas, para las mayorías el Ejecutivo simple y llanamente pareciera no tener mayor margen de gobernabilidad y por eso se ve superado por situaciones nuevas y de antaño.

Eso es lo que parece estar pasándole al gobierno de turno, que no sólo arrastra porcentajes récord en materia de desfavorabilidad y calificación negativa de la gestión, sino que ha llevado al país a un creciente clima de pesimismo. La última encuesta semanal de la firma Yanhaas es una prueba de ello. El 80 por ciento de los consultados considera que el país “va por mal camino” y apenas un 16 por ciento cree lo contrario. Otros sondeos de opinión también han coincidido en una calificación negativa de la gestión oficial, al tiempo que rajan la mayoría de las políticas sectoriales, sobre todo las relacionadas con el accidentado desarrollo del acuerdo de los acuerdos y tratativas de paz, la crisis económica, el golpe a los ingresos de los hogares, el rebrote de la violencia armada en muchas regiones, la corrupción desbordante, los picos de inseguridad urbana, el aumento del desempleo, las falencias del sistema de salud y otra serie de problemáticas que cada día tienen un mayor impacto en el ciudadano de a pie.

El peor error al analizar las graves implicaciones de esta crisis de confianza de los colombianos sobre el presente del país es desconocer que esas evaluaciones negativas tienen su sustento en situaciones tangibles en el día a día y no, como suele replicarse de manera equivocada y facilista desde las toldas oficialistas, en la interpretación subjetiva y amañada de la oposición. También resulta ya muy desgastado el argumento de que la percepción ciudadana va por un camino y la objetividad de las cifras sobre los resultados positivos de la gestión gubernamental por otro. Incluso un porcentaje tan alto de personas que consideran que Colombia va por mal camino derrota fácilmente otra de las excusas oficiales más recurrentes cuando se trata de replicar a las encuestas: el problema está en la estrategia de comunicación. En uno y otro caso la realidad diaria de cada colombiano termina imponiéndose y rajando al Ejecutivo.

Visto todo lo anterior, resulta claro que más allá del desgaste natural que tiene un gobierno con más de siete años y varios meses de doble mandato, y al cual buena parte de los candidatos presidenciales han  puesto como principal blanco de sus críticas y propuestas de cambio, el Ejecutivo tiene que reaccionar . Dejar progresar en la ciudadanía esa percepción de desgobierno y de un Estado superado por las circunstancias es muy grave. Todavía quedan cerca de ocho meses de gestión y no puede darse espacio a la lesiva tesis, cada vez más notoria en muchos sectores, de que la responsabilidad de enfrentar muchas problemáticas no es tanto del actual Ejecutivo como sí de la capacidad propositiva de quienes aspiran a la Casa de Nariño e incluso del próximo Congreso.

El pesimismo es un lastre que impide dimensionar en su justa proporción los avances, que los hay, de Colombia. Pero también es una circunstancia que actúa como caja de resonancia que amplifica la gravedad de las circunstancias negativas. Pero el principal problema es que sólo hay un pequeño paso entre el pesimismo y la resignada y desinstitucionalizadora creencia popular en torno a que hay que sobreaguar estos ocho meses para que el nuevo gobernante y el nuevo Congreso vuelvan a templar las riendas del país. Un pequeño paso que, al tenor de lo que revelan las encuestas, ya se está empezando a dar, o al menos así lo creen las mayorías.

 

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