La democracia tránsfuga

  • La piñata electoral
  • El hedor de las alianzas

El país amaneció esta semana, de repente, con una reforma política que pone verdaderamente patas arriba todo el atlas político, bajo la supuesta justificación de las facultades provenientes del acuerdo de La Habana.

Desde luego, el primer punto a tratar es que con las elecciones parlamentarias tan cercanas no se entiende cómo se modifican las reglas de juego, tocando los puntos más sensibles de la democracia sin que se produzca la discusión debida y se pueda generar un debate público de mucho mayor alcance al del hemiciclo parlamentario. Muy poca, ciertamente, ha sido la ilustración en universidades y academias, y de la misma manera tampoco se ha consultado a los expertos. Se dijo, en su momento, que se convocaba a una Misión Electoral Especial para que pusiera todo el rigor académico a la dicha reforma. De eso hoy no quedan sino migajas. Y, por supuesto, la legitimidad que pudo conseguirse con este tipo de procedimientos quedó en la lona.

Ahora resulta, con claros propósitos electoreros, que se pueden hacer alianzas entre los partidos para generar listas unificadas de Congreso. Tal y como es sabido se trata, en primer lugar, de que el partido de La U pueda anexarse con el Liberal a fin de conseguir la suficiente maquinaria electoral y el oxígeno correspondiente para empujar la candidatura presidencial que hoy salga avante de la furtiva consulta popular del liberalismo. Es por eso, desde luego, que la dicha ley por medio de la cual se pretende perfeccionar la reforma política era conocida como la ‘Ley Cristo’. Es decir, un mecanismo por medio del cual se puedan conjuntar los propósitos reeleccionistas de los parlamentarios de esta cauda.

Pero al mismo tiempo no es secreto, tampoco, que los partidos minoritarios, como la Alianza Verde y el Polo Democrático, necesitan con urgencia una argucia de este tipo a fin de conseguir el caudal necesario para garantizar el umbral que, por aparte, les sería muy difícil de concretar. Mucho más, desde luego, con los senadores más votados de cada una de esas colectividades, en cabeza de Jorge Robledo y de Claudia López, con otras aspiraciones diferentes a repetir escaño. Esto serviría, por lo demás, para que Sergio Fajardo pudiera integrar algunos de sus copartidarios con el partido de la izquierda y el emergido hace unos años de Boyacá, bajo el liderazgo de Jorge Londoño, exministro de Justicia del presidente Juan Manuel Santos.

A ello se añadió esta semana, como si fuera poco, un nuevo episodio de la figura ya tradicional y antipática del transfuguismo. Esto porque si algunos de los senadores o representantes a la Cámara no están de acuerdo con la alianza entre cualquiera de los partidos pueden tomar automáticamente las de Villadiego hacia otra colectividad que los reciba, sin incurrir en doble militancia.

Con todo este maniobrerismo electoral se desdibuja, naturalmente, los esfuerzos por hacer de la democracia colombiana un sistema fuerte y serio. Y es por este tipo de tratativas, en las cuales se han comprometido hasta los líderes aparentemente anticlientelistas, que la imagen de los partidos políticos en el país está por los suelos. Semejante sastrería constitucional no hace, en un ápice, honor a las necesidades de cambio y de mejoramiento del sistema democrático, sino que por el contrario lo disminuye y lo pone de trompo de quitar y poner.

Así las cosas, partidos como Centro Democrático, Cambio Radical y los conservadores estarán a la expectativa de lo que igualmente pueda ocurrir. En principio, el propio expresidente y senador Álvaro Uribe ha desestimado el tema y no se sabe cuál sea la conducta a seguir de Cambio Radical, cuando sin embargo muchos miembros del partido de La U, de los liberales y del conservatismo podrían ir a parar allí dentro del escenario del transfuguismo constitucionalizado por enésima vez.

Se suponía, hace un tiempo, que se habían organizado bancadas parlamentarias bajo una estricta disciplina y vocerías únicas que pudieran demostrar una ideología característica y una forma de votar las leyes y hacer el control político en consonancia. Todos esos esfuerzos de tantos años se van a ir a pique de un plumazo por cuenta, como se dijo, de los caprichos electoreros.

Es lamentable, claro está que por cuenta del llamado proceso de paz se estén verificando semejantes contumelias, propias de una piñata escolar. Esto, además, para no entrar en otros aspectos igualmente turbulentos y pérfidos para un sistema democrático transparente y permanente.

En adelante, pues, puede ocurrir cualquier cosa. Inclusive una lista conjunta para Senado del Centro Democrático y Cambio Radical, con componentes del Partido Conservador. También está por decantarse, en caso de que esto siga su marcha y la Corte Constitucional lo autorice, si más bien no es el entierro de unos partidos que definitivamente no tienen  jefe ni norte. El epicentro, desde luego, está en el partido de La U, que seguramente habrá de atomizarse en varias posibilidades. En tanto, el país asiste a la erosión de la democracia y lo peor es que eso lo muestran como un gran avance y una labor ejemplar.