Belisario, visión histórica

  • El concepto del bien común
  • Cultura como transformadora social

 

Belisario Betancur es, a no dudarlo, una persona admirable. No particularmente por el hecho de haber sido Presidente de Colombia, un país donde los orígenes humildes suelen desestimarse absurdamente para el cargo, sino en especial por el cultivo de una vida dedicada a la perfectibilidad humana. Muy difícil, desde luego, un esbozo biográfico del conocido por todos como Belisario, un nombre relativamente extraño que hace honor a un general de la Roma antigua. Porque Belisario, el colombiano, pese a ser tal vez el líder más común a la idiosincrasia del país, reconocido por tirios y troyanos gracias a su carisma desbordante y su bonhomía permanente, continúa siendo un misterio en la trayectoria histórica nacional.

Esto, ciertamente, a propósito del libro en buena hora publicado por la Universidad Sergio Arboleda, con sus escritos y conferencias. Hay allí una hoja de ruta de su pensamiento que en su caso, sin embargo, es completamente indisociable de su temperamento. En tal sentido, su propia vida es su victoria porque no basta con el estudio de su actividad política para generar una visión sistemática de quien, mucho más que político, se ha dilatado a través de las décadas por sobre los demás como un intelectual y un periodista en toda la línea, un lector empedernido, un poeta cuando la poesía era más efectiva que los trinos electrónicos actuales para traducir en pocas palabras las realidades circundantes, un cristiano a carta cabal y, por ende y sumado todo lo anterior, un visionario de los asuntos colombianos, de las raíces profundas, de la razón de ser de la nación y quizás por ello promotor de un nacionalismo sereno y sincero, muy por encima de juicios abstractos o de elementos racionales distorsionantes y desprovistos de la pasión, en el buen sentido de la palabra, de vivir en un país en formación y al descampado.

Así deviene el pensamiento de Belisario Betancur desde su propio concepto original de la independencia colombiana fraguada principalmente, de acuerdo con su tesis alguna vez expresada como jurado del premio de periodismo Simón Bolívar, en el mortero de las letras, de la opinión, de los ilustrados que precedieron a las armas y que pusieron la indeleble semilla de la emancipación. No le da Betancur, pues, prevalencia a las grandes batallas de la gesta libertaria, sino a la expresión de una literatura incomparable en el resto de la América Latina y tal vez sucedánea de la Expedición Botánica, fenómeno por medio del cual, como en ninguna otra parte del continente, se comprobó la ingente cantidad de recursos naturales y modificó para siempre el pensamiento y la política. Para Betancur, pues, la tarea independentista provino de aquella combinación que se dio, a raíz de la Ilustración, entre ciencia e imaginación, y no exclusivamente de las revoluciones entonces tan a la moda, y que tuvo su más grande exponente en Humboldt, gran relator mundial de la América Meridional. Es decir que la independencia fue, primero, un fenómeno de opinión, además enraizada en las aproximaciones científicas de los grandes sabios del momento, que luego hubo de sostenerse por la vía de las armas.

De tal manera, en Belisario Betancur ante todo prepondera el concepto del bien común. Por ello políticamente su preocupación básica radica en un Estado justo y eficiente que brinde equilibrio social. Para ello, como se sabe, su obsesión fue la paz, no como una transacción institucional, sino como un conjunto de reformas que garantizaran, especialmente, la integración de los sectores urbanos y rurales. En esa medida, por lo demás, el Estado debe desempeñar una función activa en la sociedad y no limitarse a buscar el punto de encuentro entre los intereses creados. De allí que hiciera énfasis en los programas de educación y vivienda de todos conocidos. Hoy Colombia, lamentablemente, tiene su gran mácula en el abismo existente entre la ciudad y el campo, factor que contribuye fundamental y negativamente en los malos índices de Gini actuales.

Betancur, de otra parte, se anticipó como pocos a lo que necesitaba entonces el país. Por desgracia el terrorismo prefirió la ruta de la guerra eterna cuando, no obstante, terminó por acoger tardíamente y décadas después la ruta de la civilización que visionariamente Belisario les había ofrecido en su momento. Su legado, no obstante, trasciende esos hechos y se sitúa específicamente en lo que la cultura puede hacer en la transformación de un país. Cuando ella cobre sentido colectivo, que ha sido la lucha esencial de Belisario Betancur en todos los campos, político, periodístico, empresarial y hasta religioso, ese día habrá cambiado Colombia.  /JGU              

 

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