Comisión de la Verdad

  • ¿Acaso ya se terminó el conflicto?
  • Reciclaje de la violencia colombiana

 

Es curioso cómo se pretende ocupar a Colombia, a raíz del proceso de La Habana entre el gobierno Santos y las Farc, en nombrar y activar la denominada “Comisión de la Verdad”, para efectos de la radicación, clasificación e interpretación de los casos más significativos de la violencia en las últimas cinco décadas, pero se olvida lo que está ocurriendo, aquí y ahora, con el asesinato de los líderes populares y la nueva destorcida delincuencial en las zonas periféricas donde preponderaban las Farc.

El fracaso del Estado en la recuperación de las regiones, permitiendo el reciclaje de la violencia y haciendo oídos sordos a la desprotección ciudadana, demuestra que, en la teoría, mucho se ha hablado de paz pero que, en la práctica, la muerte y la amenaza siguen su marcha sangrienta en ciertas partes. De hecho, el último informe de la OEA sobre el cese al fuego con el Eln llama particularmente la atención, no solo por la poca credibilidad que le otorga, sino porque dice que tanto esta organización subversiva como las llamadas eufemísticamente “bandas criminales” han copado las áreas desalojadas y ejercen nuevo dominio. Asimismo cada día cobran mayor importancia las “disidencias” de las Farc, cuya operación se da precisamente en los lugares donde aquellas eran más fuertes, es decir, del Caquetá al Vichada, hoy con énfasis en Guaviare. Aunque en principio se calcularon en 300 los miembros de las “disidencias”, la última información de las organizaciones no gubernamentales, expertas en la materia, sostiene que estas ya van por los mil integrantes y en ascenso. Algunos, entre ellos la inteligencia militar, consideran que la división de las Farc es más profunda de lo que se dice y en cuanto a los disidentes hablan más bien de una “retaguardia” que de un fenómeno aislado.

En la práctica, por igual, el combustible para la violencia, a causa de la espiral de los cultivos ilícitos y la comercialización de la cocaína en un auge sin precedentes por el número de toneladas exportadas calculadas, demuestra cómo una estrategia que, en buena medida, venía dando resultados hasta hace algo más de tres años fue modificada intempestivamente por una que ha vuelto a poner a Colombia al borde de la descertificación y de las duras advertencias del mismo presidente de los Estados Unidos. Pero más que por ello, haber pasado de 47.000 a 188.000 hectáreas de cultivos ilícitos, en un lapso tan corto y cuando por el contrario hoy podrían estar en 15.000 al ritmo perseverante de erradicación con que se venía, es demostrativo de una política fallida que está pasando cuenta de cobro con el simple intercambio de actores violentos. De suyo, en Colombia predominan los carteles mexicanos, donde ciertas regiones del país son apenas sucursales de aquellas multinacionales del crimen. El caso de Tumaco y sus alrededores, donde se concentra una porción considerable de los cultivos ilícitos, es lamentable y sin solución, pese a todos los anuncios y las visitas al más alto nivel posible.

No basta, pues, con poner el retrovisor de la Comisión de la Verdad sin mirar aquí y ahora y también hacia adelante. Es cierto, por lo demás, que estos organismos en general han fracasado y más bien han servido para generar mayores divisiones en el cuerpo social, aun si son de carácter extra-judicial como la colombiana. En el cono sur del continente, por su parte, surgieron como un corte de cuentas de la democracia contra las dictaduras militares de los años setenta, circunstancia que no es del caso en Colombia. En Sudáfrica se estableció para poner fin a un régimen institucionalmente racista, que tampoco es atinente. Incluso, a semejanza de los ejemplos anteriores, se dieron en Centroamérica como un cierre total del conflicto precedente.

En nuestro país, por desgracia, está demostrado que la violencia se recicla puesto que tiene manifestaciones indistintas que se rejuvenecen cuando alguno de los actores delincuenciales abandona el escenario. Es por ello que hoy no puede hablarse de cierre del “conflicto” y si bien se desactivaron las Farc en una proporción importante también es claro que solo tenían parte del monopolio del terror y que la bonanza cocalera simplemente cambió de manos. Cualquiera sea el resultado de la Comisión de la Verdad la única conclusión viable, inclusive aceptada de antemano por tirios y troyanos, es la tendencia conflictiva del país por carencia de Estado y ausencia del mismo en la periferia. El mejor documento en la materia, prácticamente definitivo por lo claro, objetivo y exhaustivo, es el del s.j. Fernán González y sus colaboradores. Lástima, a no dudarlo, que no lo hubieran nombrado ayer en la extensa lista de la Comisión de la Verdad.     

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