Verdaderamente histórico | El Nuevo Siglo
Viernes, 4 de Noviembre de 2011

* Santos y la liberación nacional

* El triunfo de la democracia colombiana
 


A partir de la caída de alias Alfonso Cano, al lado de la muerte de “Tirofijo” y las bajas de “Reyes” y “Jojoy” se ha dado un golpe letal al corazón de las Farc.  En adelante, esa organización no podrá representar en absoluto ninguna posibilidad de conquista del poder y por el contrario deberá reconocer la primacía rotunda de la Constitución colombiana y las fuerzas legítimas que finalmente se han impuesto a la subversión y el terrorismo bajo los cánones del Derecho Internacional Humanitario y los Derechos Humanos.

En primer lugar, ciertamente, el país y el mundo deben reconocer en el actual presidente Juan Manuel Santos el emblema de la liberación nacional. No hay duda de que él, desde que ingresó a la cartera de Defensa durante la administración Uribe, mantuvo en compañía de las Fuerzas Armadas una estrategia consistente y permanente hasta dar de baja, uno a uno, a la cúpula de la organización que por décadas ha mantenido en vilo a la sociedad colombiana a punta de terror. También, desde luego, hay que exaltar la voluntad política que el entonces presidente Álvaro Uribe imprimió a la lucha antisubversiva y en particular el establecimiento de la derrota de las guerrillas como propósito nacional. Y no podría desconocerse, adicionalmente, dos cosas con respecto del entonces presidente Andrés Pastrana: la contundente modernización de las Fuerzas Armadas a través del Plan Colombia y la derrota política y de toda credibilidad de las Farc en el proceso del Caguán, aún a costa de su propio capital político.
Todo ello, aparte de mezquindades o personalismos, llevó a una sola cosa con todas sus dificultades y vicisitudes, con los anteriores de protagonistas principales, por lo general coadyuvados por un ámbito internacional a favor de la legitimidad: el triunfo de las instituciones colombianas. Y no se trata de retórica.  Lo que se demuestra en el país, de colofón a la última jornada electoral y con la caída de Cano, es la victoria integral y dominante de la democracia. Y ello tendrá un puesto principalísimo en la historia del país.

No hay duda, de otra parte, el gigantesco triunfo que cabe a la Fuerza Pública en general y en sus diversas ramificaciones. Cada uno de los soldados y policías, activos y retirados, como los oficiales y suboficiales de la misma condición, que durante tantos años brindaron y brindan su concurso para salvaguardar las instituciones y hacer prevalecer la soberanía, son el símbolo de la Nueva Colombia. Igual cabe destacar la labor del Ministro de Defensa actual como la de los civiles y militares que lo antecedieron.

Hacia atrás queda una historia de dolor y depredación que ha representado uno de los episodios más dolorosos del devenir colombiano en todo su transcurrir republicano. Tantas muertes, secuestros, hostilidades, robos y arrogancia de la violencia se ha demostrado tan inane como su tenebroso pasar. Es lo que tienen que entender los remanentes terroristas que aún quedan en el país. Está más que demostrado que no existe rincón de Colombia vedado para las Fuerzas Militares. Y eso deben entenderlo con los últimos hechos todos y cada uno de quienes estén al margen de la ley.

La baja de Cano se produce justamente al momento en que otra organización internacional, la ETA, ha prometido ante el mundo cesar toda violencia en España y disolverse como tal. Es lo que se espera de la Farc luego de la caída de sus jefes. No existe, bajo ningún motivo, posibilidad en contrario. Es hora de que las Farc, por vía unilateral, tomen decisiones perentorias y radicales en torno de la paz. Y que antes de buscar sucesores para perpetuar una guerra de antemano perdida encuentren la persona capaz de dar el salto a la civilidad. El resto es persistir en una fórmula completamente agotada y derrotada.