EL NUEVO JEFE DE LA CASA BLANCA
En Estados Unidos ganó candidato del mensaje

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No sólo se trata de dar discursos y atender a centenares de reuniones. La política es, ante todo,  el arte de convencer. El presidente electo de Estados Unidos convenció, mientras que su rival se quedó en los lemas. 

Trump ganó la presidencia de Estados Unidos porque tuvo la capacidad de leer al electorado norteamericano. Es cierto que dijo muchas mentiras, pero también es verdad que su discurso representó una realidad palpable y evidente: la disconformidad y el odio de un sector mayoritario de la sociedad norteamericana.

Hábilmente entendió que durante el gobierno de Barack Obama los blancos de clase media sin educación universitaria -“blue collars”-  se sintieron excluidos. El progresismo del gobierno saliente y los efectos nocivos de la globalización, llevaron a este sector a inclinarse por quien les ofrecía un remedio a su desespero. En clave populista, Trump siempre dijo que para aliviar estas condiciones había que revivir la industria nacional y recortar el gasto a nivel internacional, los ejes de su política proteccionista.

Al comienzo de la campaña estos temores parecían infundados, pero finalmente dejaron en evidencia a la prensa liberal y costera de Estados Unidos. Nunca se supo, por lo que mostraron los medios,  que existía ese nivel de rechazo contra las políticas de Obama. Todos, sin exceptuar a Hillary Clinton, creyeron que las marchas contra el Tratado Trans Pacífico (TTP) en Ohio o las tensiones raciales en Anaheim, California, eran esporádicas.

Pero el único que supo leer lo que estaba sucediendo en la mayoría de los estados fue Donald Trump. Logró, a diferencia de sus rivales republicanos, comprender el mensaje antiglobalización –cultural y económica- y apelar el nacionalismo como antídoto. Sus palabras siempre empañaron  la campaña, pero fueron efectivas: convencieron.

Al contrario, Hillary Clinton estuvo marcada por su comprensión inexacta de los problemas de los estadounidenses. No es que no supiera de las quejas de sectores mayoritarios de la población, sino que se cerró a una visión única e inamovible de  quienes debían ser objeto de sus propuestas.

Se pensaba, como aspirante a suceder a Obama, que su campaña se iba a diferenciar, en algo, a la de él. Pero nunca logró construir un mensaje  nuevo que incluyera a todos los norteamericanos.

Su carrera por la Casa Blanca fue mediática, pero poco convincente. Aquel lema, “juntos somos fuertes”, careció de fuerza y credibilidad en los electores. ¿Qué significaba?; ¿Quiénes eran los que debían juntarse?; ¿Los latinos indocumentados, los afroamericanos?

En comparación con la votación que logró Obama en el centro de Estados Unidos, en 2012, Clinton bajó 3 puntos (de 47 a 44), duplicando el margen de victoria de los republicanos allí. Sin tener en cuenta el Brexit, la demócrata no le puso el debido cuidado que merecía esa estratégica zona del país, donde era muy probable, por lo que pasó en Gran Bretaña, que la clase media se revelara contra el establecimiento liberal y optara por viejas recetas proteccionistas.

Clinton representó el continuismo, perdiendo protagonismo político y convencimiento. Muchos de sus seguidores votaron contra Trump, por encima de la simpatía que ella les generaba. En las elecciones de Estados Unidos aplicó la vieja frase: “es mejor que hablen de uno, a que no hablen”. De Trump se habló mucho, mientras que la demócrata tuvo una campaña insulsa, sin significado, sin objetivos. O, más bien,  ¿Fue una mala candidata?  

Blancos desaparecidos

El batacazo de Donald Trump se explica por una serie de factores sociodemográficos. Hillary Clinton perdió estados claves como Carolina del Norte y Florida, donde tenía una intención de voto superior a la del republicano, y cedió regiones que tradicionalmente habían sido demócratas.

Dos lechos demócratas, Pensilvania y Michigan, los ganó Trump, demostrando lo que Sean Trende, analista de Real Clear Politics, llamó en 2013: “el caso de los votantes blancos desaparecidos”. Allí por encima de la lealtad partidista, jugó la pasión y la identidad racial, algo que en las elecciones de 2008 y 2012 no pasó.

Cuando Barack Obama se presentó por primera vez a la Casa Blanca logró el apoyo de sectores blancos de clase media en Pensilvania, que votaron  por él a partir de una especie de lealtad partidista y porque creían que era el momento de darle la oportunidad como primer presidente afroamericano.

En 2008 y 2012 Obama tuvo porcentajes relativamente altos en la clase media blanca sin educación universitaria. National Review, revista conservadora en Estados Unidos, explica que esta votación se dio porque muchos de ellos “crecieron en horas sindicalistas demócratas”, votando, por encima de todo, por el candidato de su partido.

Clinton contaba con una variable igual o más fuerte que la raza de Obama: ser la primera mujer en aspirar a la presidencia. Pero no convirtió esa ventaja en un capital político para diferenciarse de su rival, caracterizado por comentarios misóginos.

La candidata no le ofreció nada nuevo al electorado demócrata blanco y de clase media, que, por más lealtad partidista, prefirió un discurso nuevo y anti establecimiento. Acaso, ¿Ser mujer no era una novedad? En teoría sí, pero esa idea nunca caló en la gente que siempre la vio como la mayor representante del establecimiento, que terminó por aplastar su género.  

Mientras tanto, Clinton  no obtuvo en hispanos y afroamericanos una ventaja abismal sobre Donald Trump. Si bien es cierto que ganó en estos sectores, muchos latinos votaron por el republicano, como se demostró en Florida y Nueva York.

Su error fue creer que la población de latinos era homogénea y tenía los mismos intereses. De 57 millones registrados en 2015, parte importante tiene ciudadanía y no le interesa  del todo  la agenda migratoria. Varios son segunda o tercera generación en Estados Unidos y les importa, más que la migración o la relación con los países de sus abuelos, las propuestas que les permitan mejorar su nivel de vida.

Empalme

No es cierto que Donald Trump, por ahora, esté alineado con los intereses de las bases republicanas. Breitbart, único portal que estuvo a su lado en toda la campaña, dijo que tras el triunfo del multimillonario su campaña ha reiterado su interés de “iniciar una cruzada contra Paul Ryan”, presidente republicano de la Cámara de Representantes.

Trump se enfrentó a Ryan por su falta de apoyo durante la elección, al no tomar partido por él. Esta semana, sin embargo, ambos coincidieron en una reunión el jueves y anunciaron su voluntad de trabajar en conjunto.

Sesenta ocho días tendrá el presidente electo para conformar su equipo, en el que, por el momento, no se ven republicanos de base. Los encargados de asignar éste son el vicepresidente, Mike Pence, el asesor de campaña, el ex gobernador de New Jersey, Chris Christie, y Michael T. Flyntt, general retirado. A este equipo se le sumó Rudolph Giulliani, quien muy seguramente será el próximo fiscal general.