Combatirse a sí mismo | El Nuevo Siglo
Sábado, 3 de Diciembre de 2016

Hoy más que nunca el mundo necesita hombres de horizontes amplios que propicien la paz, más que con grandes manifiestos, con su coherencia en las pequeñas cosas de cada día. Naturalmente, los seres humanos tienen derecho a ser como son, a mirar al futuro con confianza e ilusión, poniendo en marcha proyectos, tejiendo nuevas relaciones entre unos y otros. De ahí que el respeto sea algo más que una palabra esencial, es condición previa para el mismo desarrollo del propio ser humano.

Ciertamente uno tiene que empezar por respetarse a uno mismo para respetar a los demás. Cuando esto se produce florece la amistad sincera y el acercamiento deja de ser algo interesado, favoreciendo la realización de la persona. Hemos de pasar de un invierno de  aislamiento y confrontación a una primavera de libertades. Sólo así podremos recuperar el sentido armónico y, por ende, la convivencia pacífica. Ya sabemos que somos diversos, ahora lo que nos hace falta es abrirnos al diálogo de las diferencias, mediante la consideración a  todo ser humano.

Estamos llamados a generar tranquilidad, a crear atmósferas más fraternas para que, junto  a los frutos de la globalización de los mercados, renazca también la globalización de la solidaridad; puesto que el crecimiento económico ha de estar acompañado también por un mayor acatamiento de la creación; junto a los derechos individuales y en su conjunto, ya que estamos convocados a mantenernos unidos en la diversidad.

En efecto, si la solución del problema migratorio pasa por una conversión en profundidad que nos permita reencontrarnos, también este clima de violencia que nos invade requiere de una reconversión existencial en los lenguajes, que han de ser mucho más conciliadores, para que se nos active la vena de la reconciliación. Sin duda, es el sosiego el que debe guiar el destino de todos y de cada uno de nosotros. Requerimos, en consecuencia, de otras políticas más humanistas, que ya no solo contribuyan a mejorar el nivel de vida de los ciudadanos, sino que también impulsen un crecimiento de más unión, tal vez retroalimentándonos por la clemencia.

Que angustia más profunda cuando nos encerramos en nosotros mismos para esparcir odios y venganzas, rencores y rabias; la vida se vuelve insoportable, todo parece estar infectado por el dolor, y hasta los días parecen tristísimas noches, alejándonos hasta de nuestra propia familia. Si fuéramos menos cínicos aprenderíamos de nuestra historia, alzaríamos menos muros, seríamos en verdad pacificadores, trabajaríamos codo con codo para reconstruir un mundo más equitativo, menos violento,  más vivo en el amor, que es lo que incrusta una vida en plenitud para todos. Pensemos que buena parte de ese fuego de intimidaciones proviene de las desigualdades y de la discriminación, del levantamiento de fronteras  absurdas y de frentes estúpidos, que lo único que hacen es conducirnos al caos. Sin embargo, un auténtico espíritu de solidaridad supera cualquier egoísmo y esto es bueno, en la medida que hay donación; y, al donarse, todo se fraterniza. Vencerse a sí mismo es la gloria. Realmente debiéramos, con urgencia, tomar el camino de la humildad, cuando menos para que el linaje no lo gobiernen los que viven de las apariencias y son unos caraduras. Con su corazón de piedra, nos están haciendo un daño tremendo a la misma subsistencia y continuidad de la raza.

El compromiso debe ser, por tanto, el de proceder de manera silenciosa haciendo el bien y realzando vínculos que nos fraternicen, más allá de la soberbia, la vanidad y el engreimiento. Nadie es más que nadie, tampoco menos que nadie. Y todos necesarios e imprescindibles. Esta es la cuestión de fondo. Recordemos que las guerras comienzan en el corazón de los humanos y que tan vital como el pan de cada día, es el encuentro de almas, que ya está bien de tanta destrucción del espíritu humano.

*Escritor

corcoba@telefonica.net